sábado, septiembre 20, 2008

La piel de la mano se me cae. Comienza a desprenderse a gajos a partir del borde con la uña. Fue un asunto provocado. Insisto en retirar la cutícula cuando ha crecido hasta un punto que encuentro excesivo. A los pocos días me doy cuenta, con algo de dolor, de que esa breve y delicada capa que me empeño en retirar cada tanto, mantiene mi composición en un estado normal, es decir, apenas unida.

Ahora mis dedos tienen un aspecto infantil, descuidado, nervioso; pareciera que me arranco pequeñas tiras de piel con los dientes, a mordidas milimétricas, cuando las imágenes de lo posible me superan. El borde de las uñas aparece rojizo, hinchado, palpitante. La piel subyacente se asoma brillante en canales poco profundos. La película desprendida se levanta en fragmentos cortos y, mientras termina de soltarse, cualquier roce con ellos tira un poco más y arde.

Yo, como si no me ocurriese a mí, jugueteo inconscientemente con los pequeños pellejos. Los visito suavemente con las yemas de los dedos o los froto discreta contra los labios, consiguiendo que duela un poco apenas.


lunes, septiembre 08, 2008

"¿Por qué, si alguien puede, no debería pararse en el camino y disfrutar del día? ¿Es necesario siempre haber padecido y salir de un agujero?"


Cesare Pavese