Observo con agrado cuán mundana es mi fantasía, lo fácil y posible que parece. Pero presencio con auténtico terror cómo y cuánto me alejo de ella cotidianamente.
Yo no vivo aquí. Yo funciono en otro plano del cual no sé volver sana y salva. El viaje entre un sitio y otro es siempre escandaloso, atropellado, torpe y catastrófico. Hay una grieta entre ambos territorios que me confunde; pasar de uno a otro es parecido a despertar abruptamente después de apenas comenzar a dormitar. Un desfase absoluto que toma algunos minutos corregir, cuando esto es posible.
Anoche el espacio cobró algo de vida. Fue agradable, aunque no me correspondiera. (Te) escuchaba a distancia; un barullo cómodo, amigable, agitado por momentos, distraído en asuntos prescindibles que insisten en parecer importantes por el bien de la reunión, de la camaradería. De eso se trata, supongo; de convocar almas y sentidos en torno a lo banal -que al final, todo lo es- y observarlo, manosearlo en conjunto. Llamémosle compañía, entonces.
Así, en otro cuarto, con otras personas, riendo y pasando un buen momento muy merecido, te quise, mucho. Te extrañé pronto, pregunté dos o tres cosas, no hallé respuestas, me revolví un poco y volví a dormir. El episodio se repitió un par de veces más y yo cada vez amanecía a la vigilia en el mismo punto en el que me había quedado antes. Los rumores seguían ahí; yo me preocupaba por recuperar tu voz, por distinguirte, por entenderte. Así, a distancia, pareció más fácil.
Llevo un par de horas despierta, aquí pero en otra parte, evaluando qué es irremediable, qué no. "Reducción de daños", he dicho un montón de veces para referirme a una forma de estar en el mundo sabiendo que uno pervierte, contamina, degrada las cosas y a los otros. Se trata de cómo hacer el menor daño posible dado que no se puede evitar herir y molestar; cómo evitar reparaciones mayores, cómo compensar mi nocividad. Si no he de hacer feliz a nadie, cómo no hacerlo desgraciado; si no he de trascender por mi talento y generosidad, cómo hacerme fácilmente olvidable.
Ser ausencia parece una salida, pero no la quiero.
¿Cómo hacer para no tener que escuchar(te) detrás de las puertas?