I
Todos tenemos algo de enterradores, de tumba.
II
Los huecos se construyen de adentro hacia afuera.
III
Algunos cavan agujeros profundos, esforzados, sufridos, donde puedan ir a meterse cada tanto, siempre con la incertidumbre -incluso personal- de si volverán a salir. De manera aún desconocida, una vez adentro, logran que toda la tierra que hubo de sacarse para que el agujero fuese tal, regrese a su sitio pero ahora sobre ellos. Se sospecha que tienen cómplices pero no se tiene la certeza, pues a nadie le gusta reconocer que su oficio es echar tierra.
IV
Otros cavan agujeros de menor profundidad y más gozo, al menos para ellos. Una vez alcanzada la proporción de vacío deseada, salen de la tierra para simular un piso sobre el despeñadero, ya sea con hojas, alfombras voladoras o gestos como un hombro para llorar, una mano para caminar, una sonrisa, un beso: casi todo sirve para tapar la maldad subyacente. El paseante accede, da el paso fatal y el suelo se abre debajo suyo. En cuanto la persona -evitemos llamarle víctima; de algún modo se lo ganó- desaparece en trayectoria vertical, la mano se retrae, el beso se esfuma. La sonrisa permanece, esta vez franca.
V
Lo mío es cavar hoyos de profundidad mediocre. Una vez terminada la faena, salgo de él y lo dejo reposar una noche (capaz que crece). Vuelvo al día siguiente, lo observo, lo rodeo, lo evalúo. Cuando considero que todo está en orden, me arrojo a él y espero a que alguien me saque.
VI
Cuando no soy enterradora, ayudo a echar tierra o caigo en los hoyos de otros.
VII
Cada quien su hoyo.