
Camino por Calzada de Tlalpan; casi supongo hacia dónde me dirijo, pero prefiero pensar que haré, por fin, algo distinto. De repente mi imagen fugaz, en tránsito, en un escaparate. No me gusta cómo se me ven estos pantalones. A pesar de ser negros y todo lo que se dice de la ropa negra, la cadera se ve frondosísima, igual que los muslos. No, no, no. Es una gran responsabilidad esto de tener un cuerpo, una responsabilidad que no me gusta; por lo menos no la que me tocó. Mido 1.65 mts.; peso 57.5 kgs. Ayer me pesé en una báscula de súper. Marcó 58 kilates. Me permití restar 500 grs. por el vestuario y los cuatro días sin poder defecar. La gente dice que no, pero yo digo que estoy gorda. Me gustaría pesar 55 kilos. Soy víctima de todos los impactos de la globalización de la belleza, por lo menos de cierta belleza. Así de pobre soy. Visto así, o mejor, vista así, todo en mí es grande y deforme. El mío es un cuerpo ambiguo, formado de modo un tanto arbitrario. Lo mismo siento y veo los huesos de la cadera que toco el vientre abultado y adolorido. Igual me detengo en mis angostas muñecas que en mis gruesas pantorrillas. Últimamente (desde hace unos cinco años) me molesta sobre manera un franja que rodea mi cadera pero sólo por detrás. Me gustaría empujarla hacia abajo, a ver si así me aparecen nalgas. Recuerdo un momento, que ahora resuena lejanísimo, en el que mis senos eran una imagen muy grata para mí. Eran tetas de puberta apenas. Todavía no eran de este tamaño y estaban en su punto de turgencia; todavía no ocurría el accidente ni la pérdida de peso. Ni los años, supongo.
Con todo, no soy capaz de poner(me) orden y hacer todo lo que habría de hacerse si de veras uno quiere lo que dice querer. Lo trato mal a mi cuerpo. Lo agredo constantemente negándolo. Fumo, tomo, no hago más ejercicio que las escaleras del edificio donde vivo, de los puentes peatonales y las empinadas cuestas de FLACSO. Y, aunque trato de comer bien, mis horarios no son los más adecuados. Algunos compañeros de la maestría han perdido peso de manera ostensible. Otros lo ganaron. El mío oscila junto con mis días de estreñimiento.
Creo que lo que no me funciona es otra cosa. No es el intestino sino el cerebro. Soy malagradecida. No me queda más que asentir cuando cualquiera diagnostica mi locura.
Ahí va un chevy terracota. ¡Ay! Mierda... He ahi otra última vez, otro final del que ni me enteré. Lo conduje por última ocasión para recoger a mi hermana en la parada del autobús escolar. Y ya. Si hubiera sabido que al día siguente mis intenciones de venderlo se concretarían, lo habría sacado a carretera, un viaje corto de ida y vuelta, para agradecerle tantos años sin averías relevantes, tanta paciencia ante mi imprudencia, tantos (pocos, siempre pocos) viajes con el Cuco, algunas noches dormitando en lugares "inadecuados", la seguridad provista en tantas madrugadas, tanto garbo para portar las calcas de los Thunder Cats y hasta la del "sup".
O no. Lo más probable es que, de haberlo sabido, ni siquiera lo habría tocado por temor a que la Ley de Murphy hiciese de las suyas y algo le pasara justo un día o unas horas antes de entregarlo. En fin. Resulta que no lo supe. Y que, además, soy malagradecida.
Camino más. Me sigo debatiendo entre agua y orina. Por esta avenida las posibilidades de la primera son mucho mayores que las de la segunda. Entro a una farmacia de similares buscando algo de beber. Las dos comadres que atienden el local parecen alegremente mortificadas. Una le cuenta a la otra su desventura: ella sabe cocinar retebien el pavo, le queda soberbio con un adobito como el que se unta a los pollos rostizados. No, no el de barbiquiu; el que ella hace es más enchilosito y menos dulzón. Pero su cuñada, que parece vivir para compungir a la diligente despachadora que todavía no repara en mí (la única cliente), se le adelantó alevosamente en la rellenada y embadurnada del pavo. Quedó sequísimo, insípido, así, se te atoraba en el cogote. A su marido (de la dependienta) no le gustó y le recriminó no haberse ofrecido para preparar al animal.
Aquí es donde hace una pausa para atenderme, sonreírme y hasta decirme "¿qué te voy a dar, muñeca?". Le muestro la botella de agua, me pide ocho pesos y va a buscar mi cambio de 20 mientras su compañera le dice que aquello está mal, que se echa de ver que su cuñada siempre la ha envidiado por tener un matrimonio mejor avenido que el suyo (el de la cuñada). La primera mujer asiente y asegura no tener la culpa de la amargura de aquélla. Pero lo peor está por venir. A pesar de que despotricó en contra del pájaro reseco, don Esposo terminó poniéndose de lado de su hermana y, aún más, pidiendo a su mujer comprensión para la pobre malcogida. La mujer pedía apoyo, solidaridad conyugal, aunque fuese por un ratito y de dientes para fuera.
Aquí me tuve que ir porque hacía rato que me habían dado el cambio y mi presencia perdió sentido y ganó sospecha.
He ahí un problema que yo puedo entender!! Yo, una absoluta extraña, pude haber sido más solidaria y comprensiva con la desahuciada mujer que su marido Tuve ganas de contarle mis problemas, de decirle que yo no entendía, pues. Que porqué si una se levantaba todos los días a prepararle la frutita, o los huevitos, o a veces los dos, había reclamos. Si una se pasaba un ratote planchándole las camisas y buscándole el regalo, porqué había problemas. Oiga, si yo pongo dinero; el que puedo, pues. Si ai anda una mandando mensajitos bobos pero bien séntidos. Que, sí pues, tengo mi genio, por pos eso ya así me viene, es de siempre. Si una quiere, ¿por qué todo lo otro es más importante?
Pero no dije nada, como era de esperarse.
Y entonces salí de ahí, a seguir mi rumbo impreciso.
Un pendón raído de zapatos Hush Puppies. ¡Ay, otra vez! Carajo... Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Nadie sabe lo que tiene hasta que vive más de un mes conmigo.
Hay un cuerpo sobre la acera. Es un hombre sucio e inconsciente, en el sentido moral de la inconciencia. Pero a él y a mí la moral nos queda grande: él ni me ve pasar y yo nomás lo brinco. Una reminiscencia navideña, supongo. Una prófuga, podría suponer él.
Las ganas de orinar aumentan y lamento haberme empeñado en caminar sin propósito claro, pues de existir éste seguro tendría un baño. Así que hay que improvisar un propósito. La calle hacia la plaza está desierta, solitita; crece mi sensación de extravío y también mis deseos de vaciarme ante la posibilidad de no encontrar nunca un lugar para hacerlo. Doy una vuelta insospechada y llego, sin saber bien cómo, a la misma plaza, al mismo café. Por lo visto mis improvisaciones son de lo más predecibles. Qué aburrida. Si fuera jazzista sería de las malas.
En la selva está la fauna típica del hábitat. Por alguna clarísima razón pongo particular atención a las parejitas. Hay unas que se hablan tan de cerca que él casi puede saber lo que ella va a decir antes de que lo diga; es más, antes de que ella misma lo sepa. Luego están los que tienen un look de no importarle el mentado fin del año. Yo misma estoy un poco en ese mood. Eso, o están muy tranquilos porque en casa hay alguien encargado de organizar el ritual. Hace una semana yo era ambas personas a la vez, ambas disposiciones: por un lado, de verdad que no me importaba y, por el otro, pasé nueve horas cocinando toda la cena, sintiéndome la fatigada y diligente protagonista de una navidad harto sui generis. Cenamos todos sobre la cama, el único lugar donde mamá tenía permitido estar para no molestar de más a la enfermedad. Todo podía parecer muy deprimente o sumamente divertido. Optamos por lo segundo. Mamá dijo con ojos rebozantes que ésta había sido su mejor navidad. Yo sonreí satisfecha entendiendo que la vulnerabilidad la ponía medio cursi. Le acaricié el pelo y dije "pos claro, si no hiciste nada...". Todos carcajeamos, los perros movieron las colas y nos volvimos a concentrar en la tele. Estaba bien, pero yo siempre quise volver.
Y ahora también, pero el panorama de la noche es incierto. Me habría gustado saber qué cenaría la familia de la compungida farmacéutica, cómo sería su noche si todavía estaba dolida por el desplante navideño. Cómo cerraría el año con todo su coraje, si lo envolvería en un papel brilloso y le pondría un moño de mal gusto encima para entregarlo a su marido o a su cuñada hija de puta. O bien, si la muina sería deglutida en un bocado de pozole, como dijeron que cenarían las dos chicas que iban en el camión de regreso. Yo, en la misma tendencia extraña, cenaría birria y el fondant de chocolate que me enterqué en preparar, aunque ahora ya no me entusiasma tanto. Chocaría latas de cerveza una y otra vez y, en el clímax de las campanadas, estrellaría una copa de cava helada.
Olvidamos comprar uvas...
¿Llegaremos a las doce?
Hace poco murió Pinochet y ayer ahorcaron a Hussein. Son tiempos extraños, violentos, históricos. Curiosamente, para algunos éstas son señales de un 2007 prometedor. Yo casi nada más aspiro a que me salga bien el fondant. Así de pobre soy.
No, es peor. Soy malagradecida: ésa es mi pobreza. Igual que entre el agua y la orina, me debato entre mi resentimiento y mi amor, entre mi tozudez y mi condescendencia, entre imponerme y ceder. La verdad es que sí sé porqué hay problemas. Porque al mismo tiempo que preparo con gusto, cariño y admiración un desayuno o plancho camisas, quiero que mis necesidades se escuchen y sean satisfechas primero. Porque paso nueve horas de un día cocinando queriéndome ir. Porque no me funcionan ni el intestino ni el cerebro y tengo la percepción jodida, distorsionada; he deformado mi experiencia de la vida, incluso de mi cuerpo. Tengo una pareja que amo y admiro profundamente y que hace por mí más allá de lo que su paciencia, tiempo y tarjeta de crédito le permiten porque quiere darme una vida que indudablemente me gusta y no cambio por otra. Tengo una familia que me ama y no espera nada de mí, a la que le preparo una cena una vez al año y me quieren siempre de vuelta, casi desde que acabo de llegar. Tengo oportunidades únicas que aprovecho sin mayor dificultad. Es eso: todo es tan fácil que tengo que hacerlo complicado. Porque me creí aquello de que son los putazos los que forman, que el carácter no se construye ni se demuestra en la placidez sino en la tortura. Por tonta, nomás.

Pero yo parecería querer algo que ni siquiera yo sé bien qué es, cómo pensarlo ni decirlo. La gente que me rodea me dice "pídemelo" pero yo me encabrono porqué no sé ponerlo en palabra. Primero pensé que era consuelo para la pobre niña boba resentida, pero creo que se trata de un perdón, de una reconciliación conmigo. Una deuda añeja, una historia larga, de la que nadie debería ser culpable. Un proceso lento que nadie debería sufrir. Tengo una deuda pendiente con el gozo.
En tres años cumplo 30, y en cinco u ocho quiero un hijo. Quiero viajar mucho, tener una casa propia donde vivamos todos mis afectos y un perro callejero. Quiero volver a tener un carro y que la academia se pelee por becarme -jajajaja... No, en serio... Jajaja.
Pero todo se habrá de resolver, lentamente y de a poquito. Por lo pronto, el fondant.
Sí pues, feliz año.
P.





