sábado, mayo 18, 2013


Haciendo limpieza, encontré esto entre mis notas de hace un par de años:

"El cuerpo comienza a reclamar mi agitación, lo cual, supongo, se vuelve natural conforme pasan los años. Pero hay algo más: me siento mal.

El drama me pasa la factura. Los eventos, las noticias, las sospechas, las presiones, las embestidas amigas y enemigas, me agotan, me torturan como nunca. Ya no es sólo mi descomunal e insolente quijada. Es el estómago irritado y paralizado, acumulando todo lo que destruye (buena metáfora de mí, por cierto: nadie-sale-de-aquí). Es el cuerpo lánguido, desmoralizado, tembloroso. Es hablar mucho más despacio, me lo han dicho. Altibajos de presión, sueño constantemente interrumpido, extremidades entumecidas, baja de defensas, falta de fuerzas para todo lo que no sea dormir o beber. Me siento un moretón: dolorida, inflamada, entre morada y verde.

Pero sobre todo, es olvidar: comienzo a olvidar detalles comunes, escenas cotidianas ocurridas dos horas antes, anécdotas o recados ya compartidos, pendientes que siguen siéndolo porque en algún momento los suprimí sin querer. Mi distracción mueve a risa y extrañamiento, si no a suspicacia cuando creen que finjo no recordar. Una teoría guajira ofrecida por una voz amiga reza que, después de varios meses como “cuerda de violín”, tengo la cabeza embotada, saturada de tensiones que han obligado a mi psique a ponerse selectiva y discriminar lo que se queda y lo que ha de irse al menos por un tiempo.

Su criterio me resulta harto curioso, though; no comparto sus prioridades. Le pediría rescatar algunos recuerdos, algunas nostalgias, los guiños. Que se lleve la agenda, pero que me deje algunos planes imposibles. Que me escriba un post-it gigantesco con todas las confidencias, con las anécdotas más poderosas, con los nombres de las canciones, con las imágenes de las lecturas, los olores del café. Que sea generosa y se lleve las mañanas dolorosas y apuradas en el metro. Pero que me deje el coraje. Si se llevó también el miedo, que me devuelva el coraje. Se lo exijo encarecidamente.

Estoy fatigada; me siento exhausta. Me gustaría decir algo más, distinto, pero esto es lo que hay. De hecho, cuando uno está así, debería callarse la boca y, si se prefiere, dormir o embriagarse. Pero sigo cayendo en provocaciones que, después de exaltar mi agitación, sugieren a este cuerpo desprovisto de casi toda facultad que debo hacer algo, mover por lo menos la punta de los dedos en señal de que aún puedo dar guerra.

Pero presiento que no. Estoy tan cansada que parezco triste. Tan dispersa que me veo concentrada. Tan tan y tan nada. Tan tán y aquí sigo. ¿Entiendes? Casi creo que no. Seguiré rumiando la mejor manera de decirlo, tratando por todos los medios de que deje de ser importante. De otro modo, corro el riesgo de olvidarlo."
 
Fíjate cómo todo pasa...   

lunes, marzo 18, 2013


Una de las grandes ventajas de ser como soy es que mis limitaciones son claras y están a la vista. No hay mucho margen para llamarse a sorpresa.

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La historia de la relación con mi madre se basa en dos procesos de transformación personal:  sus 14 años y sus 50. Entre uno y otro momento, mis 30s.

Ambos puntos de corte tienen que ver con operaciones desesperadas de rescate, con salir a la superficie al punto de la asfixia.

La primera etapa me fue narrada innumerables veces, como cuentos para antes de dormir. Se construía el sueño de la madre heroína, sobreviviente. De la segunda fui testigo.

De cada proceso he construido un concepto distinto de mi madre que ha sido fundante de un nuevo modo de relacionarme con ella.

Se trata de dos momentos críticos que fungen como mitos. Mitos de mi madre. Mito de mis madres.

Mi madre es y al mismo tiempo no es ninguna de ellas.

Entre una y otra edad, una prolongada etapa de abandono autoinflingido. Ahí se formó la hija que soy. Ahí aprendí a ser mujer.

El último par de visitas han sido de distanciamiento. He tendido a dibujar los contornos de una lejanía crítica que me deja liberada pero llorando cada vez que se va.

El psicoanálisis me está jodiendo la vida.

No puedo decir que lo prefiera de otro modo.

martes, febrero 05, 2013

En un derroche de buen humor, la vida, ese “algo”, a manera de comentario al post inferior, trajo a mi hermano al DF.


Quiso verme. Nos encontramos. Lo miré mucho, lo escuché con toda la atención que soy capaz de dirigir a quien quiero. Compartimos cena y unos tragos.

Conoció a mi pareja, hablaron entre ellos larga y entusiastamente. Dos puntos de la red se tocaron: maravilla. Me ruborizó brevemente sentirme tan estupefacta ante lo que para mí se desarrollaba como un acto de magia pura.

Hablamos públicamente de cosas íntimas con absoluta soltura, desvistiendo al drama, arropándolo de gracia y socarronería.

Lo sentí tan grande. Es una persona sumamente interesante, preclaro en sus intereses y en la manera de colocarse en las situaciones, de plantarse en el mundo, en el mundo en el que él prefiere plantarse.

Sigo preguntándome si tengo deudas. El resto del fin de semana surgieron varias preguntas. Algunas las pude responder, otras no.

Me quedó, sin embargo, una sensación cálida, amansadora. Somos buenas personas. En aquella mesa había personas que tratan de tener todos los días las mejores intenciones y, cuando las circunstancias lo permiten, ir un poco más allá.

Nos abrazamos al despedirnos. Da abrazos fuertes, abarcadores.

“Cuida a mi hermana”, dijo.







lunes, enero 21, 2013


Mientras me bañaba pensaba. Siempre pensaba.


Hoy me entretuve suponiendo que, en un mundo en el que prima la inmediatez de lo próximo, sea el minuto previo o el posterior, insistir en ejercicios que persiguen el pasado remoto, como el sicoanálisis, parecería una absoluta terquedad, un síntoma de gran tozudez.

[Y tal vez lo sea].

La sesión de ayer fue complicada, pero sólo bajo el agua tibia pude darme cuenta de que no había sido inútil. Reconocí el gran esfuerzo que debo hacer para recordar un periodo de mi vida, entre los seis y doce años, es decir, el tiempo transcurrido entre el matrimonio de mi madre y el nacimiento de mi hermana pequeña. Es justo el periodo en el que nace mi primer hermano y nuestras infancias, con todas sus consecuencias sobre quiénes somos ahora, se definen.

Obligada a recordar, acorralada, sumamente incómoda y enfadada, la sensación que se plantó con mayor firmeza en el centro de esa habitación fue la de haber sido una mala hermana, en especial para mi hermano. No cuidé, no procuré, no quise suficiente. De hecho, maltraté, molesté, disfruté sacar de sus casillas a un niño seis años menor que yo, que no hacía más que perdonar y volver a empezar varias veces al día. O eso parecía.

Me molesta mucho que en la terapia encuentren justificaciones para un (mi) mal comportamiento. No me parece bien, no me gusta. No lo creo y no lo acepto. Aparentemente todo, incluso lo peor, se hace por alguna razón comprensible que avala hasta la crueldad. Sí, en mi opinión fui cruel, como nunca he vuelto a serlo. En la de Z. estaba profundamente enojada y desconcertada por una secuencia de recortes, despojos y negligencias sutiles que los adultos en torno mío ejercían sobre mí sin darse cuenta, mientras hacían ajustes en sus propias vidas revueltas.

[Una estupidez. A veces siento que pago porque dos días a la semana me cuenten un episodio más de un melodrama clasemediero y bobalicón].

Pero yo sabía lo que hacía. La fragilidad de la salud de mi hermano me ponía contra las cuerdas cada vez que caía enfermo. Me sentía profundamente culpable, si bien no de sus padecimientos –creo que eso yo lo atribuía, sin ningún argumento realmente sólido, a los genes de su padre-, sí de ser suficientemente cobarde como para meterme con un niño débil, bonachón, delicado. Yo era bravucona, sí, pero siempre fuera de casa y siempre con gente de mi tamaño. Hombres, sobre todo (la clásica etapa del florecimiento violento y juguetón de las pulsiones sexuales: golpear para tocar, trenzarse en un aparente juego de cachorros para rozarse).

Ese periodo corresponde, también, al capítulo en el que abandoné la escuela por un par de meses. Ya he narrado esa experiencia aquí, aunque es cierto que la perspectiva ha cambiado como resultado de este proceso analítico que, aunque curatorio, se confunde a veces con la propia enfermedad.

El caso es que la presión y la ansiedad debieron haber sido considerables porque recordé como en sueños entrar a su cuarto algunas noches, acercarme a la cama-cuna, verlo dormido –a veces respirando trabajosamente- y permanecer tiempos más o menos largos en un silencio bastante vergonzoso.

El aprendizaje más frecuente y consistente en la familia en que nací es la fragmentación. El corte y la separación. El segmento y la distancia entre los segmentos. Todos venimos de un núcleo del que nos ha sido necesario salir en algún momento, con mayor o menor violencia, de maneras más o menos definitivas.

Curiosamente, la familia de mi padre, mi primer y precoz distanciamiento, es mucho más cohesiva. Él, cuando era joven y mucho más solitario, se quejaba del nutrido y activo matriarcado que asolaba a los escasos y escurridizos varones que, junto con –o a la sombra de- aquéllas, conformaban el núcleo duro del clan. Las decisiones relevantes se tomaban en la cocina: mientras preparaban platillos prodigiosos, tejían o bordaban, cuidaban niños –a veces a mí-, fumaban bebiendo café, de acuerdo con mi padre, conspiraban contra ellos. Aunque la casa tenía tres puertas hacia el exterior, los hombres buscaban salir por el acceso de la cocina para, según yo, recoger pedazos desordenados de la conversación de aquellas mujeres generosas y dominantes.

Sin embargo, en uno (otro) de esos giros de tuerca relativamente inesperados, relativamente sorprendentes, ahora ese tejido femenino, si bien un poco decaído a razón de la vejez y la enfermedad, abraza de nuevo a sus hijos otrora disidentes, también envejecidos y desmejorados. Y resulta que entonces, ahora sí, la familia importa.

¿Cuáles son las consecuencias de tanta cortadura en la construcción de una persona? Ya no en la construcción de sus relaciones, sino en la edificación de su propia materia, en la definición y apropiación de un lugar en el mundo, un lugar entre los otros.

Cortes. Uno tras otro, la mayoría de tajo. Ámbitos de acción rigurosamente apartados, redes de puntos que nunca se tocan, vínculos intensos con fecha de caducidad, ciclos exactos. Una intolerancia profunda a las partes cuando preguntan por el todo, cuando exigen explicaciones, cuando piden sentarse a la mesa a recordar, a crear una historia congruente, a detenerse aunque sea por un momento. Corte.

La severa ignorancia sobre los procesos de la cohesión nos vuelve suspicaces en un sentido notablemente paranoico e idiota. Nos hace confundir señales, como creer que conquistar a quien claramente nos rechaza es la oportunidad única y absoluta de sobreponernos a todas las escisiones anteriores, cuando es más o menos evidente que sólo permanece ahí porque sabe que más pronto que tarde querremos irnos. Corte.

Y, encima de todo, mucha nostalgia, sobre todo por lo que nunca ocurrió. Muchos “hubiera”. Una curiosidad inaudita frente a los flujos, frente a la continuidad. Se aprende a leer la durabilidad de los lazos sólo como el aplazamiento del final y no como la decisión diaria, valiente y explícita de sobrevivir a sí mismos.

Mi hermano y yo nos encontramos una vez al año y no sabemos nada del otro en realidad. Una vez al año conversamos, me mira, me habla con afecto, mucha tranquilidad y un humor difícil de superar –tal vez sólo por mi hermana. Una vez al año me esfuerzo por contrastar la imagen que tenía de él hace años con la que veo ahora. Presiento que él ha renunciado a ese ejercicio, si se lo planteó alguna vez.

Mi hermano sigue empezando todos los días. Cuando me mira parece que no recordara. ¿Prefiere no hacerlo?, ¿no fue suficientemente relevante?, ¿estoy absuelta?, ¿dejó ir el único recuerdo de nuestra infancia –podrido, pero recuerdo al fin- que lo unía a mí?

A veces olvido que mi hermano y yo venimos de la misma familia. Los dos entendimos la misma lección.

Corte.

viernes, diciembre 21, 2012



¿Es a la imagen?, ¿a la piel?, ¿al dolor?
¿A qué se engancha uno cuando decide ser lienzo?