domingo, diciembre 31, 2006

Caminata

Quería tomar agua y orinar. No hice ni uno ni lo otro. Seguí caminando, transformando la "Desaparición" de Vila-Matas en mi "Destrucción", mi propia versión de la historia. Obviamente, la versión correcta. Camino como si pensara que sirve de algo. Como si escapara del destino al que finalmente camino. Camino en círculos: me voy para llegar. El viaje no es la calle. Es hacia adentro y hacia atrás.

Camino por Calzada de Tlalpan; casi supongo hacia dónde me dirijo, pero prefiero pensar que haré, por fin, algo distinto. De repente mi imagen fugaz, en tránsito, en un escaparate. No me gusta cómo se me ven estos pantalones. A pesar de ser negros y todo lo que se dice de la ropa negra, la cadera se ve frondosísima, igual que los muslos. No, no, no. Es una gran responsabilidad esto de tener un cuerpo, una responsabilidad que no me gusta; por lo menos no la que me tocó. Mido 1.65 mts.; peso 57.5 kgs. Ayer me pesé en una báscula de súper. Marcó 58 kilates. Me permití restar 500 grs. por el vestuario y los cuatro días sin poder defecar. La gente dice que no, pero yo digo que estoy gorda. Me gustaría pesar 55 kilos. Soy víctima de todos los impactos de la globalización de la belleza, por lo menos de cierta belleza. Así de pobre soy. Visto así, o mejor, vista así, todo en mí es grande y deforme. El mío es un cuerpo ambiguo, formado de modo un tanto arbitrario. Lo mismo siento y veo los huesos de la cadera que toco el vientre abultado y adolorido. Igual me detengo en mis angostas muñecas que en mis gruesas pantorrillas. Últimamente (desde hace unos cinco años) me molesta sobre manera un franja que rodea mi cadera pero sólo por detrás. Me gustaría empujarla hacia abajo, a ver si así me aparecen nalgas. Recuerdo un momento, que ahora resuena lejanísimo, en el que mis senos eran una imagen muy grata para mí. Eran tetas de puberta apenas. Todavía no eran de este tamaño y estaban en su punto de turgencia; todavía no ocurría el accidente ni la pérdida de peso. Ni los años, supongo.
Con todo, no soy capaz de poner(me) orden y hacer todo lo que habría de hacerse si de veras uno quiere lo que dice querer. Lo trato mal a mi cuerpo. Lo agredo constantemente negándolo. Fumo, tomo, no hago más ejercicio que las escaleras del edificio donde vivo, de los puentes peatonales y las empinadas cuestas de FLACSO. Y, aunque trato de comer bien, mis horarios no son los más adecuados. Algunos compañeros de la maestría han perdido peso de manera ostensible. Otros lo ganaron. El mío oscila junto con mis días de estreñimiento.
Creo que lo que no me funciona es otra cosa. No es el intestino sino el cerebro. Soy malagradecida. No me queda más que asentir cuando cualquiera diagnostica mi locura.
Ahí va un chevy terracota. ¡Ay! Mierda... He ahi otra última vez, otro final del que ni me enteré. Lo conduje por última ocasión para recoger a mi hermana en la parada del autobús escolar. Y ya. Si hubiera sabido que al día siguente mis intenciones de venderlo se concretarían, lo habría sacado a carretera, un viaje corto de ida y vuelta, para agradecerle tantos años sin averías relevantes, tanta paciencia ante mi imprudencia, tantos (pocos, siempre pocos) viajes con el Cuco, algunas noches dormitando en lugares "inadecuados", la seguridad provista en tantas madrugadas, tanto garbo para portar las calcas de los Thunder Cats y hasta la del "sup".
O no. Lo más probable es que, de haberlo sabido, ni siquiera lo habría tocado por temor a que la Ley de Murphy hiciese de las suyas y algo le pasara justo un día o unas horas antes de entregarlo. En fin. Resulta que no lo supe. Y que, además, soy malagradecida.
Camino más. Me sigo debatiendo entre agua y orina. Por esta avenida las posibilidades de la primera son mucho mayores que las de la segunda. Entro a una farmacia de similares buscando algo de beber. Las dos comadres que atienden el local parecen alegremente mortificadas. Una le cuenta a la otra su desventura: ella sabe cocinar retebien el pavo, le queda soberbio con un adobito como el que se unta a los pollos rostizados. No, no el de barbiquiu; el que ella hace es más enchilosito y menos dulzón. Pero su cuñada, que parece vivir para compungir a la diligente despachadora que todavía no repara en mí (la única cliente), se le adelantó alevosamente en la rellenada y embadurnada del pavo. Quedó sequísimo, insípido, así, se te atoraba en el cogote. A su marido (de la dependienta) no le gustó y le recriminó no haberse ofrecido para preparar al animal.
Aquí es donde hace una pausa para atenderme, sonreírme y hasta decirme "¿qué te voy a dar, muñeca?". Le muestro la botella de agua, me pide ocho pesos y va a buscar mi cambio de 20 mientras su compañera le dice que aquello está mal, que se echa de ver que su cuñada siempre la ha envidiado por tener un matrimonio mejor avenido que el suyo (el de la cuñada). La primera mujer asiente y asegura no tener la culpa de la amargura de aquélla. Pero lo peor está por venir. A pesar de que despotricó en contra del pájaro reseco, don Esposo terminó poniéndose de lado de su hermana y, aún más, pidiendo a su mujer comprensión para la pobre malcogida. La mujer pedía apoyo, solidaridad conyugal, aunque fuese por un ratito y de dientes para fuera.
Aquí me tuve que ir porque hacía rato que me habían dado el cambio y mi presencia perdió sentido y ganó sospecha.
He ahí un problema que yo puedo entender!! Yo, una absoluta extraña, pude haber sido más solidaria y comprensiva con la desahuciada mujer que su marido Tuve ganas de contarle mis problemas, de decirle que yo no entendía, pues. Que porqué si una se levantaba todos los días a prepararle la frutita, o los huevitos, o a veces los dos, había reclamos. Si una se pasaba un ratote planchándole las camisas y buscándole el regalo, porqué había problemas. Oiga, si yo pongo dinero; el que puedo, pues. Si ai anda una mandando mensajitos bobos pero bien séntidos. Que, sí pues, tengo mi genio, por pos eso ya así me viene, es de siempre. Si una quiere, ¿por qué todo lo otro es más importante?
Pero no dije nada, como era de esperarse.
Y entonces salí de ahí, a seguir mi rumbo impreciso.
Un pendón raído de zapatos Hush Puppies. ¡Ay, otra vez! Carajo... Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Nadie sabe lo que tiene hasta que vive más de un mes conmigo.
Hay un cuerpo sobre la acera. Es un hombre sucio e inconsciente, en el sentido moral de la inconciencia. Pero a él y a mí la moral nos queda grande: él ni me ve pasar y yo nomás lo brinco. Una reminiscencia navideña, supongo. Una prófuga, podría suponer él.
Las ganas de orinar aumentan y lamento haberme empeñado en caminar sin propósito claro, pues de existir éste seguro tendría un baño. Así que hay que improvisar un propósito. La calle hacia la plaza está desierta, solitita; crece mi sensación de extravío y también mis deseos de vaciarme ante la posibilidad de no encontrar nunca un lugar para hacerlo. Doy una vuelta insospechada y llego, sin saber bien cómo, a la misma plaza, al mismo café. Por lo visto mis improvisaciones son de lo más predecibles. Qué aburrida. Si fuera jazzista sería de las malas.
En la selva está la fauna típica del hábitat. Por alguna clarísima razón pongo particular atención a las parejitas. Hay unas que se hablan tan de cerca que él casi puede saber lo que ella va a decir antes de que lo diga; es más, antes de que ella misma lo sepa. Luego están los que tienen un look de no importarle el mentado fin del año. Yo misma estoy un poco en ese mood. Eso, o están muy tranquilos porque en casa hay alguien encargado de organizar el ritual. Hace una semana yo era ambas personas a la vez, ambas disposiciones: por un lado, de verdad que no me importaba y, por el otro, pasé nueve horas cocinando toda la cena, sintiéndome la fatigada y diligente protagonista de una navidad harto sui generis. Cenamos todos sobre la cama, el único lugar donde mamá tenía permitido estar para no molestar de más a la enfermedad. Todo podía parecer muy deprimente o sumamente divertido. Optamos por lo segundo. Mamá dijo con ojos rebozantes que ésta había sido su mejor navidad. Yo sonreí satisfecha entendiendo que la vulnerabilidad la ponía medio cursi. Le acaricié el pelo y dije "pos claro, si no hiciste nada...". Todos carcajeamos, los perros movieron las colas y nos volvimos a concentrar en la tele. Estaba bien, pero yo siempre quise volver.
Y ahora también, pero el panorama de la noche es incierto. Me habría gustado saber qué cenaría la familia de la compungida farmacéutica, cómo sería su noche si todavía estaba dolida por el desplante navideño. Cómo cerraría el año con todo su coraje, si lo envolvería en un papel brilloso y le pondría un moño de mal gusto encima para entregarlo a su marido o a su cuñada hija de puta. O bien, si la muina sería deglutida en un bocado de pozole, como dijeron que cenarían las dos chicas que iban en el camión de regreso. Yo, en la misma tendencia extraña, cenaría birria y el fondant de chocolate que me enterqué en preparar, aunque ahora ya no me entusiasma tanto. Chocaría latas de cerveza una y otra vez y, en el clímax de las campanadas, estrellaría una copa de cava helada.
Olvidamos comprar uvas...
¿Llegaremos a las doce?
Hace poco murió Pinochet y ayer ahorcaron a Hussein. Son tiempos extraños, violentos, históricos. Curiosamente, para algunos éstas son señales de un 2007 prometedor. Yo casi nada más aspiro a que me salga bien el fondant. Así de pobre soy.
No, es peor. Soy malagradecida: ésa es mi pobreza. Igual que entre el agua y la orina, me debato entre mi resentimiento y mi amor, entre mi tozudez y mi condescendencia, entre imponerme y ceder. La verdad es que sí sé porqué hay problemas. Porque al mismo tiempo que preparo con gusto, cariño y admiración un desayuno o plancho camisas, quiero que mis necesidades se escuchen y sean satisfechas primero. Porque paso nueve horas de un día cocinando queriéndome ir. Porque no me funcionan ni el intestino ni el cerebro y tengo la percepción jodida, distorsionada; he deformado mi experiencia de la vida, incluso de mi cuerpo. Tengo una pareja que amo y admiro profundamente y que hace por mí más allá de lo que su paciencia, tiempo y tarjeta de crédito le permiten porque quiere darme una vida que indudablemente me gusta y no cambio por otra. Tengo una familia que me ama y no espera nada de mí, a la que le preparo una cena una vez al año y me quieren siempre de vuelta, casi desde que acabo de llegar. Tengo oportunidades únicas que aprovecho sin mayor dificultad. Es eso: todo es tan fácil que tengo que hacerlo complicado. Porque me creí aquello de que son los putazos los que forman, que el carácter no se construye ni se demuestra en la placidez sino en la tortura. Por tonta, nomás.

Pero yo parecería querer algo que ni siquiera yo sé bien qué es, cómo pensarlo ni decirlo. La gente que me rodea me dice "pídemelo" pero yo me encabrono porqué no sé ponerlo en palabra. Primero pensé que era consuelo para la pobre niña boba resentida, pero creo que se trata de un perdón, de una reconciliación conmigo. Una deuda añeja, una historia larga, de la que nadie debería ser culpable. Un proceso lento que nadie debería sufrir. Tengo una deuda pendiente con el gozo.
En tres años cumplo 30, y en cinco u ocho quiero un hijo. Quiero viajar mucho, tener una casa propia donde vivamos todos mis afectos y un perro callejero. Quiero volver a tener un carro y que la academia se pelee por becarme -jajajaja... No, en serio... Jajaja.
Pero todo se habrá de resolver, lentamente y de a poquito. Por lo pronto, el fondant.

Sí pues, feliz año.

P.

miércoles, diciembre 13, 2006

...MIERDA!!
parecía bien...
... pero está mal.
P.

martes, diciembre 12, 2006

Variaciones musicales

Ahora que estamos en el Df seguimos con la tendencia a escuchar la radio universitaria. En realidad, la radio de la UNAM tiene poco que ver con la de la UdG y, aunque me eche a más de uno encima y me acusen de provinciana, me parece que la de mi rancho se la lleva de calle.
Salvo uno que otro programa de jazz (hasta eso bueno, aunque el de Sarita Valenzuela, Sólo Jazz, resulta supremo en comparación), otro sobre artes plásticas (Coyoterías, creo), los insulsos programas infantiles -con obvia excepción del de Pescetti, que trato de no perderme-, la Plaza Pública de Granados Chapa, y otros que se me escapan, el 80% de la programación de Radio UNAM es música clásica. Digo, perfecto; me parece genial y la escuchamos prácticamente todas las horas que estamos en casa.
Pero visto como conjunto, el esquema radiofónico me deja un sabor a rancio en la boca. Incluso los noticiarios tienen un estilo apolillado que hace que hasta las noticias parezcan viejas. Es una perspectiva de la cultura medio estática, que'sque selecta, pero más bien corta, limitada, con tímidos intentos por incluir otras formas y otros fondos que no terminan de cuajar.
En ese sentido, me parece que Radio UdG ha logrado consolidar una propuesta mucho más plural, aunque sea de rancho cosmopolita. Están las revistas culturales radiofónicas, bastante bien pensadas y elaboradas en su mayoría por gente que no sólo comenta sino que participa activamente -unos más, otros menos; unos bien, otros no tanto- en la cultura. Los ejercicios constantes y consistentes de diversificación y actualización musical comandados por el Ché Bañuelos, Enrique Blanc, el Chetos, Sara Valenzuela. La aproximación casi académica a la música clásica de "En Concierto". El uso de medios y tecnologías para volver más atractivo el consumo radiofónico: chats en varios programas, una página web que se defiende, el establecimiento de repetidoras en las regiones del estado para formar una red radiofónica que se retroalimente.
En fin, que me parece que radio UdG se toma en serio como medio de comunicación y de disfusión de la cultura y se mueve, se reacomoda constantemente aún a pesar de ciertas reticencias de los escuchas.
Tiene sus problemas, claro, como los insufribles programas de análisis político o dizque sociológico donde algunos investigadores exhiben su mediocridad; la cuota de espacio radiofónico del sindicato de la universidad; el divo Ricaro Salazar; la banda de chavitos caguengues que empezaron de saltapericos y en la adolescencia, nomás porque leen textos de Fadanelli o de Bukowsky al aire, se sienten "hacedores" de cultura; la concesión de espacios para la grilla y un largo etcétera. Pero aún así, me parece mucho mejor que lo de acá.
Quizá se deba a que, en términos de información y producción cultural, Guadalajara aún es más manejable -aunque estaría por verse, porque las redes ahora permiten trascender más de un límite, sobre todo los geofráficos. Pero precisamente por lo mismo, resulta un tanto incomprensible que en el DF, la radio de la "máxima, bla, casa de, bla, bla, estudios, bla, bla bá" del país no se ponga al tiro y explote hasta la última gota las posibilidades que esta ciudad presenta. Los tan socorridos pretextos presupuestales no caben aquí, pues la UdG recibe aún menos, mucho menos de lo que la federación destina a la UNAM. So... ¿qué pasa?
Bueno, todo esto para decir que acá me cuesta trabajo encontrar una estación de radio que me tenga al tanto de las novedades musicales que me podrían atraer. En mi casa, no sé porqué, ninguno de los radios recibe Radio Ibero, que por algún tiempo me hizo el paro, aunque tenía que cambiarle cuando ponían a alguien -así fuera Leon Krauze- a hablar. Nomás no me caían bien, sabe porqué. Así que, jalando un poco de aquí y otro de allá, voy reconfigurando el ranking. Aquí dos de mis novedades, que quizás para el resto ya no lo sean tanto.
Je vous prèsente...




















The Raconteurs (sí!! es Jack White!!) y...


















P.




lunes, diciembre 11, 2006

Ojos de Brujo




Despite the cheap propaganda...
(and I don't mean this poster, but the revolutionary/anarchist/another-world-is-possible/zapatista" industry aesthetics)




... I do like the hip-hop flamenquillo...




So... what?!



Je! Gros bisou

P.

Pinochet




Dulce o violenta, en la cama o en la horca,


durante el sueño o en la mierda de su propia pesadilla...


...de verdad,



¿de qué sirve la muerte del asesino?





P.

viernes, diciembre 08, 2006

Mi Refugio

Anoché pensé mucho en ti. Elaboré más tu presencia que la incertidumbre que rodea tu ausencia. Y casi sonreí.
Me hiciste falta lo mismo mientras tecleaba un ensayo insulso al compás de la música, que cuando comencé a llorar, varias horas después. Me habría ayudado mucho y de tantas formas que estuvieras ahí. El puro ritmo de tu respiración profunda y cavernosa amainaba la furia (mi furia, por supuesto) con el anuncio de una satisfacción plena, la que yo te podía dar y, al mismo tiempo, la que tú me procurabas con el simple hecho de respirar, luego estar. La ligereza con la que te tomabas todo (incluso a mí) me habría servido de mucho anoche. Saberte siempre me hizo sentir bien, sobre todo ante otras ausencias que prometieron estar ahí siempre.
Anoche me habría contenido si hubieras estado ahí; seguro me habrías buscado la mirada para que saliera de mi personalísima tragedia y me dedicara toda a ti. Ése era tu mejor método: reorientar cualquier energía desperdiciada en dramas cotidianos hacia ti. Ofrecer tu cuerpo en sacrificio para desahogar en caricias y besos el coraje, la tristeza y la frustración.
¿Te acuerdas de nuestra última noche juntos? Ya no había cama en el departamento (bueno, sólo la tuya), así que tendí unas cobijas en el piso, acerqué tu colchoneta y, como al principio de todo, volvimos a dormir juntos. Te hablé mucho. Te acaricié mucho. Te lloré mucho. Hasta que tu respiración honda, con raíces, me arrulló.
Te pedí tanto perdón. Por ser cobarde, por no encontrar solución, por haberme quedado sola y, entonces, orillarnos al abandono. Te pedí perdón por haberte recibido desde el comienzo, por no servir para las presencias; por ser mejor ausencia que compañía. Por haberte gritado más de una vez, por haber manoteado bruscamente y en actitud amenzanate contra ti. Por no haber entendido tantas veces lo que querías. Por haberme arrepentido. Por estarme arrepintiendo. Porque siempre me arrepentiría de haberte tenido y haberte perdido.
Amaneciste sobre mis cobijas; yo me contuve de pasarme a tu colchón, el cual sin duda estaría mejor que el suelo. Estoy segura de que entendiste todo, por eso estuviste tan serio durante el trayecto en auto al día siguiente.
No lo creerías -yo tampoco lo creo del todo- pero no recuerdo con claridad qué hice con tus cosas. La memoria me da hasta el regreso al departamento desvalijado, vacío de ti y de todo lo que algún día estuvo ahí y lo hizo un lugar vivible, incluso feliz. Tengo un montón de lagunas sobre aquellos días.
Sobrevienen imágenes arbitrariamente dolorosas. El parque, tu rincón debajo del escritorio (¿recuerdas que metía los pies debajo tuyo para que los calentaras?). Yo, cargando tus veinte kilos; tu insistencia por subirte y aun por caber en el regazo de M.; sus gritos de ayuda ("¡mamá!") cuando lo acorralabas. Tú, corriendo por la casa con algún bulto sospechoso en la boca. El tiempo entonces perdido y ahora añorado convenciéndote de que comieras solo y de tu plato y no de nuestras manos o en nuestra imprescindible presencia. Recibirte bañado y perfumado. El diagnóstico de estrés extremo que yo provocaba en tu maltratado estómago. Cuidarte la herida de la pata; ver las pulgas brincar entre tu pelo canela y blanco, corto, cuando llegaste a casa. Los minutos en que nos miramos largamente esa primera noche, con curiosidad, miedo y recelo, tratando de adivinar qué haríamos con el otro. Los aullidos que te provocaban el carro del gas, María Callas, el tema musical de "Señales de Humo"; tu respuesta a los ladridos que anunciaban el comienzo de "El Ritual de lo Habitual". Tu infinita imagen en el ventanal de la sala. La sensación estomacal al dejarte demasiado tiempo solo. Tu recibimiento eufórico y torpe. Tus demostraciones selectivas de cariño y tus manifestaciones sistemáticas de indiferencia. Anunciar los viajes a la casa de la abuela; tus ojos y casi sonrisas al decir "¿vamos?" u "oye...". Tu capacidad para apropiarte de cualquier terrirorio ajeno, sometiendo todo y a todos a tu paso. Tus orejas volando por la ventana del carro. Tu felicidad... Tu cara y patas asomando por el borde de la cama cada mañana; los resoplidos y manazos previos al ladrido para que nos levantáramos a atenderte como dios mandaba.
Que nunca te lavé los dientes. Tampoco volvimos al Metropolitano. Que no cuidé como debía que no te mojaras las orejas cuando bebías agua; que nunca me atreví a cortarte las uñas y no intenté que me dejaran verte mientras te bañaban. Que nunca salimos a carretera juntos...
Que pude haber hecho más por ti, tanto más. Que me diste mucho sin proponerte nada más que exigir una vida cómoda y amada. Que fuiste prácticamente el único víncluo que M. y yo sosteníamos en tiempo de agonía. Que lograbas fascinarme con tus ronquidos y tus estiramientos. Que te lloré tanto, tanto. Que recuerdo casi diario que te quiero olvidar. Y que espero con todas mis ganas que tú lo hayas hecho y seas feliz.
No que yo no lo sea. Todo sería mucho más frustrante y absurdo si nuestro desprendimiento no hubiese servido siquiera, por lo menos, para ser felices. Pero anoche pensé mucho en ti porque me hiciste falta cuando el hoyo negro se abrió a mis pies y me absorbió. El mismo hoyo negro, inmenso y misterioso, con el que llegué aquí: el arrepentimiento.
Y es que ayer pasó que la noche me rompió el sueño y un poquito de esperanza. La noche que algunos entienden mágica, ésa misma, a mí me devolvió a la realidad, donde todos somos lo que somos y no cambiamos, donde uno es mucho de resistencia y poco de consideración.
Anoche mis ganas ansiosas e histéricas por destruir me recordaron que nada es mío, que todo lo debo. No pude tocar nada más que mi cuerpo: por algún lado había que comenzar.
Si hubieras estado tú, te habría tocado a ti, jamás para destruirte ni destruirme, sino para sernos suficientes.
P.

lunes, diciembre 04, 2006

TWS



Los seres de las casi sonrisas

Estúpidamente buenos

P.

Horroris causa

Para quien haya dicho que el ganibetazo de felipillo era monocromático, siempre en la gama del azul, yo digo que no. Aquí mi ex gober, el FRA, el más priísta de los panistas. No, mejor: el más priísta de los priístas. Para todos aquellos con nostalgia de la ley "por mis güevos" (neta, creo que alguna vez dijo así como "porque digo yo"), para quienes añoran aquellos días felices en los que las cosas se arreglaban a macanazos, ya llegó su pachucote: FRA, FRA, FRA!

Auguro una excelente relación entre el flamante secretario de gobierno y los medios de comunicación (en Jalisco, bendito dios, dejó de dar entrevistas porque los reporteros lo hicieron enojar. ¡Ah cómo me lo jodieron que si con el 28 de mayo, que si con Arcediano, que si con el aumento al transporte público...! Pendejadas, pues). Seguro los lazos se estrecharán con los altermundistas de México. Las comisiones de derechos humanos del país entero pueden regocijarse ante la certeza de que sus recomendaciones serán escuchadas y atendidadas. Minibuseros de México: ahora es cuando; FRA tiene un especial afecto por el transporte público, sobre todo el suyo, el que dejó en Jalisco. Por fin -de nuevo- inciará una -otra- época dorada en la PGR y en todas instituciones im-partidoras de justicia. Lustren sus escudos y toletes, surtan las reservas de tehuacán y chile piquín, estudien juiciosamente el manual "cómo torturar sin dejar huellas evidentes". FRA está aquí. Y llegó para quedarse.

Lástima que la primera medida de su hijo desobediente fue bajarle el sueldo al más puro estilo softpopulista. Bueno, supongo que lo sabía de sobra. Será uno de los primeros sacrificios que nos cobrará caro.


Ya más en serio -sin que lo otro dejara de serlo-, la presencia de FRA en el gabinete y, estratégicamente, como secretario de gobernación, es un síntoma claro de los tiempos que corren. A "la gente" eso de la democracia y el diálogo no le funciona, no le "hace sentido", si meros ejercicios electorales, instituciones discrecionales de transparencia, libertades de expresión caprichosas, menguados organismos de derechos humanos, se acompañan de incrementos importantes en la delincuencia organizada, del reforzamiento de las redes de narcotráfico, de mapas claros de violencia e impunidad dentro de los cuales, ante la confusión y la pereza de pensar un poco más las cosas, ubican también a las APPO's, a los EZLN's, a los soporiferos AMLO's y más soporíferos AMLO'ístas. En un oscuro y pesado saco de anomalías cabe todo lo que se mueva, sea legítimo o no, sea legal o no, sea justo o no. Para "la mayoría", la presencia y empoderamiento de cualquier tipo de elemento perturbador se justifica y patrocina desde un Estado retraido, incapaz de decidir entre ejercer el poder que se le atribuye o dialogar perenne y torpemente.

Si bien al srio. de gobernación no lo elige "la gente", los nexos entre FRA y felipillo eran claros. Ni más ni menos fue el de Jamay quien destapó a nuestro ahora presidente en el desde entonces (más) glorioso estado de Jalisco. Y a felipe (lo siento pero sí, cómo no) lo eligió "la gente".

"El pueblo" quiere que se le proteja, quiere orden, mano dura. Si la democracia implica tanto barullo, entonces seguro no vale la pena. Si este desmadre es la democracia, pues no funciona y no la queremos. "La gente" quiere claridad, y un golpe siempre será más certero y explícito que un discurso. Ante la sensación de un vacío de poder, el autoritarismo es una tentación muy grande. Es políticamente incorrecto reconocerlo, pero en el fondo se desea.

P.