jueves, diciembre 03, 2009

Update I

Hermano, me convierto en mí misma.

A los 30 me descubro.

No tenía idea.

***

Update II

La lectura, sin duda, despierta el ánimo de escritura. Éste pronto se verá inhibido por sí mismo, por su pobre alcance, por su incapacidad para reproducir el ciclo de aliento que, idealmente, debería provocar el suficiente entusiasmo para conducir de nuevo a la lectura y de ahí volver siempre a empezar.

Por su poquito talento, pues.

***

Update III

Yo debería guardar silencio. Aquí algunas razones:

- Buena parte de mis intervenciones inician con un “el problema es…”. Nada más falso. No tengo puta idea.

- Otra muletilla es “me queda claro…”. No había reparado en ella hasta que E. apuntó la por demás evidente ironía.

- Así que no sé cuál es el problema y, si lo supiera, no me quedaría claro.

- Una intervención reiterada que creo que he ido perdiendo, pero que a mi madre molestaba sobremanera en mis más álgidos años de adolescencia, es “a ver…”. Tono cortante, generalmente interrumpiendo, mostrando las palmas de las manos. “A ver” es un intento por (im)poner (mi) orden.

- En la preparatoria fui casi célebre por mi casi siempre oportuno “ay, por favor…”. Uno de éstos debía colocarse inmediatamente después de un comentario insensato, una opinión absurda o una anécdota poco creíble. A mi juicio, claro está. La cabeza se echaba hacia atrás (apenas y con cuidado), enfatizando el “ay…”, sugiriendo una sonrisa desdeñosa. La descalificación y la arrogancia propias del ignorante hechas verso.

En este tenor, K. decía “es que… ¡ponte a ver!”. “Ponte a ver” era un llamado a la cordura, una solicitud de impecable ironía provinciana, elegante aunque siempre a un peligroso paso del “no mames…”. Era una maestra del equilibrio, sin duda. N., siempre dulce y cariñosamente distante a nuestra agresión adolescente, preguntaba, mucho, “¿mande…?”. Ahora entiendo que era un mecanismo de defensa inmejorable, pues su postura le permitió moverse con agilidad y eficiencia entre mi prematura y descolocada acidez, la desde entonces sugerida efervescencia de K., y el resto del mundo, generalmente menos atribulado y mucho, pero mucho más interesante.

No es difícil imaginar ahora la comicidad que transpiraba en cada conversación que quería tender hacia la trascendencia entre esta singular tripleta. Una vez puesto el tema sobre la mesa, después de dos o tres argumentos y algunas deliberaciones, se escucharía una secuencia del tipo:

-ay, ¡por favor, K!

-es que, wey, ponte a ver…!! O ¿tú qué crees, N.?

-… ¿mande...?

Y así pasaron horas y horas entrañables.

- En general hablo mal. No soy para nada elocuente. Mi problema es que tengo prisa por decir y eso me vuelve poco articulada. Aviento todo por temor a olvidarlo si lo contengo y porque supongo que es medianamente relevante para la discusión en curso. Mis intervenciones, entonces, son largos párrafos llenos de comas, guiones, paréntesis e intertextos. En más de una ocasión, mi involuntario e innecesariamente complejo sistema de expresión me ha llevado a auténticos callejones sin salida, ya sea porque me entrampo en la contradicción o porque, sencillamente, olvidé la intención, el punto. En algún momento solté el hilo y me perdí.

N. decía que disfrutaba mucho mis monólogos, con todo y sus digresiones continuas, infinitas, y su forma parecida a una muñeca rusa desbaratada. Le gustaba –al menos eso decía- que una historia me llevara otra, aunque las dejara todas inconclusas. Ya ella elegiría una después y me haría terminarla. No pocas veces ocurría aquello de “¿y por qué estoy diciendo esto..?”. Y ella, con enorme paciencia, gran oído y notable disposición, me ayudaba a desenredar la madeja hasta llegar al “¡ah, claro!”. Mi Ariadna.

Le complacía –juro que lo dijo alguna vez- mi escándalo y manoteo; que reaccionara a las cosas mínimas explosivamente, que lanzara expresiones solemnes, rotundas y sin consecuencias para asuntos intrascendentes. Aquella lejana época en la que era delicioso inventar un “issue” donde no lo había.

- Con R. me cuesta trabajo hablar. Me reconozco demasiado en sus modos, de los cuales he tomado conciencia a partir de los constantes señalamientos de M. Supongo que es más fácil verlos en ella que en mí, así me sean violentamente devueltos después, como el reflejo grosero de mis manera burdas. Aprendí a moverme así, a gesticular así, a entonar así, a extenderme así. Ahora, con un poco de ayuda, aprendí a despreciarme así.

Por eso, por el constante recordatorio de mí misma y la indisposición que mi oratoria provoca, me desespero mucho al escucharla y tiendo a buscar silencio estando con ella. Soy malagradecida. Genes y socialización me dotaron de una expresión histriónica natural, me regalaron una forma rica de lenguaje, un claro sentido espaciotemporal del monólogo, y yo lo eché a perder. Y yo ahora queriéndome volver piedra.

- Porque el entorno actual me interpela y provoca mi habladuría más salvaje. Me quiero callar, callarme como sinónimo de no sé qué, silencio como analogía de algo que no acabo de entender o asumir. No es que no concuerde o disienta, no es que no tenga una opinión formada; vaya, a veces hasta tengo algo que podría aportar.

- Pero ya no me quiero arrepentir.

- Y el arrepentimineto es cosa que viene mucho en esta temporada.

miércoles, octubre 28, 2009

Cuando el silencio es violencia


estar con uno mismo,

ni es uno ni es lo mismo.

lunes, octubre 26, 2009

* Tomo un moka de Starbucks. No me gusta ni estoy particularmente orgullosa, pero necesitaba algo caliente, dulce, con cafeína y cercano. Consuelo.

* Comí una ensalada, pero iba por una sopa especial. Consuelo. Tuve que reconocer que, con todo y lluvia y agüite en plena zona rosa del D.F. (un desperdicio o el mejor de los lugares, como se quiera ver), tenía más hambre que eso.

* Escucho rumba. QUE NO FLAMENCO. ¿Consuelo?

lunes, octubre 12, 2009

Homenaje involuntario e insomne

Cántame por las noches que es cuando duele más

Cántame por la mañana antes de que salga el sol

Que la luna no se entere lo que yo he dado por ti

Que la luna no se entere que yo anoche no dormí

Cántame...

Nomás cántame...

sábado, octubre 10, 2009

El cuerpo comienza a reclamar mi agitación, lo cual, supongo, se vuelve natural conforme pasan los años. Pero hay algo más: me siento mal.

El drama me pasa la factura. Los eventos, las noticias, las sospechas, las presiones, las embestidas amigas y enemigas, me agotan, me torturan como nunca. Ya no es sólo mi descomunal e insolente quijada. Es el estómago irritado y paralizado, acumulando todo lo que destruye (buena metáfora de mí, por cierto: nadie-sale-de-aquí). Es el cuerpo lánguido, desmoralizado, tembloroso. Es hablar mucho más despacio, me lo han dicho. Altibajos de presión, sueño constantemente interrumpido, extremidades entumecidas, baja de defensas, falta de fuerzas para todo lo que no sea dormir o beber. Me siento un moretón: dolorida, inflamada, entre morada y verde.

Pero sobre todo, es olvidar: comienzo a olvidar detalles comunes, escenas cotidianas ocurridas dos horas antes, anécdotas o recados ya compartidos, pendientes que siguen siéndolo porque en algún momento los suprimí sin querer. Mi distracción mueve a risa y extrañamiento, si no a suspicacia cuando creen que finjo no recordar. Una teoría guajira ofrecida por una voz amiga reza que, después de varios meses como “cuerda de violín”, tengo la cabeza embotada, saturada de tensiones que han obligado a mi psique a ponerse selectiva y discriminar lo que se queda y lo que ha de irse al menos por un tiempo.

Su criterio me resulta harto curioso, though; no comparto sus prioridades. Le pediría rescatar algunos recuerdos, algunas nostalgias, los guiños. Que se lleve la agenda, pero que me deje algunos planes imposibles. Que me escriba un post-it gigantesco con todas las confidencias, con las anécdotas más poderosas, con los nombres de las canciones, con las imágenes de las lecturas, los olores del café. Que sea generosa y se lleve las mañanas dolorosas y apuradas en el metro. Pero que me deje el coraje. Si se llevó también el miedo, que me devuelva el coraje. Se lo exijo encarecidamente.

Estoy fatigada; me siento exhausta. Me gustaría decir algo más, distinto, pero esto es lo que hay. De hecho, cuando uno está así, debería callarse la boca y, si se prefiere, dormir o embriagarse. Pero sigo cayendo en provocaciones que, después de exaltar mi agitación, sugieren a este cuerpo desprovisto de casi toda facultad que debo hacer algo, mover por lo menos la punta de los dedos en señal de que aún puedo dar guerra.

Pero presiento que no. Estoy tan cansada que parezco triste. Tan dispersa que me veo concentrada. Tan tan y tan nada. Tan tán y aquí sigo. ¿Entiendes? Casi creo que no. Seguiré rumiando la mejor manera de decirlo, tratando por todos los medios de que deje de ser importante. De otro modo, corro el riesgo de olvidarlo.