Mientras me bañaba pensaba. Siempre pensaba.
Hoy me entretuve suponiendo que, en un mundo en el que prima la inmediatez de lo próximo, sea el minuto previo o el posterior, insistir en ejercicios que persiguen el pasado remoto, como el sicoanálisis, parecería una absoluta terquedad, un síntoma de gran tozudez.
[Y tal vez lo sea].
La sesión de ayer fue complicada, pero sólo bajo el agua tibia pude darme cuenta de que no había sido inútil. Reconocí el gran esfuerzo que debo hacer para recordar un periodo de mi vida, entre los seis y doce años, es decir, el tiempo transcurrido entre el matrimonio de mi madre y el nacimiento de mi hermana pequeña. Es justo el periodo en el que nace mi primer hermano y nuestras infancias, con todas sus consecuencias sobre quiénes somos ahora, se definen.
Obligada a recordar, acorralada, sumamente incómoda y enfadada, la sensación que se plantó con mayor firmeza en el centro de esa habitación fue la de haber sido una mala hermana, en especial para mi hermano. No cuidé, no procuré, no quise suficiente. De hecho, maltraté, molesté, disfruté sacar de sus casillas a un niño seis años menor que yo, que no hacía más que perdonar y volver a empezar varias veces al día. O eso parecía.
Me molesta mucho que en la terapia encuentren justificaciones para un (mi) mal comportamiento. No me parece bien, no me gusta. No lo creo y no lo acepto. Aparentemente todo, incluso lo peor, se hace por alguna razón comprensible que avala hasta la crueldad. Sí, en mi opinión fui cruel, como nunca he vuelto a serlo. En la de Z. estaba profundamente enojada y desconcertada por una secuencia de recortes, despojos y negligencias sutiles que los adultos en torno mío ejercían sobre mí sin darse cuenta, mientras hacían ajustes en sus propias vidas revueltas.
[Una estupidez. A veces siento que pago porque dos días a la semana me cuenten un episodio más de un melodrama clasemediero y bobalicón].
Pero yo sabía lo que hacía. La fragilidad de la salud de mi hermano me ponía contra las cuerdas cada vez que caía enfermo. Me sentía profundamente culpable, si bien no de sus padecimientos –creo que eso yo lo atribuía, sin ningún argumento realmente sólido, a los genes de su padre-, sí de ser suficientemente cobarde como para meterme con un niño débil, bonachón, delicado. Yo era bravucona, sí, pero siempre fuera de casa y siempre con gente de mi tamaño. Hombres, sobre todo (la clásica etapa del florecimiento violento y juguetón de las pulsiones sexuales: golpear para tocar, trenzarse en un aparente juego de cachorros para rozarse).
Ese periodo corresponde, también, al capítulo en el que abandoné la escuela por un par de meses. Ya he narrado esa experiencia aquí, aunque es cierto que la perspectiva ha cambiado como resultado de este proceso analítico que, aunque curatorio, se confunde a veces con la propia enfermedad.
El caso es que la presión y la ansiedad debieron haber sido considerables porque recordé como en sueños entrar a su cuarto algunas noches, acercarme a la cama-cuna, verlo dormido –a veces respirando trabajosamente- y permanecer tiempos más o menos largos en un silencio bastante vergonzoso.
El aprendizaje más frecuente y consistente en la familia en que nací es la fragmentación. El corte y la separación. El segmento y la distancia entre los segmentos. Todos venimos de un núcleo del que nos ha sido necesario salir en algún momento, con mayor o menor violencia, de maneras más o menos definitivas.
Curiosamente, la familia de mi padre, mi primer y precoz distanciamiento, es mucho más cohesiva. Él, cuando era joven y mucho más solitario, se quejaba del nutrido y activo matriarcado que asolaba a los escasos y escurridizos varones que, junto con –o a la sombra de- aquéllas, conformaban el núcleo duro del clan. Las decisiones relevantes se tomaban en la cocina: mientras preparaban platillos prodigiosos, tejían o bordaban, cuidaban niños –a veces a mí-, fumaban bebiendo café, de acuerdo con mi padre, conspiraban contra ellos. Aunque la casa tenía tres puertas hacia el exterior, los hombres buscaban salir por el acceso de la cocina para, según yo, recoger pedazos desordenados de la conversación de aquellas mujeres generosas y dominantes.
Sin embargo, en uno (otro) de esos giros de tuerca relativamente inesperados, relativamente sorprendentes, ahora ese tejido femenino, si bien un poco decaído a razón de la vejez y la enfermedad, abraza de nuevo a sus hijos otrora disidentes, también envejecidos y desmejorados. Y resulta que entonces, ahora sí, la familia importa.
¿Cuáles son las consecuencias de tanta cortadura en la construcción de una persona? Ya no en la construcción de sus relaciones, sino en la edificación de su propia materia, en la definición y apropiación de un lugar en el mundo, un lugar entre los otros.
Cortes. Uno tras otro, la mayoría de tajo. Ámbitos de acción rigurosamente apartados, redes de puntos que nunca se tocan, vínculos intensos con fecha de caducidad, ciclos exactos. Una intolerancia profunda a las partes cuando preguntan por el todo, cuando exigen explicaciones, cuando piden sentarse a la mesa a recordar, a crear una historia congruente, a detenerse aunque sea por un momento. Corte.
La severa ignorancia sobre los procesos de la cohesión nos vuelve suspicaces en un sentido notablemente paranoico e idiota. Nos hace confundir señales, como creer que conquistar a quien claramente nos rechaza es la oportunidad única y absoluta de sobreponernos a todas las escisiones anteriores, cuando es más o menos evidente que sólo permanece ahí porque sabe que más pronto que tarde querremos irnos. Corte.
Y, encima de todo, mucha nostalgia, sobre todo por lo que nunca ocurrió. Muchos “hubiera”. Una curiosidad inaudita frente a los flujos, frente a la continuidad. Se aprende a leer la durabilidad de los lazos sólo como el aplazamiento del final y no como la decisión diaria, valiente y explícita de sobrevivir a sí mismos.
Mi hermano y yo nos encontramos una vez al año y no sabemos nada del otro en realidad. Una vez al año conversamos, me mira, me habla con afecto, mucha tranquilidad y un humor difícil de superar –tal vez sólo por mi hermana. Una vez al año me esfuerzo por contrastar la imagen que tenía de él hace años con la que veo ahora. Presiento que él ha renunciado a ese ejercicio, si se lo planteó alguna vez.
Mi hermano sigue empezando todos los días. Cuando me mira parece que no recordara. ¿Prefiere no hacerlo?, ¿no fue suficientemente relevante?, ¿estoy absuelta?, ¿dejó ir el único recuerdo de nuestra infancia –podrido, pero recuerdo al fin- que lo unía a mí?
A veces olvido que mi hermano y yo venimos de la misma familia. Los dos entendimos la misma lección.
Corte.