Update I
Hermano, me convierto en mí misma.
A los 30 me descubro.
No tenía idea.
***
Update II
La lectura, sin duda, despierta el ánimo de escritura. Éste pronto se verá inhibido por sí mismo, por su pobre alcance, por su incapacidad para reproducir el ciclo de aliento que, idealmente, debería provocar el suficiente entusiasmo para conducir de nuevo a la lectura y de ahí volver siempre a empezar.
Por su poquito talento, pues.
***
Update III
Yo debería guardar silencio. Aquí algunas razones:
- Buena parte de mis intervenciones inician con un “el problema es…”. Nada más falso. No tengo puta idea.
- Otra muletilla es “me queda claro…”. No había reparado en ella hasta que E. apuntó la por demás evidente ironía.
- Así que no sé cuál es el problema y, si lo supiera, no me quedaría claro.
- Una intervención reiterada que creo que he ido perdiendo, pero que a mi madre molestaba sobremanera en mis más álgidos años de adolescencia, es “a ver…”. Tono cortante, generalmente interrumpiendo, mostrando las palmas de las manos. “A ver” es un intento por (im)poner (mi) orden.
- En la preparatoria fui casi célebre por mi casi siempre oportuno “ay, por favor…”. Uno de éstos debía colocarse inmediatamente después de un comentario insensato, una opinión absurda o una anécdota poco creíble. A mi juicio, claro está. La cabeza se echaba hacia atrás (apenas y con cuidado), enfatizando el “ay…”, sugiriendo una sonrisa desdeñosa. La descalificación y la arrogancia propias del ignorante hechas verso.
En este tenor, K. decía “es que… ¡ponte a ver!”. “Ponte a ver” era un llamado a la cordura, una solicitud de impecable ironía provinciana, elegante aunque siempre a un peligroso paso del “no mames…”. Era una maestra del equilibrio, sin duda. N., siempre dulce y cariñosamente distante a nuestra agresión adolescente, preguntaba, mucho, “¿mande…?”. Ahora entiendo que era un mecanismo de defensa inmejorable, pues su postura le permitió moverse con agilidad y eficiencia entre mi prematura y descolocada acidez, la desde entonces sugerida efervescencia de K., y el resto del mundo, generalmente menos atribulado y mucho, pero mucho más interesante.
No es difícil imaginar ahora la comicidad que transpiraba en cada conversación que quería tender hacia la trascendencia entre esta singular tripleta. Una vez puesto el tema sobre la mesa, después de dos o tres argumentos y algunas deliberaciones, se escucharía una secuencia del tipo:
-ay, ¡por favor, K!
-es que, wey, ponte a ver…!! O ¿tú qué crees, N.?
-… ¿mande...?
Y así pasaron horas y horas entrañables.
- En general hablo mal. No soy para nada elocuente. Mi problema es que tengo prisa por decir y eso me vuelve poco articulada. Aviento todo por temor a olvidarlo si lo contengo y porque supongo que es medianamente relevante para la discusión en curso. Mis intervenciones, entonces, son largos párrafos llenos de comas, guiones, paréntesis e intertextos. En más de una ocasión, mi involuntario e innecesariamente complejo sistema de expresión me ha llevado a auténticos callejones sin salida, ya sea porque me entrampo en la contradicción o porque, sencillamente, olvidé la intención, el punto. En algún momento solté el hilo y me perdí.
N. decía que disfrutaba mucho mis monólogos, con todo y sus digresiones continuas, infinitas, y su forma parecida a una muñeca rusa desbaratada. Le gustaba –al menos eso decía- que una historia me llevara otra, aunque las dejara todas inconclusas. Ya ella elegiría una después y me haría terminarla. No pocas veces ocurría aquello de “¿y por qué estoy diciendo esto..?”. Y ella, con enorme paciencia, gran oído y notable disposición, me ayudaba a desenredar la madeja hasta llegar al “¡ah, claro!”. Mi Ariadna.
Le complacía –juro que lo dijo alguna vez- mi escándalo y manoteo; que reaccionara a las cosas mínimas explosivamente, que lanzara expresiones solemnes, rotundas y sin consecuencias para asuntos intrascendentes. Aquella lejana época en la que era delicioso inventar un “issue” donde no lo había.
- Con R. me cuesta trabajo hablar. Me reconozco demasiado en sus modos, de los cuales he tomado conciencia a partir de los constantes señalamientos de M. Supongo que es más fácil verlos en ella que en mí, así me sean violentamente devueltos después, como el reflejo grosero de mis manera burdas. Aprendí a moverme así, a gesticular así, a entonar así, a extenderme así. Ahora, con un poco de ayuda, aprendí a despreciarme así.
Por eso, por el constante recordatorio de mí misma y la indisposición que mi oratoria provoca, me desespero mucho al escucharla y tiendo a buscar silencio estando con ella. Soy malagradecida. Genes y socialización me dotaron de una expresión histriónica natural, me regalaron una forma rica de lenguaje, un claro sentido espaciotemporal del monólogo, y yo lo eché a perder. Y yo ahora queriéndome volver piedra.
- Porque el entorno actual me interpela y provoca mi habladuría más salvaje. Me quiero callar, callarme como sinónimo de no sé qué, silencio como analogía de algo que no acabo de entender o asumir. No es que no concuerde o disienta, no es que no tenga una opinión formada; vaya, a veces hasta tengo algo que podría aportar.
- Pero ya no me quiero arrepentir.
- Y el arrepentimineto es cosa que viene mucho en esta temporada.