Estoy cansada. Pocas veces salgo sola de la escuela y por la noche. Hoy así ocurrió. Fue un día extraño. Empezó mal para mí por motivos que no me interesa reproducir aquí. Después la Nena sufrió una "crisis biliar" que la mandó por unas horas al hospital. Se respira un poco de tensión. No me tomé mi yoghurt, sigue en la mochila. Me llené con las galletas de Sinhué durante el laboratorio de análisis. Entendí Mate, pero me trabo cuando Mina me pregunta. Contó la historia más divertida: él, sus nueve hermanos y diez tortas para la hora del recreo. La historia evolutiva de la fecundidad en cuatro paredes de un cuarto frío. Levantamos las manos. Nos enteramos de algo más sobre los otros, por lo menos yo.
Es la segunda vez que veo a Jorge Mario en FLACSO. La primera pasó de largo; ahora hasta hizo esfuerzos porque lo viera en el comedor. Nos saludamos: la evaluación fracasó de manera por demás rotunda. Se queja de que no sirvió para tomar decisiones. Pues más le vale, pienso yo, si el resultado fue finalmente que Microrregiones desapareciera.
Luego vi a Fernando Cortés. Platicamos. Me preguntó si iría a la presentación del libro en Guadalajara. No. Justo ese día tengo examen de estadística. Mentí sobre haberle dicho ya a Mercedes. Hablamos de Cristina Gomes. Fue su alumna, ella y Horbath. Comenzó a sonreír socarronamente y supe que cualquier cosa que dijera sobre ellos Fernando la entendería. Así que no dije nada. Rosa María les da clases a los de la maestría en Ciencias Sociales. A mí me dan clases egresados de la promoción pasada...
El resto del día: bla, bla, bla. Si acaso lo salva la satisfacción de haber terminado una tarea de AD solita. Gusto que me durará hasta que me corrigan la plana entera.
14 de febrero. Día del bla y la bla. Bla, bla. De regreso en el camión muchachas con flores, hombres con rosas a punto de entregar a... Globos metálicos, gente haciendo y comentando planes. Bla. A veces quisiera sin tener que pedir. Sólo una vez, cuando yo todavía era otra, aquel Alejandro me mandó una rosa con el servicio de "mensajería amorosa express" que el TEC organizaba cada pavoroso 14 de febrero. Llegó el mensajero al salón e interrumpió la clase como tenía que ser para darle espectacularidad al asunto. Recitó ni nombre como en cámara lenta. "Uuuuuuuuuiiii!!!!", aullaban mis compañeros entre divertidos y extrañados. Tan raro era que esto me sucediera a mí. Recibí la rosa y la guardé en la mochila, aplastando los pétalos. El peor día de mi vida. Extraño que ahora sienta nostalgia ante el despliegue de ridiculeces. Me estoy haciendo vieja. Pero quisiera... sin tener que pedir.
En cambio, para mí el día empezó mal y es probable que M. vaya al futbol. Felicidades a mí. Bla.
El chofer de la micro iba platicando con una chica que de perfil era idéntica a Chela, pero en joven y con piercing en la ceja. Ella había terminado con su novio por la mañana. Parece que el tipo andaba de coqueto con la Goya, "la traía aplastada al lado en un bote pa'rriba y pa'bajo. Y eso que no le hablaba, que si le hubiera hablado, la llevaba hasta su casa". "Así son los camioneros", dijo el chofer aparentando una falsa distancia con respecto a su gremio, "pero ¿para qué lo truenas hoy?, te hubieras ido de reven y ya mañana lo botabas". Buen punto. "Na, que sea en un día especial para que diga 'por andar de culero, la flaca me mandó a la chingada'". También es un buen punto.
Yo estaba a punto de dormirme. Iba sentada cerca de la puerta abierta y el aire me obligaba a entrecerrar los ojos que cada vez se vencían más pronto. Bajé en la esquina.
Desde que pasó el asunto de los perros me siento insegura en mi calle. Los gritos y las mordidas, el dolor, la violencia y luego el profundo silencio, me oscurecieron el recorrido de la esquina a la puerta del edificio. Cada mañana salgo y observo a todo mundo tan tranquilo y pienso "es que no supieron". Ahora me da un poco de miedo. La calle adquirió de pronto pasado, uno turbio.
Como de la nada, pero comprensible en la escalera de nostalgias que subí al departamento, pensé Kapona Viloru. ¿Por qué carajos, trío de mensas, no se llamó Kapana Viloru?! Yo no me llamo Poloma! Kapona Viloru... El ruido de las llaves con el recuerdo de las risas. Cerré la puerta y vino la imagen de la otra puerta, la que azotamos en la grabación simulando una partida arrogante y violenta que nos dobló en dos por las carcajadas. Kapona, Kapona Viloru... Está bien, no se habría escuchado mejor Kapana.
Éramos tres: Ka - po (que debió ser pa) - na.
Bla.
P.