Los fundamentos de la estadística son curiosos, sobre todo los que tienen que ver con la probabilidad, si es que ésta no es el espíritu de la disciplina. Estas ganas de anticipar, de predecir lo más acertadamente posible la ocurrencia de un evento cualquiera. Generalmente no ha de contar la experiencia previa -si al lanzar una moneda cae en sol, las posibilidades de que al siguiente lanzamiento salga águila no dependen del lanzamiento anterior-, tampoco que la realidad no corresponda casi nunca con las "condiciones ideales" ni que, en los hechos, casi todo y todos somos sospechosos de "sesgo". La certidumbre construida a base de pura simulación, de puros "supongamos". Eso, o como todavía no le entiendo, no le agarro la raison d'être. O las dos cosas. Pero lo cierto es que mientras parecía que leía concentrada, mi atención flotante se preguntaba seriamente porqué, de verdad porqué, estaba yo metida en esto.
Pero esto no es ni de lejos lo más importante. Lo verdaderamente relevante en todo esto es lo que a una le pasa cuando es provinciana, vive en el df, está en un café haciendo que estudia y, así nomás, de repente, se aparece el mismísimo Jaime López y se sienta en la mesa de al lado. Esto es aún más emocionante si además resulta que a una le gusta Jaime López, claro está.
Estaba yo en una pésima mesa, de las de adentro, lejos de la luz natural del ventanal y cerca del baño. Malo pero ni modo, el lugar estaba lleno cuando llegué. Se tardaron auténticas horas para servirme un pinche café -de no ser por el cardamomo me habría ido- y llevaría una media hora haciéndole al tío Lolo, cuando de repente me tapó la poca luz un par de hombres que buscaban acomodo. No levanté la vista hasta que uno de ellos dijo "blabla... José Manuel Aguilera... blablablá".
Generalmente me entretiene observar a la gente y escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos. No me genera ningún tipo de complejo: creo que todos lo hacemos pero pocos lo reconocen. Seguro que alguien me observa y me escucha cuando me dejo ver y oír. Me parece natural la curiosidad por los otros, por construirse uno mismo a partir de los demás, ya sea por identificación o por oposición. El mundo es una provocación constante, a la vista, al oído, con suerte al tacto y al gusto. No encuentro razón para resistirme, aunque sí para refinar mi discresión. Porque parte del placer de experimentar a los otros así es que no se den cuenta. Yo diría que es la primera regla del voyeurismo: el que mira no existe. De otro modo correríamos el riesgo de alterar el curso natural de las cosas y el asunto se acartona.
Así que uno de los hombres menciona a uno de mis ídolos musicales. Me gusta verle la cara a quien hace alusión a alguna de mis referencias. Levanto el rostro. Ambos están de espaldas, acomodando la mesa donde se sentarán para no quedar al borde del escalón. Están al lado mío. Por fin se sientan. Uno de ellos tendrá menos de 30 años, medio güerillo, harto cacarizo, corto de piernas, ancho de torso, afanosamente despeinado, todo de negro. El otro es... Jaime López.
Miré por menos de cinco segundos. Me daba mucha pena clavarme, que me descubriera y que hiciera cualquier cosa entendiendo que lo había reconocido, desde sonreír a la fuerza hasta sentarse de espaldas a mí, agobiado por su fama fatal (jajaja. Perdón, tenía que hacerlo). Habría violado la primera y única de mis reglas. Así que, sin más, sentóse con todo y su desgastada playera verde que rebosaba una panza chelera nada despreciable, sus pantalones blancos, sus tennis de vivos rojos y azules, su notable calvicie delantera, su desastrosa cabellera cubriendo parte de la nuca, su voz profundísima, su espléndida sonrisa y sus sonoras carcajadas. Chingao!! Era Jaime López!!!
El más joven, el anónimo de esta historia, parecía sumamente nervioso ante su compañía; era evidente que no tenían una relación estrecha, pero que quizás aspiraban tenerla. Se reía demasiado cuando no era el momento, y su risa boba provocaba la risa entre burlona y afable del López. Levantaba mucho la voz y gesticulaba de más para hacerse entender, lo cual parecía costarle trabajo de cualquier manera. Sus argumentos eran forzados, buscaban impresionar, provocar un efecto positivo en "el artista". Era evidente que quería convencerlo de algo.
En este momento decidí reconocer que ya ni siquiera estaba leyendo, que de cualquier manera no entendía nada y estaba absolutamente desconcentrada. Había que dejar de resistirse y entregarse entera al sublime acto de la invasión ausente, como he decidido llamarle. No sé si estaré violando algún artículo del código de "Encuentros fortuitos con artistas por las calles y lugares del D.F." si reproduzco parcialmente lo que entendía del asunto que trataban, pero creo que ser de Guadalajara me justifica. Estaba acostumbrada a encontrarme a Jaramar Soto y a José Fors, al baterista de Maná y a ex miebros de azul violeta, a Waldo Saavedra (pintor cubano lanzado a la fama por haber pintado un retrato de Leti"z"ia, la princesa tapatía)... y ya. Con estos antecedentes, me parece normal que una experiencia de este tipo me pareciera noqueadora.
Yo escuchaba a Jaime López desde cuando no tenía edad para entender nada de lo que decía. Me lo pasaron mi jefa, algunos amigos suyos, mi tío -vaya, vaya- Jaime. Reconozco que no me sé al dedillo sus canciones porque sería como aprenderse de memoria un cuento corto, con puntos y comas. En cambio, recuerdo arbitrariamente líneas suyas, imágenes, que de repente me sorprenden cuando pienso en cualquier cosa. Esto a mí me parece igual de rotundo.
Fui a verlo en un concierto que dio antes de que yo entrara a la universidad, en el cineforo cultural de la misma. Fui con mi flaca querida, la Nancy, que presiento que no tenía ni puta idea de qué esperar porque nunca lo había escuchado y no tenía más referencia de él que "flaca, tengo boletos para Jaime López, ¿quieres?". Nos gustó muchísimo y, durante y después del concierto, nos divertimos comentando sobre lo ricas que se le veían las nalguitas en sendos pantalones de cuero negro; que era guapísimo, seductorsísimo, que qué voz rasposa y que qué letras tan chingonas. De regreso a casa (dónde caímos, flaca? te acuerdas?) repetíamos alguna frase o murmurábamos tonadas todavía medio exaltadas. Luego me enteré de que M. también había ido a ese concierto, acompañado de la chalana en turno. Seguro torcí la boca y los ojos cuando me lo contó, pero no alcanzó a amargarme el recuerdo.
La comanda decía: café americano y tarta de queso con blueberry para López, chocolate y helado de vainilla para el otro. Pasaron por lo menos cinco minutos burlándose de la "freséz" de sus antojos, jugando literalmente con la mesera que suponía que le estaban coqueteando y que no pudo evitar dejar claro con algún comentario insulso que ya no recuerdo, que sabía que le estaba tomando la orden a Don Jaime López. Cuando se retiró por lo pedido, se escuchó una trompetilla y risas.
De su conversación sólo diré que el anónimo es un director de cine en ciernes en cuya ópera prima deseaba incluir al ilustre personaje, en un papel de alguien apodado algo así como "El Sabroso" (por cierto, yo no sé cómo o dónde fue que pudimos verle las nalgas: no tiene). Grosso modo conversaron el guión (personalmente me dio mucha güeva) y Jaime iba asintiendo en lo que sí, proponiendo en lo que no. Hubo un momento interesante, though. En una escena, aparecía "El Sabroso" con una imagen de algún ícono de la historia detrás suyo. El joven director quería ponerle al Ché por atrás. López guardó silencio, lo cual era un preludio preocupante porque habla demasiado. Aspiró profundo y dijo: "mira, no te voy a agarrar de psicoanalista, pero yo tengo una bronca con los personajes mesiánicos". Zas. "No creo en el Ché, ni en la guerrilla montessori de Marcos: yo creo en las Chivas".
Jaime López, damas y caballeros.
P.