Primer día de actividad postvacacional en el DF. Desde el laberinto de una palpable soledad, hay un "chinguero de chilangos chingándole a la chinga" por todos pinches lados. M., en la desesperación propia del tráfico a la hora de la comida, advierte nuestra próxima mudanza a Zamora, Michoacán. Así lo hartan las masas, tanto que prefiere padecer el conocido síndrome del zamorazo.
Yo he estado el día entero encerrada en la casa planteando un estudio insulso sobre discriminación. Aun escondida, desde mi vista privilegiada del sur de la ciudad y el Ajusco, contemplo y respiro la contingencia ambiental en pleno. El viento sopla durísimo, todo se cimbra, pero no es suficiente para despejar las nubes de porquería. Más bien las mete por la terraza y provoca que los ojos no me dejen de llorar.
Los niños volvieron a clases; esto no me importaría si no tuviera dos escuelas enfrente. Durante sus vacaciones repetí más de una vez que los extrañaba; la calle estaba demasiado silenciosa y me entró una nostalgia irracional por sus chillidos. Ahora que volvieron me doy cuenta de que, en efecto, los niños no me molestan. A la que ya no soporto es a la estúpida directora y su megáfono; lo utiliza hasta para estornudar, hasta para ir al baño. Casi puedo verla llamándole la atención a través del altoparlante a un niño que tiene a penas a dos metros de distancia. Un altavoz... insospechado vehículo del poder.
Los niños no pueden salir al patio a la hora del recreo por la contaminación (obviamente lo supe a través del megáfono). La gente ya no parece asombrarse de una alarma de éstas aquí, es un elemento más que se ha añadido a la rutina. Como el "no circula"; se olvidaron las razones que lo motivaron y ahora simplemente se hace... a veces.
Recibí una llamada telefónica en la mañana. Un peludo de más de 20 años que decía ser mi hijo me llamó lloroso y desesperado para avisarme que lo acababan de secuestrar. Al principio no entendí nada de sus balbuceos; dije "no entiendo....", quizás pensó que comenzaba a adentrarme en una espiral de histeria y dijo todavía más dramático "¡mamá! me acaban de subir a una camioneta y me vendaron los ojos". "Aaahhh...." atiné a decir, mientras me reía y colgaba el auricular. Obviamente, pensé, se trataba de un fraude telefónico, una extorsión amateur a todas luces (para tener un hijo de veintitantos debí haberlo parido antes de mi diez añitos... digo, come on).
Yo he estado el día entero encerrada en la casa planteando un estudio insulso sobre discriminación. Aun escondida, desde mi vista privilegiada del sur de la ciudad y el Ajusco, contemplo y respiro la contingencia ambiental en pleno. El viento sopla durísimo, todo se cimbra, pero no es suficiente para despejar las nubes de porquería. Más bien las mete por la terraza y provoca que los ojos no me dejen de llorar.
Los niños volvieron a clases; esto no me importaría si no tuviera dos escuelas enfrente. Durante sus vacaciones repetí más de una vez que los extrañaba; la calle estaba demasiado silenciosa y me entró una nostalgia irracional por sus chillidos. Ahora que volvieron me doy cuenta de que, en efecto, los niños no me molestan. A la que ya no soporto es a la estúpida directora y su megáfono; lo utiliza hasta para estornudar, hasta para ir al baño. Casi puedo verla llamándole la atención a través del altoparlante a un niño que tiene a penas a dos metros de distancia. Un altavoz... insospechado vehículo del poder.
Los niños no pueden salir al patio a la hora del recreo por la contaminación (obviamente lo supe a través del megáfono). La gente ya no parece asombrarse de una alarma de éstas aquí, es un elemento más que se ha añadido a la rutina. Como el "no circula"; se olvidaron las razones que lo motivaron y ahora simplemente se hace... a veces.
Recibí una llamada telefónica en la mañana. Un peludo de más de 20 años que decía ser mi hijo me llamó lloroso y desesperado para avisarme que lo acababan de secuestrar. Al principio no entendí nada de sus balbuceos; dije "no entiendo....", quizás pensó que comenzaba a adentrarme en una espiral de histeria y dijo todavía más dramático "¡mamá! me acaban de subir a una camioneta y me vendaron los ojos". "Aaahhh...." atiné a decir, mientras me reía y colgaba el auricular. Obviamente, pensé, se trataba de un fraude telefónico, una extorsión amateur a todas luces (para tener un hijo de veintitantos debí haberlo parido antes de mi diez añitos... digo, come on).
En Guadalajara todavía no se les ocurría hacer estas cosas, pero gracias a la perenne nota roja de los noticiarios uno estaba muy enterado de los modos y modas de la delincuencia nacional. Después imaginé que quizás era verdad, y el pobre hijo, en su desesperación, había errado al momento de marcar a su mamá. Chin... Sería una pena. Por si las dudas, el número telefónico quedó resigtrado en el aparato.
Total que el DF empieza a mostrarse como es: sucio, malora, amontonado, ruidoso, tranza. El plazo de gracia que nos dio va llegando a su fin y comienzan a aparecer con más frecuencia los prietitos en el arroz. Era demasiado bueno, quizás, sentirnos del todo arropados y bienvenidos en una ciudad que nos concedió el don del anonimato, el brillo de las segundas oportunidades; que nos brindó su absoluta indiferencia, todo un mapa de impersonalidad para perdernos en él como se nos diera la gana y que, hasta el momento, se había reservado toda su tácita violencia.
Digo, todo lo anterior sigue siendo impersonal; nada en realidad, ni siquiera la llamada despistada o torpe, fue planeada pensando deliberadamente en nosotros. Pero hay algo en toda esta agresión ambiental, espacial y telefónico-criminal que invita a, otra vez, comenzar a moverse con tiento, a cultivar una actitud hostil, a alimentarla y acariciarla, como se cría a un perro guardián.
P.

1 dispersos:
la mudanza lleva al COLMICH?
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