A pesar de que, sin duda, las disfruto, nunca he tenido buena mano para las plantas. Aunque crecí en casas con rincones casi selváticos y observaba día a día a la abuela o a la madre aprovechando cada milímetro de espacio para hacer crecer algo en ellos, una vez que inicié la vida por mi lado las plantas desaparecieron por completo. Sencillamente no tengo el temple, la disposición ni -qué caray- el talento para cuidarlas.
Alguna vez regalé plantas. Todas cumplieron su ciclo. Una en particular nunca debió ser. Era un bonsai que sobrevivió poco tiempo. Con todo y que es un arte ancestral, ahora que lo pienso de nuevo, es un muy mal regalo. Para que un bonsai sea tal, para que adquiera todas las características de un majestuoso árbol -incluso tal vez sus frutos- en una maceta de 20 x 20cms., es necesario cortar sus raíces, mutilarlo, forzarlo para que sea como un niño mártir. Un terrible regalo, de un simbolismo funesto.
Por eso ahora que decido hacer mi aportación -en buena parte sugerida, lo sé- a la vida que hay en este hogar, lo hago con un helecho, una planta que crece, que se desparrama voluntariosa, que explora, que se mueve. El simbolismo aquí podría ser el de las cosas que buscan su espacio y se acomodan por su propio peso.



