sábado, marzo 24, 2007

Felices vacaciones a mi tlacoyo!!!

P.

martes, marzo 20, 2007


-¿Te acuerdas?
-Sí... me acuerdo...
-Lo dices como si hubieras cambiado de sentimientos...
"Ella no me conoce" en La Última Noche del Mundo de Austin TV

domingo, marzo 18, 2007

31 Minutos - Teletón 2003

Científicos sociales del mundo! Recomiendo ampliamente el video de Joe Pino...

Otra tontería

Antes de ponerme a estudiar y hacerme cargo de mi vida adulta, debo confesar algo que me avergüenza un poco, nomás tantito. Será que es domingo y este día es como "universalmente infantil". La cosa es que, quizás como consecuencia de una niñez feliz y estimulante, disfruto muchísimo de los asuntos infantiles y sus manifestaciones culturales. Ni siquiera voy a mencionar a qué no me refiero porque las alusiones se antojan infinitas y no valen la pena. De algún modo, me sigo sientiendo estimulada e invitada cuando encuentro productos infantiles que considero de calidad, sea literatura, música, televisión, cine, juguetes, materiales. (Creo que el teatro en menor medida porque mi mamá me saturó de eso cuando era pequeña, aunque un buen guiñol me sigue sacando carcajadas. Nunca soporté los circos: me dan miedo los payasos y no tolero imaginar cómo son tratados los pobres animales).

Tengo recuerdos vívidos de los juguetes tipo "montessori" que mi mamá me compraba cuando era chica, antes de que todo lo montessori la decepcionara cuando descubrió que en el kinder querían inhibir mi tendencia siniestra y me amarraban la mano izquierda a la silla en cuanto di señales de ser zurda. Wow... ese día... Mi madre subió cinco peldaños en el inalcanzable pedestal en el que siempre ha estado. Era una pantera furiosa. Increpó a todo el mundo y salimos de ahí fúricas y triunfantes, yo todavía con la silla pegada a mí, hasta que mamá salió del transe y me liberó. Buenísimo.

Tenía un juego de lotería "de profesiones"; se llamaba Combi Lotto. Era suizo, de una marca impronunciable. En vez de cantar a la jarana, al borracho y al apache, iba aprendiendo a distinguir a una profesora de una azafata, a un lechero de un cartero. Identificaba perfecto a la bibliotecaria pero me costaba mucho trabajo pronunciarla. Tenía también un juego, "Quips", que consistía en tirar dos dados: uno con colores en sus caras y otro con números, normal. Cada tirada indicaba cuántas fichas de qué color debían tomarse para con ellas llenar unas láminas con diferentes ilustraciones que tenían pequeños orificios que debían ser llenados con las fichas de colores correspondientes. Ganaba quien consiguiera llenar su tabla primero. Cuando presentía que no iba a ganar, igual que con las damas chinas que jugaba con la abuela, optaba por dan un manazo sobre las tablas y hacer volar las fichas o canicas. Era muy divertido pero resultaba obvio que tendría problemas a futuro para tolerar la frustración.

Tenía mecanos, muchos juguetes de madera, rompecabezas loquísimos, libros y más libros, plastilinas, pinturas. Colecciones enteras de música y cuentos audibles. Llenaba un baúl grande de mimbre con todos mis tesoros. Lo vaciaba entero todos los días, usaba la tercera parte y, de ésta, recogía sólo la mitad cuando me lo pedían. Uno de mis tíos, entonces diseñador, me construyó un hermoso restirador de madera para que lo dejara trabajar en paz en el suyo. Lo utilicé hasta tener un tamaño ridículo que no me permitía hacer nada en la mesita. Desde entonces, viendo trabajar a diseñadores y arquitectos, tengo una fascinación especial por los colores: de madera, plumones, crayolas, pasteles, pinturas. Hubo un momento de mi vida, tardío por lo demás, en el que comencé a comprar todos esos artefactos con el único fin de coleccionarlos sin usarlos jamás para que no se deterioraran. El perfecto acomodo de los objetos de acuerdo a la gama de colores me encanta porque me da esa sensación de orden. Pero lo que de verdad me fascina es olerlos. Dicen que en algún momento llevé la experiencia más allá y me comía los crayones.

Ahora no tengo mucha idea de dónde han quedado tantas cosas. Mis hermanos no las tienen; nunca las tuvieron. No sé. Me da un poco de pena. Eran cosas de verdad muy lindas y sólo pensarlas me transporta a espacios, sabores, sonidos y presencias que entonces eran indispensables, y aunque ahora algunas se hayan convertido en relaciones insostenibles, resulta más reconfortante que incómodo recordarlas.

No resulta curioso, creo, que entonces no me gusten los niños, por lo menos no la mayoría de ellos. La cosa es que supongo que más que proteger y orientar, me daría por retozar y, quizás, competir. En mí esto de "ponerse en el lugar de los niños" tomaría dimensiones insospechadas. Pero por otro lado pienso que sería una mamá muy estimulante. Sería buena en esto de criar personitas especiales que se sientan a la larga tan fuera de lugar como yo, corrigiendo un poco la fórmula para que ellas o ellos completaran el círculo y, en efecto, buscaran y encontraran su sitio.

Y me parece que la mejor manera de empezar es por lo políticamente incorrecto. Con el tiempo va adquiriendo más fuerza esta corriente pedagógica, nada institucional, que reconoce el desorden, la distracción, el enojo, la frustración, el interés escatológico, la perversión normal de la infancia. Porque ser niño de repente también está jodido, y hay que decirlo de algún modo. Es necesario aprender a leer el mundo en toda su complejidad, y los niños son perfectamente capaces de hacerlo sin mimos ni balbuceos idiotas. Y no todo tiene que ser "educativo", constructivo y formativo. En el mundo hay porquería y tonterías, muchas!! demasiadas!!! Y algunas de ellas son hilarantes. Otra no, pero igual deben hacerse visibles.

Por eso me encanta Luis Pescetti (psicólogo, escritor, músico y ser humano excepcional argentino), el Diván de Valentina (programa mexicano) y, lo que presento ahora, 31 minutos, un noticiario chileno, hecho por peluches absolutamente rústicos, casi primitivos. Cantan y bailan odas a la caca, hacen reportajes "verdes" bastante duros pero absolutamente manejables para los niños; critican casi todo de una manera sumamente inteligente, ácida hasta la corrosión, y a la vez aleccionadora pero sin toda la nauseabunda carga moralina que caracteriza a la cultura infantil. Excelente.

Dejo entonces dos momentos que me arrancaron carcajadas que, según algunos, ya no me corresponden. Me vale. Si algo aprendo de este goce mío con las cosas simples pero inteligentes es que no todo está perdido.

P.

Objeción Denegada

viernes, marzo 16, 2007

The Fountain

The Fountain, Darren Aronofksy. 2006

Se decía que la muerte es el camino del asombro. Se dijo en maya, en inglés y en silencio.
Él se llamaba Tomás y se apellidaba Creo, el Dr. Creo, que no podía haber sido más que un científico aferrado, en efecto, a lo que creía. Ella, Izzi Creo, que no pude evitar pensar como "y si creo..." o "y sí creo". De cualquiera de las dos formas queda manifiesta la voluntad para concretar una posibilidad: creer. Que parece nada, pero a veces es todo. Y viceversa. El árbol de la vida escurre semen. Él, que era también él y además él, lo bebió y de su vientre surgió vida. Fue hombre y mujer a la vez. Finalmente, murió para estar vivo.
M. dijo que se trataba de una película budista. Algunas referencias me parecieron obvias; otras, que seguramente él sí pudo pescar, no tanto. A mí me pareció, sencillamente, una historia -o varias- sabia. Tanto que por momentos parecía insoportable. Eso: era insoportablemente hermosa.
Y creo que eso han sido para mí las películas que he visto de Aronofsky. Pi, Réquiem por un sueño, llegan a ser, cada una en su contexto y propósito, insostenibles. La angustia, la obsesión, la distorsión de la realidad que no es otra cosa que la verdadera realidad. Y la magia del director es justo ésa, que contra todo pronóstico, sostiene lo insostenible y, de algún modo, lo vuelve hermoso. Así sea dolor, así sea muerte, así sea destrucción. Porque todo eso es, a la postre, además de asombroso, verdadero.
Acabo de leer que la crítica ha sido "dura" con él y La fuente. No entiendo si mi placer es barato o los críticos demasiado cínicos. Recién veo su foto. Nada espectacular; más bien ordinario. No lo imagino fraguando los transes con los que me deleita. Me deja muy inquieta, con impresiones muy claras en la memoria, fotogramas perdurables.
P.

lunes, marzo 12, 2007

El clima en el D.F. ha estado de lo más extraño y no puedo tomarlo más que como un anticipo del calorón que vendrá en los próximos meses. Desde nuestro cubil la ciudad se ve más o menos así.

Con nubes, agua, viento y todo. Me tardé un poco en distiguir si se trataba del anuncio de la tormenta o de una contaminación encabronada. Resultó ser lo primero, o bien, una combinación de ambas cosas. Un clima totalmente opuesto al que las pocas letras que sé de GDL (básicamente me comunico en letras con la vida allá) me dicen que prevalece en esos lares: calor seco, harto, de embotellamiento a las dos de la tarde sobre mariano otero, a la altura de plaza del sol.

[Un flashazo: el camino a casa de regreso desde la universidad cuando volvía todos los días sola. Entre las siete u ocho de la noche, con el radio o algún cassette (todavía se escribe así?, o ya de plano caset?). Rumiando, siempre rumiando. Anticipaba el atascón a esa altura desde que bajaba el puente que cruzaba Lázaro Cárdenas, a la altura del Parque de las Estrellas. Cuando de plano la cosa era imposible, el atoradero empezaba desde la Expo. Y yo rumiando. Siempre rumiando. Entonces el pasado inmediato pesaba mucho más que las posibilidades futuras, las que curiosamente se van concretando ahora. De algún modo, rumiando, yo lograba concretar mi pasado, aunque pareciera todo lo contrario].

Es posible que mi mamá viaje a Canadá durante las vacaciones. Nada me daría más gusto. Que deje todo por un tiempo al menos, que permita que alguien más se haga cargo. No podré ser yo en este caso y he de confesar que me pone un poco nerviosa. Mi hermana tiene 15 y mi hermano casi 21. Se quedarían a cargo de tres perros, dos pericos australianos y una coralillo pirata. Digamos que es muy probable que los perros terminen haciendo el quehacer.

[Canadá. No he hablado con ella así que no sé a qué parte viajaría, pero presiento que optaría por la francesa; tiene una francofilia medio especial y no sé porqué supone que toda esta onda cosmopolita y diversa, de respeto, pluralidad e intercambio se da en ese lado del país. ¿Será el imaginario itinerante que el Cirque du Soleil deja a su paso por donde se presenta? Canadá... Es un lugar curioso, though; una referencia extraña en su vida. Canadá le atrae muchísimo, igual que una canadiense atrajo tanto a mi papá en aquel entonces. Curiosamente, nadie la odiamos, como cualquiera con un poquito de cultura de telenovela mexicana supone que se podría odiar a "la otra". El recuerdo que yo tengo de Elena es de lo mejor; una tipa bien estimulante, nada sorprendente físicamente hablando, pero vigorosa, inteligente. Por algo se regresó a Canadá y mandó mucho a la chingada toda su experiencia mexicana. Bueno, no sé si toda. A él sí.]

Hay días que no dan mas que para pensar qué ponerse; otros son un poco más entusiastas y me despiertan el apetito (yo como rico y mucho cuando estoy contenta). El summum viene cuando soy capaz de pensar en la tesis y no se diga más cuando me pongo maternal.

No extraño nada, de verdad que no. Y qué malo a veces, porque tiendo a reproducir el desapego que luego, invariablemente, me lastima. Pero qué bien por otras, las más, porque me ocupo en mis días y voy rumiando, siempre rumiando, lo que podría venir, bueno o malo, caluroso o nublado.

Qué será del pasado? A quién se habrá ido a molestar?

P.

domingo, marzo 04, 2007

Me gustan los círculos de café sobre el papel.
Dejé uno sobre una tarea vieja sin darme cuenta. Quedó el rastro difuso, incompleto, seco y amarillento. Deformó la hoja ligeramente al secarse. Después de verlo por algún tiempo me di cuenta de que me recordaban a mi papá, a su compulsión por beber café, a su estudio lleno de planos arrumbados con cículos de café por todos lados. Hojas y hojas de papel mantequilla endurecidas por los rastros de acuarelas, tintas chinas y café. A lo mejor exagero el recuerdo; no tuve tiempo de observalos demasiado como para precisarlo.
Al verlo un poco más me detuve en la mancha sobrepuesta a mi letra a lápiz y me encontré entonces con una imagen aún más familiar que me recordaba... a mí. Esto ya me había pasado antes. En otro espacio, a kilómetros de aquí, donde me pasaron muchas cosas y manchas que todavía no me ocurren aquí. Es posible que las vaya recuperando poco a poco. No me gustaría. Vine a otra cosa.
Es extraño, pero parece que conforme se envejece uno se va volviendo autorreferencial. Acumula más recuerdos, va a aprendiendo o desaprendiendo de sí mismo. Como un círculo. El café ya no es (sólo) mi papá; soy (también) yo. Igual que el cigarro, igual que el sexo. Igual que la calle, igual que el ruido absurdo y después el silencio.
Seguí viendo el semicírculo sobre el papel. Se traspasó a la hoja siguiente y a la siguiente diluyéndose cada vez más, dejando círculos menos acabados. El líquido corrió un poco el trazo del grafito en la primera cuartilla. Eso me gusta todavía más. Curiosamente, desdibujó la palabra "morfología".
P.

jueves, marzo 01, 2007

Limbo

La escuelita se me enreda entre los dedos. Se vuelve un asunto pegajoso, incómodo. Amaso una maraña de frustraciones que tiende a crecer. Siento que aposté mal, que estoy en el lugar equivocado y que más me habría valido, en su momento, jugármela en otra parte. Mi intolerancia hacia lo que siempre ha sido molesto se agudiza, al mismo tiempo que aparecen nuevas comezones. Me pongo entre berrinchuda y violenta. Tengo ganas de ir en contra nomás por joder. Todo me parece tan falto de razón de ser, tan arbitrario.
Lo que pasó ahora me dejó, después del enojo, una tristeza extraña. Durante el seminario, de tanto en tanto, repetía la escena con ella: el tono de su voz, la mirada escurridiza, su agresión, mi transparencia. Me enoja que se me note tanto cuando me desconcierto. Me parece un signo de notoria debilidad, de la inseguridad que el mundo indudablemente me genera, devolviéndome siempre a mi posición subordinada.
Hoy se perdió un poco de sentido. Hoy me quise poner radical y decir que si esto no mejora el próximo trimestre, me largo. No es la presión, no es que sea demasiado, no es que sea complicado. Podría con esto y mucho más si me sintiera verdaderamente estimulada. Es precisamente por su fragilidad, por la porosidad de la estructura del programa, que estoy harta, que no le encuentro rumbo. Me topo todos los días con "profes" que aparentan estar igual o más incómodos que yo con la obligación de pararse al frente y pasar por sesiones tortuosas de silencio o pendejadas. Honrosas excepciones, claro. Muy pocas, de cualquier modo. Escucho quejas, quejas y más quejas a diario. Resoplidos, mentadas de madre, miradas, risitas, cuchicheos.
No dejo nada, no me llevo nada.
Voy de más a menos.
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Terminé el libro de Vila-Matas y comencé con uno de Glantz. El primero me decía que no tengo futuro, que mi única disposición en la vida debe estar orientada hacia mi paulatina desaparición. El segundo confirma esta tendencia pero desde el extremo contrario: me recuerda que tampoco tengo pasado. La memoria no me alcanza para saber de mí lo que ella tiene para construir su propia genealogía transatlántica.
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Son las 10 de la noche. Mi presente todavía no llega del trabajo...
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Otra vez, el puto limbo...
P.