sábado, diciembre 29, 2007

Viajar ligero

Después de una de esas “conversaciones” “reveladoras” llegué a una conclusión que me tendría bastante satisfecha si no fuese porque está incompleta.

La idea es simple: propongo que, rondando ciertas edades, uno debe abandonar la búsqueda de ese “talento único” que lo distinguirá por siempre. Uno debería acostumbrarse en algún momento a no ser, ni tener ni hacer nada especial.

Todo comenzó cuando se me ocurrió acompañar el after drama con un disco de Tori Amos. Sin entusiasmarme demasiado, la mujer logra conmoverme de vez en vez. Escuchándola en estado de atención flotante, recordé haber leído en algún lugar que en el inicio de su carrera, después de un concierto en un bar, un “admirador” verdaderamente ferviente la violó. A pesar de ello –o gracias a ello, vaya uno a saber- la mujer siguió creando, transformando mierda en maravilla.

Seguramente ahí fue donde comencé a pensar en los “talentos”, en su potencial terapéutico, en su formidable poder para lograr que toda una vida gire y se construya alrededor de ellos e, inevitablemente, en mi absoluta carencia de ellos.

Pensé en lo fáciles que serían las cosas si yo contara con un talento que canalizara mis peores intenciones, que hiciera las veces de interlocutor. Un talento que me evitara la pena, que me prestara atención, que me desviara del reclamo y me permitiera solucionarlo y devolverle al mundo una creación. Un talento que me enfrentara sólo conmigo y me dejara calmita.

No sé, tal vez componer una sinfonía después de una frustración o romper algún récord deportivo cada vez que algo me moleste. Escribir un poemario para evitar una discusión, hacerle una coreografía a la ofensa, construir una elaborada composición fotográfica a cada uno de mis caprichos o pintar un lienzo cuando la indignación me encuentre. Qué se yo.

Pero no. No lo tengo. Ni lo hice ni lo nací.

La evocación materna era inminente a estas alturas. En particular aquella escena de las escaleras que nunca termina de repetirse, ya sea conmigo arriba, abajo o con mi madre mutando en alguien más (parejas, pares, profesores, jefes, el peatón o comensal de al lado).

En aquella estampa se me reprochaba mi falta de talento y mi nula disposición –en todos mis diez años- para inventarme alguno. Se discutió mi apariencia, mi silencio, mi pasividad y mi resignación precoz. Se reclamaba mi distanciamiento sistemático de casi cualquier situación doméstica y mi constante y a todas luces injustificado mal humor.

Mi mayor virtud era cumplir con algún decoro en aquellos asuntos que parecían ineludibles en mi vida de entonces, pero nunca iba un paso más allá. La curiosidad fue un germen que se desarrolló de manera tardía en mí, casi al mismo tiempo que una tímida desobediencia que fue controlada a las primeras señales, cuando mamá se dio cuenta de que tampoco quería tanta iniciativa.

En todo caso, lo que he acumulado son méritos que me han venido bien en un mundo, a final de cuentas, meritocrático. Mi proceso –extravagante ya de tan ordinario que es- ha sido observar, emular y aprender, con una buena dosis de obediencia que lo corta transversalmente. Obediencia, ni siquiera disciplina. Pero talento, lo que se dice talento, nada.

Y así crecí, talentedless y encabronada.

Como parece que sigo siendo y estando, como se me recriminó de nuevo con “siempres” y “nuncas” incluidos.

Así, con esa sentencia y una Amos que me gustaba cada vez menos de fondo, cerré el círculo intro y retrospectivo, uno de tantos. Comencé y terminé en la discusión de rutina, di la vuelta completa: la serpiente se mordió la cola… otra vez.

En otro momento y en otro lugar, en un sillón diferente a donde escribo ahora, esto supondría un gran avance. Porque existen lugares en los que el descubrimiento de un patrón nocivo es un hallazgo feliz, precisamente porque permite la posibilidad de romperlo.

Aquí y ahora, en cambio, da más o menos lo mismo. En estas (mis) circunstancias de inercia y vorágine, de anestesiada y complaciente destrucción que he dado en llamar futuro, identificar el vicio y el perjuicio es como abrir el refrigerador, encontrar una cabeza humana dentro y moverla para sacar el queso que está detrás de ella. Así de insólitamente anodino.

Y a pesar de mi ausencia de talento, de mi falta de peculiaridad y de la vulgaridad de mis vicios, tengo el tiempo y el cinismo suficientes para ser intolerante, para tener un anticredo.

Y dice... No soporto a los poetas con faltas de ortografía. No creo en el sufrimiento existencial de quien no tiene un mínimo de coherencia en la redacción. Sospecho de los artistas, los revolucionarios y mi padre. Desconfío sistemáticamente de la buena onda y el underground. Me alejan los halagos instantáneos y las promesas de solidaridad incondicional. No creo en quien dice no necesitar más, ni en quien se siente “transformado” tras una experiencia “vital”. Las risas me provocan suspicacia y desprecio inmediatamente la soberbia de quien señala lo mediocre. Me irritan las personalidades “oscuras” que en realidad son opacas. Aunque también me disgusta el atletismo intelectual de la academia institucional, los intelectuales de la corazonada que entrenan en un blog y desdeñan la formalidad, me parecen dispensables.

Entonces, talentedless, encabronada y cínica.

Por eso, ante tanta jodidez, me permití insinuar en la penumbra ya silenciosa (el disco había terminado) apenas un esbozo de tesis que reivindicara el valor de lo silvestre. Sencillamente habemos personas que nos sentimos cómodas en el corredor, justo porque nacimos para macetas. ¡Y merecemos ser felices, carajo!

Y esta sugerencia se vuelve exigencia cuando se descubre que inevitablemente hemos afectado el entorno, muy a pesar de nuestra nimiedad. Es imposible no pensar en dónde, cómo o quién estaría el otro si se hubiera permitido la posibilidad de aliarse con una persona talentosa. Cómo se vería, qué le gustaría, qué conocería del mundo de no ser por nosotros. ¿Sería feliz?, ¿nos recordaría? Tal vez se preguntaría cómo habrían sido las cosas de habernos elegido. Y bueno, pues ya lo saben: la respuesta más cara del mundo.

Es importante, entonces, ser capaces de desvelarnos en toda nuestra simpleza y futilidad. Es un deber moral advertir que somos superficie, que no sirve cavar. Ya alguien sabrá apreciar nuestra transparencia y linealidad.

Hasta aquí todo iba bien, pero incompleto. Honestamente no sé qué hacer una vez que renuncie a la búsqueda de ese algo que redima mi naturaleza banal. Lo primero que pensé fue pedir disculpas, pero ya llevo años demostrando que eso no significa nada. Así que, siendo franca, sólo se me ocurre desaparecer.

No, no así. Desaparecer con sobriedad; la muerte es demasiado escandalosa, un acto de vanidad total. Desaparecer seria, maduramente, es decir, diluirse un poco en el pan de todos los días, dejarse olvidar. Si no se quiere cambiar el nombre y la dirección postal, por lo menos habrá que dedicarse con devoción a la cotidianidad, abrazar con fruición la intrascendencia y erradicar cualquier afán de posteridad. Por supuesto, es necesario negar la más mínima posibilidad de reproducción biológica: ya es suficiente ser un fin como para además ser un medio.

Es más una desaparición por dentro que por fuera. Gran parte de este enojo atemporal que me persigue podría deberse no a mi falta de talento, sino a mi insistencia por encontrarlo. Mi hipótesis es que vaciarme de aspiraciones equivaldrá a despojarme de resistencias y fluir así será mucho más suave y sereno.

Desaparecer es renunciar. Y no se me ocurre un mejor destino.

Renuncio, pues, a la posibilidad del talento. A mis 28, me conmino a hacerlo.

miércoles, diciembre 05, 2007

máxima muy mínima

Love has never been about freedom.

And yet, that's all it is about.


P.
Un par de mujeres conversan en la mesa de al lado mientras engullen sendos chilaquiles verdes. Una de ellas se queja sobre su hijo: hace tiempo que terminó la licenciatura y no ha hecho nada por titularse. Como si se tratara de un mocosete de secundaria, la madre no le permitiría "andar ai' nomás de vago" (como si tener el título nos eximiera de toda vaguedad, ja! La pobre...).

La otra opina:

-Pero si ahora ya hay muchas facilidades (cual ganga en Elektra). ¡Que haga una maestría! ¡Ya con eso se titula de (sic) la licenciatura!

Hacer una maestría para titularse en la universidad...

Definitivamente, soy de otra generación. Generación "pre-eficiencia terminal".