Aparentemente estoy muy dispuesta a evadir la escritura obligada (y por cierto, impostergable) de la tesis. No es que no escriba del todo, pero en los últimos dos días una idea, una sensación, me ataca cada dos o tres líneas (no es que sobrevenga muy seguido, es que dos o tres líneas me toman muchísimo tiempo).
Recuerdo, primero, porque puedo y, después, porque quizá los síntomas del envejecimiento son contagiosos y entonces en esta casa hay epidemia de evocaciones. El caso es que traigo una memoria entre ceja y ceja. Es un gusto: tengo un sabor, una mezcla de sabores atorada en el antojo.
Es un asunto bastante ordinario, tan cotidiano como un desayuno. Son huevos revueltos con chorizo, ambos en un punto de cocción con el que no he vuelto a dar. Pero también son frijoles refritos de un color deslavado y una textura a medio camino entre el caldo y la masa. Y además es queso fresco y salado que unos dedos reparten sobre aquellos. Hay una salsa de jitomate y chile asados, cocida, humeante todavía, molida en molcajete, en la que aún se pueden sentir unos granos groseros de sal. Las tortillas van muy calientes, doradas pero flexibles, sin quemarse pero con un tenue sabor a humo. Y rociando todo, café negro, un tanto aguado.
El asunto es que no recuerdo bien dónde he comido un desayuno así, tal cual. Y eso me molesta. Es decir, he vuelto a desayunar (incluso comer o cenar) huevos con chorizo, frijoles, queso, salsa, tortillas y café regular, pero nunca más así. Y es una joda. Porque se me antoja muchísimo. Pero tiene que ser todo idéntico porque lo que recuerdo con más claridad no es precisamente el sabor de cada guiso sino la combinación de todo. Más aún, lo que recuerdo no es el sabor de un bocado en la boca, sino el gusto que deja al pasarlo con café para que el picor de la salsa se aliviane.
La sensación, el gusto, es viejo, de muy, muy niña, menos de cinco tal vez. Y cuando una era así vagaba por varias casas y desayunaba en algunas de ellas. Pero en pocas, muy pocas, le acercaban a una la salsa de a de veras y el café negro.
En todavía menos lugares había tantas mujeres como las que recuerdo, algunas fumando mientras el resto desayunábamos (no es queja sino posible explicación de mis vicios), todas siempre en la cocina, por donde los pocos hombres que había sólo pasaban a despedirse para ir a nunca supe dónde.
Pero sólo en una casa había una boca de labios muy delgados y piel amoratada que parecía muy delicada, con una lengua sospechosamente rosada y dientes pequeños, capaces de morder su tortilla por trozos diminutos como para hacer que le durara siempre. Luego, cuando ya todas habíamos terminado el desayuno, el café se renovaba (el mío incluido) y los dedos de esa boca recogían en una servilleta las infaltables migajas del mantel, presionando precisa y suavemente sobre ellas, una por una, como para hacer que duraran siempre.
El resto de las mujeres hablaba y fumaba y hablaba más. No sé porqué yo seguía ahí. Quizá para seguir viendo los dedos silenciosos que me hipnotizaban y la boca que nunca dejaba de sonreírme.
Sólo en una casa yo era tan parecida a los demás.
Tanto como para no volver cuando crecí. Tanto como para que ahora sufra antojos.
Tal vez sí fue ahí. Y entonces sí ya no hay remedio.
Recuerdo, primero, porque puedo y, después, porque quizá los síntomas del envejecimiento son contagiosos y entonces en esta casa hay epidemia de evocaciones. El caso es que traigo una memoria entre ceja y ceja. Es un gusto: tengo un sabor, una mezcla de sabores atorada en el antojo.
Es un asunto bastante ordinario, tan cotidiano como un desayuno. Son huevos revueltos con chorizo, ambos en un punto de cocción con el que no he vuelto a dar. Pero también son frijoles refritos de un color deslavado y una textura a medio camino entre el caldo y la masa. Y además es queso fresco y salado que unos dedos reparten sobre aquellos. Hay una salsa de jitomate y chile asados, cocida, humeante todavía, molida en molcajete, en la que aún se pueden sentir unos granos groseros de sal. Las tortillas van muy calientes, doradas pero flexibles, sin quemarse pero con un tenue sabor a humo. Y rociando todo, café negro, un tanto aguado.
El asunto es que no recuerdo bien dónde he comido un desayuno así, tal cual. Y eso me molesta. Es decir, he vuelto a desayunar (incluso comer o cenar) huevos con chorizo, frijoles, queso, salsa, tortillas y café regular, pero nunca más así. Y es una joda. Porque se me antoja muchísimo. Pero tiene que ser todo idéntico porque lo que recuerdo con más claridad no es precisamente el sabor de cada guiso sino la combinación de todo. Más aún, lo que recuerdo no es el sabor de un bocado en la boca, sino el gusto que deja al pasarlo con café para que el picor de la salsa se aliviane.
La sensación, el gusto, es viejo, de muy, muy niña, menos de cinco tal vez. Y cuando una era así vagaba por varias casas y desayunaba en algunas de ellas. Pero en pocas, muy pocas, le acercaban a una la salsa de a de veras y el café negro.
En todavía menos lugares había tantas mujeres como las que recuerdo, algunas fumando mientras el resto desayunábamos (no es queja sino posible explicación de mis vicios), todas siempre en la cocina, por donde los pocos hombres que había sólo pasaban a despedirse para ir a nunca supe dónde.
Pero sólo en una casa había una boca de labios muy delgados y piel amoratada que parecía muy delicada, con una lengua sospechosamente rosada y dientes pequeños, capaces de morder su tortilla por trozos diminutos como para hacer que le durara siempre. Luego, cuando ya todas habíamos terminado el desayuno, el café se renovaba (el mío incluido) y los dedos de esa boca recogían en una servilleta las infaltables migajas del mantel, presionando precisa y suavemente sobre ellas, una por una, como para hacer que duraran siempre.
El resto de las mujeres hablaba y fumaba y hablaba más. No sé porqué yo seguía ahí. Quizá para seguir viendo los dedos silenciosos que me hipnotizaban y la boca que nunca dejaba de sonreírme.
Sólo en una casa yo era tan parecida a los demás.
Tanto como para no volver cuando crecí. Tanto como para que ahora sufra antojos.
Tal vez sí fue ahí. Y entonces sí ya no hay remedio.