miércoles, octubre 28, 2009

Cuando el silencio es violencia


estar con uno mismo,

ni es uno ni es lo mismo.

lunes, octubre 26, 2009

* Tomo un moka de Starbucks. No me gusta ni estoy particularmente orgullosa, pero necesitaba algo caliente, dulce, con cafeína y cercano. Consuelo.

* Comí una ensalada, pero iba por una sopa especial. Consuelo. Tuve que reconocer que, con todo y lluvia y agüite en plena zona rosa del D.F. (un desperdicio o el mejor de los lugares, como se quiera ver), tenía más hambre que eso.

* Escucho rumba. QUE NO FLAMENCO. ¿Consuelo?

lunes, octubre 12, 2009

Homenaje involuntario e insomne

Cántame por las noches que es cuando duele más

Cántame por la mañana antes de que salga el sol

Que la luna no se entere lo que yo he dado por ti

Que la luna no se entere que yo anoche no dormí

Cántame...

Nomás cántame...

sábado, octubre 10, 2009

El cuerpo comienza a reclamar mi agitación, lo cual, supongo, se vuelve natural conforme pasan los años. Pero hay algo más: me siento mal.

El drama me pasa la factura. Los eventos, las noticias, las sospechas, las presiones, las embestidas amigas y enemigas, me agotan, me torturan como nunca. Ya no es sólo mi descomunal e insolente quijada. Es el estómago irritado y paralizado, acumulando todo lo que destruye (buena metáfora de mí, por cierto: nadie-sale-de-aquí). Es el cuerpo lánguido, desmoralizado, tembloroso. Es hablar mucho más despacio, me lo han dicho. Altibajos de presión, sueño constantemente interrumpido, extremidades entumecidas, baja de defensas, falta de fuerzas para todo lo que no sea dormir o beber. Me siento un moretón: dolorida, inflamada, entre morada y verde.

Pero sobre todo, es olvidar: comienzo a olvidar detalles comunes, escenas cotidianas ocurridas dos horas antes, anécdotas o recados ya compartidos, pendientes que siguen siéndolo porque en algún momento los suprimí sin querer. Mi distracción mueve a risa y extrañamiento, si no a suspicacia cuando creen que finjo no recordar. Una teoría guajira ofrecida por una voz amiga reza que, después de varios meses como “cuerda de violín”, tengo la cabeza embotada, saturada de tensiones que han obligado a mi psique a ponerse selectiva y discriminar lo que se queda y lo que ha de irse al menos por un tiempo.

Su criterio me resulta harto curioso, though; no comparto sus prioridades. Le pediría rescatar algunos recuerdos, algunas nostalgias, los guiños. Que se lleve la agenda, pero que me deje algunos planes imposibles. Que me escriba un post-it gigantesco con todas las confidencias, con las anécdotas más poderosas, con los nombres de las canciones, con las imágenes de las lecturas, los olores del café. Que sea generosa y se lleve las mañanas dolorosas y apuradas en el metro. Pero que me deje el coraje. Si se llevó también el miedo, que me devuelva el coraje. Se lo exijo encarecidamente.

Estoy fatigada; me siento exhausta. Me gustaría decir algo más, distinto, pero esto es lo que hay. De hecho, cuando uno está así, debería callarse la boca y, si se prefiere, dormir o embriagarse. Pero sigo cayendo en provocaciones que, después de exaltar mi agitación, sugieren a este cuerpo desprovisto de casi toda facultad que debo hacer algo, mover por lo menos la punta de los dedos en señal de que aún puedo dar guerra.

Pero presiento que no. Estoy tan cansada que parezco triste. Tan dispersa que me veo concentrada. Tan tan y tan nada. Tan tán y aquí sigo. ¿Entiendes? Casi creo que no. Seguiré rumiando la mejor manera de decirlo, tratando por todos los medios de que deje de ser importante. De otro modo, corro el riesgo de olvidarlo.

jueves, octubre 01, 2009

Lucky me

“Existe la posibilidad de ratos emocionantes por venir”, dice mi galleta de la suerte. O bien, no dice nada. O lo dice todo. Así es hablar de posibilidades: siempre existen, todas, juntas, en esa latencia permanente que me imagino espesa, casi viscosa que, a veces, no les permite salir a concretarse.

Estoy fatigada. No he venido porque no he tenido nada qué contar sobre lo mucho que ha ocurrido. He hecho las cosas, las he pensado, he estado en los lugares, pero no he sentido la premura de venir a vaciarlo. Confieso que pienso en deshacerme de este sitio, de esta extensión de mí que parece innecesaria de repente, sobre todo cuando voy comprendiendo que la vida exige reducirse a un mínimo, acotarse, ponerse límites ascéticos y respetarlos. Decir más con menos, si es que no es posible hacer silencio.

De tal modo, este apéndice a veces estorba, sobre todo porque aún existe una vaga tentación de contar, de ejercitar la forma, de esperar un eco, de pertenecer a cierta resonancia. Sigo paseando por los espacios de otros; algunos también van perdiendo sentido. Cada vez me inclino con más claridad hacia los blogs que proponen reflexiones íntimas y relatos autorreferenciales que me den pistas de la vida de personas que no conozco ni he de conocer nunca. Alimentan mi curiosidad, mi envidia y también mi autocomplacencia. Cuando hay fotos, el proceso es generalmente redondo. Pero no me parece sano, nutritivo. La mayoría de las veces termino descompuesta, arrepentida, con la clara sensación de haber perdido el tiempo. El problema es tanto lo que busco como lo que encuentro: busco intimidades, consumo basura. Vaya, que comienzo a aburrirme.

Y tal vez sea que degradé la forma de relacionarme con los blogs, que ahora no tengo expectativas con respecto al mío. He pensado borrar el contenido y empezar de cero, en lugar de desaparecer por completo. Pero entiendo que en el fondo esa opción no me interesa. No busco resolver el dilema entre el desvanecimiento y la estridencia; sólo busco un digno punto medio que haga justicia a lo que he sido aquí hasta ahora –quoi que c’est soit- y lo que querría ser de aquí en adelante: estructura, límites, cordura (dicen por ahí).

En fin, que esto de estar o dejar de estar es un dilema intrascendente que aparece de vez en vez, da vueltas, me busca la cara, la encuentra y, para entonces, ya olvidó lo que quería.

Mañana cumplo 30 años. No concibo haber estado sobre la tierra durante todo este tiempo. Suena a demasiado, a que mucho ha pasado en el mundo mientras yo divago en él. Y eso aporta la sensación de que en mí todo es lento y plano, mientras el tiempo pasa rápido y produce, crea en un día la escenografía en la que habré de actuar mañana, como si no supiera cómo pasan las cosas.

Mi cuerpo me regaló una cana conmemorativa, que está lejos de ser la primera que tengo, pero ésta resultó muy peculiar, tiene mucha personalidad. Está justo en lo que podría verse como la cúspide del cráneo y, como aún es corta, está permanentemente erecta, erguida sobre el centro de todo.

Subo entonces al tercer piso que, en realidad, es el cuarto. Me reservo el balance, que lo hay. Sólo diré que reconozco que, en algún momento que no sé identificar, hubo un punto de ruptura, una línea que crucé y, entonces, empecé a arrepentirme. No lo lamento, al contrario; me interesa tener miedo, me entretiene mi ira y mi ansiedad me resulta atractiva de algún modo. Alguna de ellas, si no todas, ha estado involucrada en más de una escena que habría preferido evitar o, aún más, no haber repetido una y otra y otra vez. Pero no lo hice. Y quizá mi galleta de la suerte pudo saberlo antes que yo.

Puedo decir que ahora, justo ahora, me gusta mi vida. Me gustan mis aciertos; desprecio, como siempre, mis errores. Pero me engaño más fácil, me digo que aprendo, me entreno en sortearme, en darme la vuelta. No creo haber estado jamás tan lejos de mí y sentirme tan cómoda. Hay razones para celebrar.