lunes, julio 14, 2008

Sueño

Yo era, al parecer, un caso perdido, bien perdido. Lo sabía muy bien y eso me extraviaba aún más. Me movía de manera dudosa, escurridiza. Habría temblado si no tuviera tanto miedo de que eso llamara la atención. Nunca sabía bien a bien en dónde estaba, sólo que siempre había mujeres a mi alrededor, mujeres más bien masculinas, unas que me querían y otras que no. Mi tez era grisácea, fumaba sin parar, me confundía con el humo. A veces era muy delgada, otras muy gorda. Usaba todo el tiempo un uniforme azul que no sé si era de reclusa o de obrera porque no tengo idea de quién era yo ni a dónde pertenecía.

Hubo un conflicto, una pelea con una mujer, alguien de mi grupo de pares. Sangre de por medio. Sangres, la suya y la mía. No sé qué le hice, pero ella a mí me abrió el dedo índice derecho. La cicatriz –instantánea, como pueden ser las cosas sólo en los sueños- era muy linda: una línea recta, larga, blanquecina, profunda. Un adorno más que una herida. Me gustaba mucho.

En casa mis padres me reprendían. Ninguno de los dos eran tales; no conozco a ninguna de las dos personas que en el sueño pretendían haberme engendrado. Aunque no, porque ella no era mi madre sino la pareja de mi padre, una extranjera de pelo corto, canoso y grandes ojos azules que me reclamaba ser absolutamente imposible al tiempo que agradecía que yo no fuera su hija. Él se rendía, simplemente se rendía de mí y para ella. Estaban semidesnudos entre sábanas blancas y mientras él me decía que ya no podía conmigo, que mi actitud era desastrosa, que me tenían que dejar, se abrazaba a ella en actitud de recién nacido.

Yo lloraba, les suplicaba que no me dejaran. Que por favor no me dejaran. Que me iba a portar bien.

Fue inútil. Me dejaron.

miércoles, julio 02, 2008

El desvelo de los motivos

Siempre sentí un interés especial, casi morboso, escatológico, por los motivos de los demás, por sus razones para ser y estar como están y como son. Supongo que eso, más uno que otro malentendido, me llevó a la sociología. Ésta me prometió que aprendería a desentrañar el significado que la gente –ese gran resto- imprimía en sus acciones cotidianas y aun extraordinarias. En donde terminé por estudiar estos menesteres lo anterior se lograría, extrañamente, acotando, ordenando y esquematizando mi visión del mundo. Parecía que, lejos de desarrollar la imaginación (sociológica, en este caso), lo que tenía que hacer era estrechar los horizontes de posibilidades que yo de suyo imaginaba, para hacerlos cuadrar con diferentes modas de pensamiento.

Quizá deba explicarme. Yo siempre he recurrido a las conjeturas más inverosímiles para entender el mundo y sus asombros, en particular los que tienen que ver con las relaciones humanas. No hablo (sólo) de fantasía, sino de una apuesta instintiva, inmediata e infalible por la inconsistencia, la incongruencia y la negligencia, rasgos (todos) que reconozco desde siempre en mí y confirmo en los demás con la misma frecuencia con la que mi pie izquierdo se le adelanta al derecho cuando camino. La vida no es lineal y lo que interesa son las divergencias, casi nunca las coincidencias y mucho menos las causalidades. Sencillamente, las cosas no suelen ser lo que intento que sean y no tengo noticia de que a la gran mayoría le vaya mejor.

(Que de ningún modo se entienda que mis intentos son por que las cosas sean “buenas” ni que a cambio obtengo cosas “malas”. En múltiples ocasiones los resultados han sido favorables en un sentido lejano a lo moral. Asumo que lo mismo puede aplicar a otros. Es decir: los resultados pueden ser convenientes a pesar de nosotros mismos).

Cuando el mundo se lee en esta clave, lo relevante no es conocer el tipo de racionalidad que motiva una acción o la otra, o los términos del cálculo costo–beneficio antes y después de la “intervención” en “la realidad”. En mi teoría del mundo no tiene mucho sentido conocer dos puntos (de un lado los medios; del otro, allá, lejos, los fines) que generalmente no se unen. Lo que me importa es acompañar silenciosamente la travesía del que camina y mirar con deleite cómo se detiene dudoso en las desviaciones, cómo pierde la noción de los objetivos, cómo mutan las prioridades, los motivos y las pretensiones cuando, inesperadamente, se le aparece la posibilidad de, ay, hacer distinto.

Estoy consciente de que mi interés por los “procesos de la acción” me condena a lidiar con asuntos difícilmente asibles, pues mis aproximaciones cambian, forzosamente, con los titubeos y movimientos inesperados de “mis” sujetos. Frecuento entonces escenarios parecidos a las arenas movedizas de un desierto emocional. En estas circunstancias la mejor estrategia de sobrevivencia es, como se sabe, la inmovilidad, pues la pasividad ahorra energía, nos vuelve ligeros y evita el angustioso hundimiento.

Pensando en mí como sujeto de mi propio escrutinio, encuentro que, desafortunadamente, yo tiendo a reaccionar. No alcanzo aún ese estado de parálisis tan propio para el camuflaje. Pero, a partir de un evento, o mejor, de un proceso inesperado de intervención, he descubierto las posibilidades del hacer distinto, que en mi caso, equivalen al no hacer weberiano que es, finalmente, otra forma de hacer.

Recibir estímulos sin responderlos es una de las formas más desconcertantes de la acción social, uno de los escenarios más complejos para la revelación de cualquier misterio. Permanecer quieto en un mundo de movimientos acelerados contradice la lógica dominante y exaspera al paseante veloz y distraído de sí mismo. Donde la premisa es el “contragolpe”, la pasividad resulta una actitud profundamente amenazante (¿por qué, si no, se busca someter a alguien?, ¿porque nos parece inofensivo? No lo creo).

Cualquier observador medianamente avezado puede notar que el incumplimiento de las expectativas sociales en los encuentros más simples provoca desazón, incomodidad y una creciente desesperación. Dado que el código vigente exige que la agresión sea atendida con otra forma de violencia preferentemente superior, recibir sin responder –o, para ser empáticos con el agresor-, provocar sin alterar, produce en quien violenta un descontrol tal que termina por volverse vulnerable: sus movimientos se vuelven torpes, descuidados y sus golpes devienen pistas, guiños sobre sus intenciones, sobre el significado, explícito o no, que imprime a cada manotazo.

La desesperación huele a sudor; es fácil rastrearla, sobre todo cuando es rancia. De estos dos seres sumergidos en la arena, el único que se ha movido es el que tira los golpes y es, por lo tanto, el único al que el suelo espeso y granulado se le trepa por el cuerpo.

El otro saldrá de ahí, oh si, no impoluto pero sí completo. Quizá mayor.