No estoy segura de cómo funcione la memoria olfativa. Ni sé por qué es tan carprichosa. Estoy en mi estudio, vista puesta intermitentemente entre el monitor y el Ajusco. El día es fresco e incluso hay un poco de neblina en el horizonte cercano. Ya no me extraña que la primavera en el Distrito se permita estos deslices.
M. llama, me cuenta su escenario de cabaña, bosque y bruma; sugiere que lo conozcamos juntos algún día. Por mi cuenta va la imagen de maderas, terracotas y verdes opacos, tierra oscura, piedra y agua; la sensación de frescura casi fría, el sopor dentro de un suéter de lanas cálidas. El café y el pan. La contemplación serena y prolongada de lo que parece estático pero en realidad se encuentra en movimiento perpetuo. El abrazo, el tinto y el abrazo.
Colgamos. Regreso al estudio, al trabajo y al ventanal. Estoy medianamente concentrada en lo que hago, lo suficiente para no dejar que el ruido de las escuelas me moleste, aunque al mismo tiempo atienda la programación del radio y espere la señal de la cafetera. Estoy, podría decirse, en un estado de percepción selectiva. De pronto aparece un penetrante olor a leña quemándose. Así, aparece, como lo que no estaba y de repente está. He tenido que salir al balcón para buscarlo, pero en cuanto salgo se esfuma. Entro de nuevo a la habitación y se ha ido. Me siento ante la computadora, cierro los ojos irritados un momento, descanso sobre el respaldo de la silla. Ahí está de nuevo.
Nunca supe distinguir entre los olores de distintas maderas al fuego, pero éste es un olor entre picoso y dulce, lo que me hace asociarlo con una madera rojiza, canela. Casi se puede sentir que en vez de olerlo se mastica, que se impregna hasta en el paladar.
Huele a San Cristóbal, a Tatahuicapan, a Cherán, a Coacotla. A Bartola y mi Caori, a Victoria y Guadalupe, a Hortensia, a Manuela encorvada en la puerta de su casa vendiendo pensamientos. Mujeres leña, ajadas, tiznadas, con los ojos permanentemente entrecerrados y con cataratas por el humo. Mujeres generosas y a la vez oscuras que nos alimentaban con maíz, frijol y chile. Huele a conversación, tal vez a mentira. Huele a nosotros frente al fuego, aprendiendo a comer de él.
Es el olor de mi incursión en el mundo de otros, en el oficio. También es el olor de mi ingratitud; quizá así huela el tamaño de mi indiferencia: llegué, pedí, recibí y me fui. Y eso ya no es sólo un humor, sino un sabor que se va volviendo más insistente con el tiempo. No supe y no sé cómo y qué hacer. Con todo lo que sé y lo que me falta por saber, con todo el poder que aún no tengo, no sé qué hacer.
Huele a camino.