Empiezo indecisa. No sé si decirlo o no.
Son asuntos muy importantes para mí, resultados de procesos largos y trabajosos, consecuencias de las decisiones tomadas. Hace un par de horas estaba azorada, orgullosa, muy conmovida por esta sensación tan agradable del peso perdido, de la liberación: la espera se acabó.
(Esta espera, al menos).
Luego, con el paso de los minutos, el descenso de la adrenalina y un poco de silencio, viene la asimilación, el razonamiento, la tranquilidad todavía gustosa pero no tan exaltada.
Soy de un ánimo voluble, pasajero. Nada me dura mucho, a veces ni siquiera suficiente. Tiendo a absorber las novedades con cierta naturalidad. Tal vez alguien más en mi lugar estaría celebrando de algún modo. Yo escribo un post en el que me debato entre escribir un post al respecto o no.
Tiendo a desdeñar las situaciones consideradas especiales. Festejo poco, no me detengo a conmemorar con frecuencia. Recuerdo mucho pero rindo pocos homenajes a mis memorias. Y a veces lamento ser así.
Por eso, antes de que la efervescencia termine de pasar, lo digo.
Hoy me titulé como Maestra en Población y Desarrollo con grado de excelencia y recomendación para publicación.
Hoy también, alrededor de ocho horas después, supe que obtuve el puesto de trabajo que deseaba. Tendré la rara, escasa oportunidad de trabajar en un ámbito que me gusta, para el cual me he formado y con una remuneración adecuada a mis capacidades.
Hoy, en resumen, se me resolvió un poco la vida. Estoy, lo digo, muy contenta y satisfecha, complacida de estar conmigo. Estoy, sobre todo, muy agradecida, profundamente convencida de la importancia de mis presencias. Estoy, también, reconciliada con mis ausencias.
Estoy en paz.
viernes, agosto 22, 2008
lunes, agosto 11, 2008
Findesemana
No creo en los milagros. Aunque quizá sólo sé poco de ellos.
Es cierto, sin embargo, que no niego todo lo que ignoro, que no a todo le pido que sea verdad. Tampoco creo en todo lo que sé ni en lo que presumiblemente es.
No es que necesite uno. Por ahora sólo requiero una secuencia lógica de eventos que se desenvuelva en un tiempo razonable. Causa - efecto, nomás.
Pero parece que a veces eso es mucho pedir.
*********
Pasé el fin de semana muy dispersa e inquieta. El inicio fue agitado y después vino una calma ciertamente triste, incómoda.
Comencé y terminé “Los Recuerdos del Porvenir” de Garro. Sí, me gustó. Muy rulfiana, muy preocupada por las atmósferas, por las explicaciones tan propias del realismo mágico. Interesada en “la cuestión social”, se deja sentir ambivalente al respecto; es una novela a veces indígena, a veces mestiza acomodada, a veces revolucionaria, a veces cristiana, a veces feminista, a veces nada. Humana, pues. Supongo de ahí la razonable ambigüedad.
Mientras la leía me sugería cosas que nunca terminaron por concretarse, lo cual aprecio mucho porque me queda en la boca el sabor ácido de la provocación, la sorpresa de mis propias elaboraciones ante estímulos indefinidos. Pasé buena parte de la narración al acecho de una relación incestuosa que nunca llegó, pero me llevé un dejo de asombrosa decepción.
Cuando rozaba la novela con los dedos en el librero de mi madre, sin tomarla nunca de una buena vez, la imaginaba distinta, a saber porqué. Garro me parecía sumamente hermosa, sabía de su historia con Paz, de su actitud beligerante, de sus inquietudes políticas, de su disposición alerta rayana en la locura. Mezclé todo esto de alguna manera que me hizo suponer que sería una novela menos colocada en el espacio público y más concentrada en revoluciones internas, en las que el contexto ocuparía un espacio más bien marginal, difuso, dispensable, como –toda proporción guardada- en Elizondo tal vez. Insisto, no sé porque quería que eso fuera.
*********
Hice panqués de plátano que, para mi sorpresa, quedaron bien. Logré equilibrar las porciones de harina refinada e integral para evitar que quedaran “muffins de a kilo”, como fueron bautizadas mis primeras creaciones. Quizá ahora sólo deba disminuir un poco el azúcar porque el edulcorante endulza un poco más que el azúcar natural. (¡Claro! Eran light).
Además de eso, entraba y salía compulsivamente de mis cuentas de correo, esperando los mensajes anhelados. Esto sí (esto sí...) que fue una verdadera pérdida de tiempo y cordura: era imposible que algo relevante al respecto ocurriera en días de asueto. Así son los nervios de traicioneros. Comienzo a sentir un poco de vergüenza.
*********
Que la casualidad no existe, dicen. Pero el caso es que yo recorrí un par de blogs que me brindaron generosas revelaciones que recibí de manera casi confesional, como cuando uno recibe un pronóstico personalizado, como cuando parece que el I Ching se hizo sólo para ti.
Los autores –escritores de profesión, por cierto- recordaban para mí momentos de incertidumbre parecidos a los que yo atravieso. Utilizaban –cada uno por su lado- la primera personal del plural para narrarse y no supe si en verdad había alguien más o si era sólo una cuestión estilística. Este dato medio velado es importante porque una presencia más (y no de más) puede alterar sustantivamente el curso de las cosas.
El tema es que hablan casi con nostalgia de aquellos tiempos de zozobra, persecuciones, rechazos y pobreza, en los que su creatividad pareció detonarse, florecer en medio de una tormenta con granizo que, finalmente, pasó. Hicieron las cosas más diversas e inverosímiles por sobrevivir literal y literariamente. Algunas de ellas los llevaron lejos, a lugares a los que probablemente no habrían llegado de otro modo, en otro momento. O tal vez sí, pero con una disposición distinta, menos “hambrienta” en un sentido amplio.
Me dejaron tranquila por un momento. Pero desencajada después. No es verdad que nos ocurre lo mismo. Hay una valoración del riesgo desigual. Hay una noción de la libertad diferente que nos coloca en extremos opuestos y nos hace decidir distinto, casi contrario. Los pasos dados previos a la crisis, a la coyuntura, a ellos los llevaron a un lugar, a mí a otro.
*********
Intenté varias veces releer la tesis, hacer un esquema expositivo para la defensa que ya viene. Im-po-si-ble. Todo me distraía o me atacaba el sueño que ha venido apoderándose de mí por las tardes de los últimos días. Yo digo que esto es signo de ansiedad, de evasión: le doy la espalda a un momento amenazante (lo mismo pienso, por ejemplo, del uso del IPod por las calles, gesto al que también me estoy habituando). Nunca he acostumbrado las siestas vespertinas; logro reponerme con relativa facilidad a la pesadez tan propia de la sobremesa. Pero ahora pareciera que he decidido rendirme sin enviarme previo aviso. Esto, definitivamente, no es trabajo de equipo.
*********
Mi horóscopo (libra) para hoy dice:
Trata de detener el diálogo mental, ya que puedes estar piense y piense llenando tu cabeza con infinidad de ideas, que no tienen por ahora ninguna aplicación. Aquieta tu incansable mente.
Si no creo en los milagros, es apenas justo que tampoco crea en los horóscopos. Asumo que esta coincidencia es sólo síntoma de los tiempos: va para todos.
*********
Lo demás, tronarse los dedos, el cuello, dolerse la espalda. Medir el tiempo y el dinero. Contar los alimentos, organizarlos. Reunir y abrazar a los “hubiera”. Ponerlos guapos y mandarlos a pasear. Ver llover y luego no. Descubrir que encerrarse en el encierro no representa ninguna liberación para mí.
*********
Elaborar, por otro lado, mis rutinas. Poner orden, estructura; no pasar el tiempo como si de verdad no pasara nada. Engañarlo. Hacerle pensar que no lo estoy esperando. A lo mejor así se asoma y entonces lo atrapo.
Es cierto, sin embargo, que no niego todo lo que ignoro, que no a todo le pido que sea verdad. Tampoco creo en todo lo que sé ni en lo que presumiblemente es.
No es que necesite uno. Por ahora sólo requiero una secuencia lógica de eventos que se desenvuelva en un tiempo razonable. Causa - efecto, nomás.
Pero parece que a veces eso es mucho pedir.
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Pasé el fin de semana muy dispersa e inquieta. El inicio fue agitado y después vino una calma ciertamente triste, incómoda.
Comencé y terminé “Los Recuerdos del Porvenir” de Garro. Sí, me gustó. Muy rulfiana, muy preocupada por las atmósferas, por las explicaciones tan propias del realismo mágico. Interesada en “la cuestión social”, se deja sentir ambivalente al respecto; es una novela a veces indígena, a veces mestiza acomodada, a veces revolucionaria, a veces cristiana, a veces feminista, a veces nada. Humana, pues. Supongo de ahí la razonable ambigüedad.
Mientras la leía me sugería cosas que nunca terminaron por concretarse, lo cual aprecio mucho porque me queda en la boca el sabor ácido de la provocación, la sorpresa de mis propias elaboraciones ante estímulos indefinidos. Pasé buena parte de la narración al acecho de una relación incestuosa que nunca llegó, pero me llevé un dejo de asombrosa decepción.
Cuando rozaba la novela con los dedos en el librero de mi madre, sin tomarla nunca de una buena vez, la imaginaba distinta, a saber porqué. Garro me parecía sumamente hermosa, sabía de su historia con Paz, de su actitud beligerante, de sus inquietudes políticas, de su disposición alerta rayana en la locura. Mezclé todo esto de alguna manera que me hizo suponer que sería una novela menos colocada en el espacio público y más concentrada en revoluciones internas, en las que el contexto ocuparía un espacio más bien marginal, difuso, dispensable, como –toda proporción guardada- en Elizondo tal vez. Insisto, no sé porque quería que eso fuera.
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Hice panqués de plátano que, para mi sorpresa, quedaron bien. Logré equilibrar las porciones de harina refinada e integral para evitar que quedaran “muffins de a kilo”, como fueron bautizadas mis primeras creaciones. Quizá ahora sólo deba disminuir un poco el azúcar porque el edulcorante endulza un poco más que el azúcar natural. (¡Claro! Eran light).
Además de eso, entraba y salía compulsivamente de mis cuentas de correo, esperando los mensajes anhelados. Esto sí (esto sí...) que fue una verdadera pérdida de tiempo y cordura: era imposible que algo relevante al respecto ocurriera en días de asueto. Así son los nervios de traicioneros. Comienzo a sentir un poco de vergüenza.
*********
Que la casualidad no existe, dicen. Pero el caso es que yo recorrí un par de blogs que me brindaron generosas revelaciones que recibí de manera casi confesional, como cuando uno recibe un pronóstico personalizado, como cuando parece que el I Ching se hizo sólo para ti.
Los autores –escritores de profesión, por cierto- recordaban para mí momentos de incertidumbre parecidos a los que yo atravieso. Utilizaban –cada uno por su lado- la primera personal del plural para narrarse y no supe si en verdad había alguien más o si era sólo una cuestión estilística. Este dato medio velado es importante porque una presencia más (y no de más) puede alterar sustantivamente el curso de las cosas.
El tema es que hablan casi con nostalgia de aquellos tiempos de zozobra, persecuciones, rechazos y pobreza, en los que su creatividad pareció detonarse, florecer en medio de una tormenta con granizo que, finalmente, pasó. Hicieron las cosas más diversas e inverosímiles por sobrevivir literal y literariamente. Algunas de ellas los llevaron lejos, a lugares a los que probablemente no habrían llegado de otro modo, en otro momento. O tal vez sí, pero con una disposición distinta, menos “hambrienta” en un sentido amplio.
Me dejaron tranquila por un momento. Pero desencajada después. No es verdad que nos ocurre lo mismo. Hay una valoración del riesgo desigual. Hay una noción de la libertad diferente que nos coloca en extremos opuestos y nos hace decidir distinto, casi contrario. Los pasos dados previos a la crisis, a la coyuntura, a ellos los llevaron a un lugar, a mí a otro.
*********
Intenté varias veces releer la tesis, hacer un esquema expositivo para la defensa que ya viene. Im-po-si-ble. Todo me distraía o me atacaba el sueño que ha venido apoderándose de mí por las tardes de los últimos días. Yo digo que esto es signo de ansiedad, de evasión: le doy la espalda a un momento amenazante (lo mismo pienso, por ejemplo, del uso del IPod por las calles, gesto al que también me estoy habituando). Nunca he acostumbrado las siestas vespertinas; logro reponerme con relativa facilidad a la pesadez tan propia de la sobremesa. Pero ahora pareciera que he decidido rendirme sin enviarme previo aviso. Esto, definitivamente, no es trabajo de equipo.
*********
Mi horóscopo (libra) para hoy dice:
Trata de detener el diálogo mental, ya que puedes estar piense y piense llenando tu cabeza con infinidad de ideas, que no tienen por ahora ninguna aplicación. Aquieta tu incansable mente.
Si no creo en los milagros, es apenas justo que tampoco crea en los horóscopos. Asumo que esta coincidencia es sólo síntoma de los tiempos: va para todos.
*********
Lo demás, tronarse los dedos, el cuello, dolerse la espalda. Medir el tiempo y el dinero. Contar los alimentos, organizarlos. Reunir y abrazar a los “hubiera”. Ponerlos guapos y mandarlos a pasear. Ver llover y luego no. Descubrir que encerrarse en el encierro no representa ninguna liberación para mí.
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Elaborar, por otro lado, mis rutinas. Poner orden, estructura; no pasar el tiempo como si de verdad no pasara nada. Engañarlo. Hacerle pensar que no lo estoy esperando. A lo mejor así se asoma y entonces lo atrapo.
jueves, agosto 07, 2008
Ok, Batman
Sí, muy buena. ¿Una joya? No tanto.
El Guasón, otro pedo. Estas sagas están hechas para los villanos, digo yo. Sin demeritar al (anti)héroe, sus adversarios son cualquier cantidad de veces más estimulantes. Intuyo que es la idea; no estoy segura.
Pero, pues, Batman no es mucho sin toda su parafernalia. Un “action figure” de tamaño real que se desenvuelve de manera predecible en escenografías espléndidas, rebosantes de efectos especiales y que, de vez en vez, se ve envuelto en dilemas interesantes que, generalmente, son resueltos con excepcional clase por sus dos “conciencias”, personificadas por Albert y Lucius.
El Guasón, en cambio, no necesita prácticamente nada más que una caracterización histérica que le exige un uso exhaustivo del cuerpo y todas sus posibilidades de expresión. El tipo es un “mind game” de pies a cabeza, un rompecabezas despeinado, sudoroso, presumiblemente apestoso y con el maquillaje eternamente corrido, que no se termina nunca de armar. Falta una chingada pieza que no hemos de hallar jamás. Fantástico.
En fin, que, de nuevo, lo de más es lo de menos. Y al revés.
Y aunque entiendo la fuerza y las posibilidades del “why so serious?”, prefiero quedarme con otra perla guasona como colofón: “What doesn’t kill you makes you stranger”
Oh, sí. Vaya que somos extraños.
domingo, agosto 03, 2008
Au Carrefour
Entonces. Nada nuevo aún en tiempos ávidos de cambio y giros de tuerca.
Si acaso, que he sido despojada de mi espacio para el estudio, dado que ya no estudio más (sólo que por eso sea) y ahora he sido trasladada al espacio que corresponde a los que trabajan de 9 a 5, sea que eso implique dinero o no. Hasta el momento ciertamente no lo implica y eso comienza a provocar escozor en la piel, colapso muscular en el cuello, temblores en el ojo derecho y así.
Desde mi nuevo lugar en la casa sigo gozando de la vista privilegiada, sólo que ahora me cuesta un poco más porque tengo que girar la cabeza hacia la izquierda para contemplarla. Primera lección de mi vida fuera de la diáspora: por si lo había olvidado durante el posgrado, la vida cuesta y el paisaje es de quien lo trabaja y se esfuerza por voltear a verlo.
La cantidad de luz y aire aquí me resulta manejable, a diferencia de la abrumadora atmósfera de mi ya antiguo estudio (demasiado de todo). Tengo una ventana a la altura de mi nuevo escritorio; me queda prácticamente en la cara. Me siento más cerca de la calle y lo disfruto. Me recuerda un poco a mi estudio en GDL, en el último departamento, aunque ahí la sensación no era gustosa sino de una tristeza medio plácida, cómoda pero tristeza al fin.
Desde aquí veo sólo parte del balcón que antes dominaba la escena; ahora veo apenas una esquina sobre la que descansa un hueso de nectarina, uno de los proyectiles que T. utiliza en su cruzada contra los transeúntes escandalosos. (Esto es típico y entrañable en él. Recuerdo que una de las primeras veces que compartí pan y vino a su lado dijo sentirse identificado con el coronel Aureliano Buendía, el de todas las batallas perdidas).
En mi nuevo sitio, además, me puedo caer hacia la derecha y aterrizar en la cama, lo cual no está nada mal para alguien con nada que hacer.
Lo malo es que, por infortunios de la vida, yo no me sé estar sin hacer algo. No, no soy hiperactiva, con que tenga una sola cosa que hacer durante el día puedo decir que he sido productiva. Pero necesito algún propósito; cuando no lo tengo tiendo a convertirme en un bullyboy cualquiera por puro aburrimiento.
Lo que sí tengo que hacer, para no variar, es decidir. Noto con cierto desencanto que conforme envejezco las decisiones se me complican (yo, a saber porqué, suponía que sería al revés). Todas me parecen más relevantes, más arriesgadas en el peor de los sentidos (costos altos, ganancias dudosas). Aquella incertidumbre gozosa por el porvenir se me convierte en una mueca de seriedad porque las consecuencias ya no son sólo mías y no puedo poner pechos ajenos a aguantar hechos propios.
A veces, al menos.
En este caso, el camino se bifurca en escenarios interesantes pero contrapuestos. Por un lado, el proyecto que me seduce, que me acomoda y para el cual me siento capaz y necesaria. El personal involucrado me parece estimulante, relajado, dispuesto a pensar y pasarla bien en el intento. Pero, como todo lo bueno, el asunto dura poco e implica una serie de responsabilidades fiscales que no me animo a asumir todavía.
Por el otro lado, la institución con toda su estabilidad y sus prestaciones pero también con toda su estrechez. Para esto conozco el tema pero la agenda pública al respecto pinta complicada, vaga. Además, creo que no tengo habilidades “relacionales” del tipo que se necesitan en lugares de estos que, pues, presiento, me resultan menos cómodos (igual y no; chance y son mis meros moles).
Ahora que lo escribo y, sobre todo, que lo leo, la decisión parecería bastante clara (inclinarse por el primer escenario). Pero no. Nada de eso. Estoy en un momento que aún no sé si me corresponde, si llego tarde o temprano a él, pero el punto es que aquí estoy, con una situación parecida a una familia y responsabilidades económicas que, a saber cómo, comienzan a determinar(me) la ruta a seguir. Que ya soy adulta, pues.
Ah, pues entonces el segundo camino, ni pedo. Soy joven todavía (medio caguengue para ciertas cosas de hecho) y todavía tengo tiempo para cruzar fronteras, involucrarme y desinvolucrarme, hacer ahorros del erario (casi 30 años y puro saldo en rojo no puede ser) y planear cómodamente la incertidumbre venidera.
Pero tampoco es así nomás. Porque doña institución aún tiene cosas por decir y una de ellas puede ser que, a pesar de ser la mejor candidata de acuerdo con los criterios objetivos que ella mismo plantea, precisamente por eso se los puede pasar por donde quiera y decirme “pues fíjate que no”.
En lo que a mí respecta, hay dos opciones: hacer las dos cosas o ponerme seria un rato. La primera, me temo, no es viable para nadie. Esperar la segunda puede dejarme aullando como el perro de las dos tortas.
No lo sé. Tengo que resolverlo hoy y manifestarme mañana, a las 10 en punto.
Dormiré sobre el asunto. Ahora dejo este notable hallazgo de mi güeva dominical, una suerte de película que hizo Radiohead con las sesiones de estudio en las que grababan el portentoso In Rainbows. Rebueno, digo yo.
Si acaso, que he sido despojada de mi espacio para el estudio, dado que ya no estudio más (sólo que por eso sea) y ahora he sido trasladada al espacio que corresponde a los que trabajan de 9 a 5, sea que eso implique dinero o no. Hasta el momento ciertamente no lo implica y eso comienza a provocar escozor en la piel, colapso muscular en el cuello, temblores en el ojo derecho y así.
Desde mi nuevo lugar en la casa sigo gozando de la vista privilegiada, sólo que ahora me cuesta un poco más porque tengo que girar la cabeza hacia la izquierda para contemplarla. Primera lección de mi vida fuera de la diáspora: por si lo había olvidado durante el posgrado, la vida cuesta y el paisaje es de quien lo trabaja y se esfuerza por voltear a verlo.
La cantidad de luz y aire aquí me resulta manejable, a diferencia de la abrumadora atmósfera de mi ya antiguo estudio (demasiado de todo). Tengo una ventana a la altura de mi nuevo escritorio; me queda prácticamente en la cara. Me siento más cerca de la calle y lo disfruto. Me recuerda un poco a mi estudio en GDL, en el último departamento, aunque ahí la sensación no era gustosa sino de una tristeza medio plácida, cómoda pero tristeza al fin.
Desde aquí veo sólo parte del balcón que antes dominaba la escena; ahora veo apenas una esquina sobre la que descansa un hueso de nectarina, uno de los proyectiles que T. utiliza en su cruzada contra los transeúntes escandalosos. (Esto es típico y entrañable en él. Recuerdo que una de las primeras veces que compartí pan y vino a su lado dijo sentirse identificado con el coronel Aureliano Buendía, el de todas las batallas perdidas).
En mi nuevo sitio, además, me puedo caer hacia la derecha y aterrizar en la cama, lo cual no está nada mal para alguien con nada que hacer.
Lo malo es que, por infortunios de la vida, yo no me sé estar sin hacer algo. No, no soy hiperactiva, con que tenga una sola cosa que hacer durante el día puedo decir que he sido productiva. Pero necesito algún propósito; cuando no lo tengo tiendo a convertirme en un bullyboy cualquiera por puro aburrimiento.
Lo que sí tengo que hacer, para no variar, es decidir. Noto con cierto desencanto que conforme envejezco las decisiones se me complican (yo, a saber porqué, suponía que sería al revés). Todas me parecen más relevantes, más arriesgadas en el peor de los sentidos (costos altos, ganancias dudosas). Aquella incertidumbre gozosa por el porvenir se me convierte en una mueca de seriedad porque las consecuencias ya no son sólo mías y no puedo poner pechos ajenos a aguantar hechos propios.
A veces, al menos.
En este caso, el camino se bifurca en escenarios interesantes pero contrapuestos. Por un lado, el proyecto que me seduce, que me acomoda y para el cual me siento capaz y necesaria. El personal involucrado me parece estimulante, relajado, dispuesto a pensar y pasarla bien en el intento. Pero, como todo lo bueno, el asunto dura poco e implica una serie de responsabilidades fiscales que no me animo a asumir todavía.
Por el otro lado, la institución con toda su estabilidad y sus prestaciones pero también con toda su estrechez. Para esto conozco el tema pero la agenda pública al respecto pinta complicada, vaga. Además, creo que no tengo habilidades “relacionales” del tipo que se necesitan en lugares de estos que, pues, presiento, me resultan menos cómodos (igual y no; chance y son mis meros moles).
Ahora que lo escribo y, sobre todo, que lo leo, la decisión parecería bastante clara (inclinarse por el primer escenario). Pero no. Nada de eso. Estoy en un momento que aún no sé si me corresponde, si llego tarde o temprano a él, pero el punto es que aquí estoy, con una situación parecida a una familia y responsabilidades económicas que, a saber cómo, comienzan a determinar(me) la ruta a seguir. Que ya soy adulta, pues.
Ah, pues entonces el segundo camino, ni pedo. Soy joven todavía (medio caguengue para ciertas cosas de hecho) y todavía tengo tiempo para cruzar fronteras, involucrarme y desinvolucrarme, hacer ahorros del erario (casi 30 años y puro saldo en rojo no puede ser) y planear cómodamente la incertidumbre venidera.
Pero tampoco es así nomás. Porque doña institución aún tiene cosas por decir y una de ellas puede ser que, a pesar de ser la mejor candidata de acuerdo con los criterios objetivos que ella mismo plantea, precisamente por eso se los puede pasar por donde quiera y decirme “pues fíjate que no”.
En lo que a mí respecta, hay dos opciones: hacer las dos cosas o ponerme seria un rato. La primera, me temo, no es viable para nadie. Esperar la segunda puede dejarme aullando como el perro de las dos tortas.
No lo sé. Tengo que resolverlo hoy y manifestarme mañana, a las 10 en punto.
Dormiré sobre el asunto. Ahora dejo este notable hallazgo de mi güeva dominical, una suerte de película que hizo Radiohead con las sesiones de estudio en las que grababan el portentoso In Rainbows. Rebueno, digo yo.
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