Estoy fatigada. No he venido porque no he tenido nada qué contar sobre lo mucho que ha ocurrido. He hecho las cosas, las he pensado, he estado en los lugares, pero no he sentido la premura de venir a vaciarlo. Confieso que pienso en deshacerme de este sitio, de esta extensión de mí que parece innecesaria de repente, sobre todo cuando voy comprendiendo que la vida exige reducirse a un mínimo, acotarse, ponerse límites ascéticos y respetarlos. Decir más con menos, si es que no es posible hacer silencio.
De tal modo, este apéndice a veces estorba, sobre todo porque aún existe una vaga tentación de contar, de ejercitar la forma, de esperar un eco, de pertenecer a cierta resonancia. Sigo paseando por los espacios de otros; algunos también van perdiendo sentido. Cada vez me inclino con más claridad hacia los blogs que proponen reflexiones íntimas y relatos autorreferenciales que me den pistas de la vida de personas que no conozco ni he de conocer nunca. Alimentan mi curiosidad, mi envidia y también mi autocomplacencia. Cuando hay fotos, el proceso es generalmente redondo. Pero no me parece sano, nutritivo. La mayoría de las veces termino descompuesta, arrepentida, con la clara sensación de haber perdido el tiempo. El problema es tanto lo que busco como lo que encuentro: busco intimidades, consumo basura. Vaya, que comienzo a aburrirme.
Y tal vez sea que degradé la forma de relacionarme con los blogs, que ahora no tengo expectativas con respecto al mío. He pensado borrar el contenido y empezar de cero, en lugar de desaparecer por completo. Pero entiendo que en el fondo esa opción no me interesa. No busco resolver el dilema entre el desvanecimiento y la estridencia; sólo busco un digno punto medio que haga justicia a lo que he sido aquí hasta ahora –quoi que c’est soit- y lo que querría ser de aquí en adelante: estructura, límites, cordura (dicen por ahí).
En fin, que esto de estar o dejar de estar es un dilema intrascendente que aparece de vez en vez, da vueltas, me busca la cara, la encuentra y, para entonces, ya olvidó lo que quería.
Mañana cumplo 30 años. No concibo haber estado sobre la tierra durante todo este tiempo. Suena a demasiado, a que mucho ha pasado en el mundo mientras yo divago en él. Y eso aporta la sensación de que en mí todo es lento y plano, mientras el tiempo pasa rápido y produce, crea en un día la escenografía en la que habré de actuar mañana, como si no supiera cómo pasan las cosas.
Mi cuerpo me regaló una cana conmemorativa, que está lejos de ser la primera que tengo, pero ésta resultó muy peculiar, tiene mucha personalidad. Está justo en lo que podría verse como la cúspide del cráneo y, como aún es corta, está permanentemente erecta, erguida sobre el centro de todo.
Subo entonces al tercer piso que, en realidad, es el cuarto. Me reservo el balance, que lo hay. Sólo diré que reconozco que, en algún momento que no sé identificar, hubo un punto de ruptura, una línea que crucé y, entonces, empecé a arrepentirme. No lo lamento, al contrario; me interesa tener miedo, me entretiene mi ira y mi ansiedad me resulta atractiva de algún modo. Alguna de ellas, si no todas, ha estado involucrada en más de una escena que habría preferido evitar o, aún más, no haber repetido una y otra y otra vez. Pero no lo hice. Y quizá mi galleta de la suerte pudo saberlo antes que yo.
Puedo decir que ahora, justo ahora, me gusta mi vida. Me gustan mis aciertos; desprecio, como siempre, mis errores. Pero me engaño más fácil, me digo que aprendo, me entreno en sortearme, en darme la vuelta. No creo haber estado jamás tan lejos de mí y sentirme tan cómoda. Hay razones para celebrar.