miércoles, enero 31, 2007

Preguntas regresivas


No, de verdad...

¿para qué?

Pasavento dejó la calle Vaneau, pero yo sigo merodeando en ella. Preguntándome hasta dónde se extiende. No tiene esquinas. Es infinita, divide al mundo en dos: el polo que está a punto de explotar y el que le seguirá apenas un instante después. ¿En cuál estoy?, ¿en la acción o en la reacción?, ¿en el estímulo o en la respuesta?
En serio:
¿por qué?

viernes, enero 26, 2007

La Rue Vaneau

La calle Vaneau es un estado de ánimo, una forma de ser, el estado primigéneo y ulterior de todas las cosas. La calle Vaneau es cada uno; uno que, al final, no es nadie.

"...la calle registraba ese nivel acústico de quietud e inmovibilidad que parecía preceder a una gran explosión de odio, el sordo horror de mundos al borde del grito".

Enrique Vila-Matas, "Doctor Pasavento"

domingo, enero 21, 2007

Nuevos inquilinos







Pues sí: ya tenemos sala. Por lo menos por un tiempo, porque está aquí en calidad de préstamo, de mercancía (calada) en bodega. Ya no habrá que sentarse en el suelo, pero tampoco podrá uno recostarse y retozar como antes en el tapete.

También la maceta es nueva. El Aluxe está medio molesto y, según M., ahora las plantas se mueven para buscarlo. Ah! Sí, ya hay cortinas, en todos lados. O sea, para quien haya leido un post anterior sobre lo mucho que me gustaban las "carencias" de mi casita, pues sepa que han sido satisfechas poco a poco. Todo me va gustando, lo voy prefiriendo poco a poco al estado anterior de las cosas. La invasión se va completando. La apropiación es casi total.

P.

Re-post data: Flaquita, me gustaría tanto tenerte aquí sentadita... Te extraño!!!

jueves, enero 18, 2007


"... La bella desdicha... se trataba de todo un estilo de vida, de una ciencia, de un alegre deslizamiento hacia el silencio, de una ética de las desesperaciones. Me dormí y luego ya no pensé en nada. Pero que en nada. En nada de nada. Desaparecí, con una grandísima facilidad, en el sueño"


Enrique Vila-Matas, "Doctor Pasavento"

domingo, enero 14, 2007

¿Será?


Ayer M. y yo estábamos comiendo tostadas en el mercado de Coyoacán (por cierto, prefiero mi tinga, no me acostumbro a comer pollo en mole o cochinita en frío y me dan miedo las de mariscos, pero debo reconocer que el agua de alfalfa es de verdad buenísima). Veníamos de buscar macetas para reacomodar el hábitat del Aluxe Teporocho y habíamos estado conversando intermitentemente de mi casi imposible ilusión de volver a tener un perro. A un lado de nosotros comía una familia más o menos numerosa; yo podía verlos de frente pero M. les daba la espalda del otro lado de la barra. Nada fuera de lo común; había un niño pequeño, como de unos cuatro o cinco años que se contorsionaba tímidamente al compás de unos tambores monótonos que tocaban al lado de nosotros. Los demás podrían ser tíos, tías, cuñados, todos entre 30 y 40 años de edad.

Cuando se fueron, una de ellos se acercó a mí para obsequiarnos un par de tarjetas-calendario donde, además, anunciaba su negocio: una escuela-guardería de estimulación temprana. Me las dio tan rápido como se fue; ni siquiera tuve tiempo de pasar el bocado de tostada, limpiarme la crema de los labios y darle las gracias. Lo primero que pensé fue que, la verdad, para nosotros ya era un poco tarde para eso de la estimulación temprana. Bromeé al respecto con M., nos reímos un poco (no era tan bueno el chiste), guardamos silencio un rato y de pronto el veinte nos cayó a los dos: la gente nos ve como papás jóvenes de niños pequeñitos que podrían ser sujetos de estimulación temprana. La gente supone que tenemos hijos, lo cual implica otra serie de supuestos como, por ejemplo, que somos un matrimonio en forma, lo que conllevaría a su vez un tiempo más o menos prolongado de relación, la cohabitación, solvencia e independencia económica. ¿Todo eso se pudo leer en nosotros?, ¿serían las macetas que llevábamos?, ¿que nos veíamos muy contentos, muy cómplices, muy habituados?, ¿que tuvimos un sí y un no antes de sentarnos a comer? ¿que nuestros silencios parecían fluidos y cómodos y nuestra conversación era familiar?

No lo sé. Pero después, enredando un poco más el hilo, pensé más nuestro día y me di cuenta de la imprecisa pero cotidiana presencia de asuntos en nuestra vida que tienen que ver con el hecho de cuidar o querer hacerse cargo de seres vivos: las macetas para las plantas, el deseo de la mascota, los cuidados que nos damos el uno al otro. Y me preguntaba si podríamos extender esta disposición a un hijo o si estaba llevando las cosas demasiado lejos.

¿De verdad ya es tiempo de pensarlo?, ¿ya estamos ahí?, ¿hacia allá vamos?

¿Será que de verdad quisiéramos...?

P.

jueves, enero 11, 2007

Música para no estar

Cuando menos es más, mucho más...


(Del disco "Out of Season": auténtica joya. Descubrimiento patrocinado por el cachito de tlacoyo de haba. La página es otra rareza: www.bethgibbons.com . Bella, bellísima infelicidad).

P.



miércoles, enero 10, 2007

Lounge and beyond: favoritos obligados







J'écris des mots doux à toutes les filles de France
J'espère qu'elles y répondent
J'ai juré que je serai content avant la fin de l'année
J'écris des mots doux à toutes les filles de France
Chaque jour et chaque nuit
Mais à la fin de l'année je suis encore seul dans mon lit
Je ne manque à personne
Mais ce n'est pas grave
J'ai déjà passé un bon moment
Un bon moment autrefois
Je pense à elle avec beaucoup de tristesse
Quand la lune est pleine
Quelle fête, quelle danse et quelle chanson se passent sans moi
Le soir commence comme une vieille chanson mais je ne peux pas chanter
J'ai oublié la mélodie, il y a quelques années
Je ne manque à personne
Mais ce n'est pas grave
J'ai dèjà passé un bon moment
Un bon moment autrefois
J'ai déjà passé un bon moment
Un bon moment autrefois

[No me gustan ni el rosa ni los martinis, pero estos monos son otra onda. Además, la cantante se llama China... Je]

P.

domingo, enero 07, 2007

Táctica para un sueño

M. dijo que había soñado con Cuco... ¿Por qué yo no? Nunca, desde la separación. Ni siquiera la noche del mismísimo día. Soy fácilmente impresionable y, como tal, mis noches son placas dispuestas a dejarse imprimir con cualquier tipo de sensación o recuerdo desconcertante del día. Extraño entonces que algo así de fuerte pasara de largo, y siga haciéndolo, en mis sueños. Lo pienso mucho durante todo el día de todos los días, pero nada es suficiente para llevarlo conmigo a la noche. De día imagino que vuelvo por él, que nos las ingeniamos para tenerlo aquí, oculto si es necesario -aunque imposible, conociéndolo. O que por lo menos sé en dónde está. De noche lo pierdo, otra vez. Quizá no es que no pueda soñarlo, sino que simplemente no quiero; algo en mí se resiste y atrapa y reprime lo que yo insisto en liberar durante el día. Mentira que te desvancerías con el tiempo y mentira que así está bien. Mentira que se pasa. Cambiaré la estrategia: de ahora en adelante evitaré suponerlo a mi lado estando despierta. Desde hoy lo escondo y evito en la vigilia. A ver si así consigo verlo una noche.
P.


Siento venir un silencio hecho de gritos. El mismo de siempre. Y siempre fue ayer y será mañana. El mismo que nos pone las espaldas encontradas y puños en las manos. El mismo que viste, calza y se queda para la cena. El que, cuando despiertas, todavía está ahí. El que se rompe con una o muy pocas palabras. Y entonces nace la noche de los mil y un rencores. Los que se irán acumulando para el silencio que viene. Hasta que aprendamos a callarnos de veras.

P.

viernes, enero 05, 2007

Oído en la pared

Soñé -creo que era un sueño- que despertaba en la madrugada porque escuchaba ruidos que parecían provenir del cuarto contiguo al nuestro. Como si la habitación de al lado perteneciera a otra vivienda, en lugar de dirijirme al cuarto, espié los sonidos acercando el oído a la pared. Parecía agua corriendo, un río cavernoso dentro del muro. Acaricié el cemento con la mano como esperando que estuviese húmedo, pero no. Sería otra cosa, agua no. Eran insectos, millones de insectos que al arrastrar sus patas fibrosas y de aguja hacían un ruido parecido al de un manantial. Había insectos atrapados en la pared de nuestra recámara. Qué asco y qué horror. Pero no. Acerqué de nuevo la mano para ver si sentía algún tipo de vibración provocada por el ejército marchando, pero nada. No, no eran insectos. Sonaba como un murmullo impreciso, innumerables voces repitiendo a destiempo una consigna. Ahora era peor: había voces de muertos, o peor, de vivos, atrapadas en nuestra pared blanca. No entendía nada; se iban volviendo cada vez más sonoras, casi rabiosas, pero el eco que se repetía al infinito en cada voz no me permitía comprender. Mi presencia las alteraba, era notorio. Que por fin estuviera ahí, escuchando, parecía enloquecerlas. De pronto, de entre todo el griterío una voz grave, profunda, podrida, aulló más fuerte que el resto: "¡nunca has dicho todo!, ¡nunca has dado todo!".



P.

jueves, enero 04, 2007

Oído en Coyoacán

Estaba yo tomando un café en Moheli, un delicioso, aromático y explosivo americano con cardamomo. Trataba de entender algo que me parece más que imposible: estadística inductiva. Entre página y página del tenebroso ladrillo mejor conocido como "Estadística Social" de Blalock, maldecía no haber puesto la atención suficiente a las clases que al respecto tomé durante la licenciatura. En aquel entonces, casi a las dos horas de haber empezado la primera clase de "análisis cuantitativo" (así se llamaba? no me acuerdo bien), juré que mi actividad profesional futura no tendría nada que ver nunca con esos turbios aunque casi precisos asuntos (dependiendo de la desviación estándar, la varianza y otras tantas excepciones, claro está). En ese entonces, además de no prever que, en efecto, la numeralia y el cálculo serían necesarios para decir lo que quería decir en este mundo cuadriculado, tampoco sabía que no podía cumplir promesas.

Los fundamentos de la estadística son curiosos, sobre todo los que tienen que ver con la probabilidad, si es que ésta no es el espíritu de la disciplina. Estas ganas de anticipar, de predecir lo más acertadamente posible la ocurrencia de un evento cualquiera. Generalmente no ha de contar la experiencia previa -si al lanzar una moneda cae en sol, las posibilidades de que al siguiente lanzamiento salga águila no dependen del lanzamiento anterior-, tampoco que la realidad no corresponda casi nunca con las "condiciones ideales" ni que, en los hechos, casi todo y todos somos sospechosos de "sesgo". La certidumbre construida a base de pura simulación, de puros "supongamos". Eso, o como todavía no le entiendo, no le agarro la raison d'être. O las dos cosas. Pero lo cierto es que mientras parecía que leía concentrada, mi atención flotante se preguntaba seriamente porqué, de verdad porqué, estaba yo metida en esto.

Pero esto no es ni de lejos lo más importante. Lo verdaderamente relevante en todo esto es lo que a una le pasa cuando es provinciana, vive en el df, está en un café haciendo que estudia y, así nomás, de repente, se aparece el mismísimo Jaime López y se sienta en la mesa de al lado. Esto es aún más emocionante si además resulta que a una le gusta Jaime López, claro está.

Estaba yo en una pésima mesa, de las de adentro, lejos de la luz natural del ventanal y cerca del baño. Malo pero ni modo, el lugar estaba lleno cuando llegué. Se tardaron auténticas horas para servirme un pinche café -de no ser por el cardamomo me habría ido- y llevaría una media hora haciéndole al tío Lolo, cuando de repente me tapó la poca luz un par de hombres que buscaban acomodo. No levanté la vista hasta que uno de ellos dijo "blabla... José Manuel Aguilera... blablablá".

Generalmente me entretiene observar a la gente y escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos. No me genera ningún tipo de complejo: creo que todos lo hacemos pero pocos lo reconocen. Seguro que alguien me observa y me escucha cuando me dejo ver y oír. Me parece natural la curiosidad por los otros, por construirse uno mismo a partir de los demás, ya sea por identificación o por oposición. El mundo es una provocación constante, a la vista, al oído, con suerte al tacto y al gusto. No encuentro razón para resistirme, aunque sí para refinar mi discresión. Porque parte del placer de experimentar a los otros así es que no se den cuenta. Yo diría que es la primera regla del voyeurismo: el que mira no existe. De otro modo correríamos el riesgo de alterar el curso natural de las cosas y el asunto se acartona.

Así que uno de los hombres menciona a uno de mis ídolos musicales. Me gusta verle la cara a quien hace alusión a alguna de mis referencias. Levanto el rostro. Ambos están de espaldas, acomodando la mesa donde se sentarán para no quedar al borde del escalón. Están al lado mío. Por fin se sientan. Uno de ellos tendrá menos de 30 años, medio güerillo, harto cacarizo, corto de piernas, ancho de torso, afanosamente despeinado, todo de negro. El otro es... Jaime López.

Miré por menos de cinco segundos. Me daba mucha pena clavarme, que me descubriera y que hiciera cualquier cosa entendiendo que lo había reconocido, desde sonreír a la fuerza hasta sentarse de espaldas a mí, agobiado por su fama fatal (jajaja. Perdón, tenía que hacerlo). Habría violado la primera y única de mis reglas. Así que, sin más, sentóse con todo y su desgastada playera verde que rebosaba una panza chelera nada despreciable, sus pantalones blancos, sus tennis de vivos rojos y azules, su notable calvicie delantera, su desastrosa cabellera cubriendo parte de la nuca, su voz profundísima, su espléndida sonrisa y sus sonoras carcajadas. Chingao!! Era Jaime López!!!

El más joven, el anónimo de esta historia, parecía sumamente nervioso ante su compañía; era evidente que no tenían una relación estrecha, pero que quizás aspiraban tenerla. Se reía demasiado cuando no era el momento, y su risa boba provocaba la risa entre burlona y afable del López. Levantaba mucho la voz y gesticulaba de más para hacerse entender, lo cual parecía costarle trabajo de cualquier manera. Sus argumentos eran forzados, buscaban impresionar, provocar un efecto positivo en "el artista". Era evidente que quería convencerlo de algo.

En este momento decidí reconocer que ya ni siquiera estaba leyendo, que de cualquier manera no entendía nada y estaba absolutamente desconcentrada. Había que dejar de resistirse y entregarse entera al sublime acto de la invasión ausente, como he decidido llamarle. No sé si estaré violando algún artículo del código de "Encuentros fortuitos con artistas por las calles y lugares del D.F." si reproduzco parcialmente lo que entendía del asunto que trataban, pero creo que ser de Guadalajara me justifica. Estaba acostumbrada a encontrarme a Jaramar Soto y a José Fors, al baterista de Maná y a ex miebros de azul violeta, a Waldo Saavedra (pintor cubano lanzado a la fama por haber pintado un retrato de Leti"z"ia, la princesa tapatía)... y ya. Con estos antecedentes, me parece normal que una experiencia de este tipo me pareciera noqueadora.

Yo escuchaba a Jaime López desde cuando no tenía edad para entender nada de lo que decía. Me lo pasaron mi jefa, algunos amigos suyos, mi tío -vaya, vaya- Jaime. Reconozco que no me sé al dedillo sus canciones porque sería como aprenderse de memoria un cuento corto, con puntos y comas. En cambio, recuerdo arbitrariamente líneas suyas, imágenes, que de repente me sorprenden cuando pienso en cualquier cosa. Esto a mí me parece igual de rotundo.

Fui a verlo en un concierto que dio antes de que yo entrara a la universidad, en el cineforo cultural de la misma. Fui con mi flaca querida, la Nancy, que presiento que no tenía ni puta idea de qué esperar porque nunca lo había escuchado y no tenía más referencia de él que "flaca, tengo boletos para Jaime López, ¿quieres?". Nos gustó muchísimo y, durante y después del concierto, nos divertimos comentando sobre lo ricas que se le veían las nalguitas en sendos pantalones de cuero negro; que era guapísimo, seductorsísimo, que qué voz rasposa y que qué letras tan chingonas. De regreso a casa (dónde caímos, flaca? te acuerdas?) repetíamos alguna frase o murmurábamos tonadas todavía medio exaltadas. Luego me enteré de que M. también había ido a ese concierto, acompañado de la chalana en turno. Seguro torcí la boca y los ojos cuando me lo contó, pero no alcanzó a amargarme el recuerdo.
La comanda decía: café americano y tarta de queso con blueberry para López, chocolate y helado de vainilla para el otro. Pasaron por lo menos cinco minutos burlándose de la "freséz" de sus antojos, jugando literalmente con la mesera que suponía que le estaban coqueteando y que no pudo evitar dejar claro con algún comentario insulso que ya no recuerdo, que sabía que le estaba tomando la orden a Don Jaime López. Cuando se retiró por lo pedido, se escuchó una trompetilla y risas.
De su conversación sólo diré que el anónimo es un director de cine en ciernes en cuya ópera prima deseaba incluir al ilustre personaje, en un papel de alguien apodado algo así como "El Sabroso" (por cierto, yo no sé cómo o dónde fue que pudimos verle las nalgas: no tiene). Grosso modo conversaron el guión (personalmente me dio mucha güeva) y Jaime iba asintiendo en lo que sí, proponiendo en lo que no. Hubo un momento interesante, though. En una escena, aparecía "El Sabroso" con una imagen de algún ícono de la historia detrás suyo. El joven director quería ponerle al Ché por atrás. López guardó silencio, lo cual era un preludio preocupante porque habla demasiado. Aspiró profundo y dijo: "mira, no te voy a agarrar de psicoanalista, pero yo tengo una bronca con los personajes mesiánicos". Zas. "No creo en el Ché, ni en la guerrilla montessori de Marcos: yo creo en las Chivas".
Jaime López, damas y caballeros.
P.

miércoles, enero 03, 2007

Oído en Madrid


martes, enero 02, 2007

Cosas y espacios favoritos

lunes, enero 01, 2007

Año Viejo


SE VA...

SE FUE




Jálenle al año viejo...