Yo era, al parecer, un caso perdido, bien perdido. Lo sabía muy bien y eso me extraviaba aún más. Me movía de manera dudosa, escurridiza. Habría temblado si no tuviera tanto miedo de que eso llamara la atención. Nunca sabía bien a bien en dónde estaba, sólo que siempre había mujeres a mi alrededor, mujeres más bien masculinas, unas que me querían y otras que no. Mi tez era grisácea, fumaba sin parar, me confundía con el humo. A veces era muy delgada, otras muy gorda. Usaba todo el tiempo un uniforme azul que no sé si era de reclusa o de obrera porque no tengo idea de quién era yo ni a dónde pertenecía.
Hubo un conflicto, una pelea con una mujer, alguien de mi grupo de pares. Sangre de por medio. Sangres, la suya y la mía. No sé qué le hice, pero ella a mí me abrió el dedo índice derecho. La cicatriz –instantánea, como pueden ser las cosas sólo en los sueños- era muy linda: una línea recta, larga, blanquecina, profunda. Un adorno más que una herida. Me gustaba mucho.
En casa mis padres me reprendían. Ninguno de los dos eran tales; no conozco a ninguna de las dos personas que en el sueño pretendían haberme engendrado. Aunque no, porque ella no era mi madre sino la pareja de mi padre, una extranjera de pelo corto, canoso y grandes ojos azules que me reclamaba ser absolutamente imposible al tiempo que agradecía que yo no fuera su hija. Él se rendía, simplemente se rendía de mí y para ella. Estaban semidesnudos entre sábanas blancas y mientras él me decía que ya no podía conmigo, que mi actitud era desastrosa, que me tenían que dejar, se abrazaba a ella en actitud de recién nacido.
Yo lloraba, les suplicaba que no me dejaran. Que por favor no me dejaran. Que me iba a portar bien.
Fue inútil. Me dejaron.
Hubo un conflicto, una pelea con una mujer, alguien de mi grupo de pares. Sangre de por medio. Sangres, la suya y la mía. No sé qué le hice, pero ella a mí me abrió el dedo índice derecho. La cicatriz –instantánea, como pueden ser las cosas sólo en los sueños- era muy linda: una línea recta, larga, blanquecina, profunda. Un adorno más que una herida. Me gustaba mucho.
En casa mis padres me reprendían. Ninguno de los dos eran tales; no conozco a ninguna de las dos personas que en el sueño pretendían haberme engendrado. Aunque no, porque ella no era mi madre sino la pareja de mi padre, una extranjera de pelo corto, canoso y grandes ojos azules que me reclamaba ser absolutamente imposible al tiempo que agradecía que yo no fuera su hija. Él se rendía, simplemente se rendía de mí y para ella. Estaban semidesnudos entre sábanas blancas y mientras él me decía que ya no podía conmigo, que mi actitud era desastrosa, que me tenían que dejar, se abrazaba a ella en actitud de recién nacido.
Yo lloraba, les suplicaba que no me dejaran. Que por favor no me dejaran. Que me iba a portar bien.
Fue inútil. Me dejaron.