miércoles, noviembre 29, 2006

Vientos cruzados


Cama, ventana, cortina y viento. Paredón, Coahuila
Ayer había escrito un post para esta foto que hablaba sobre la inmensa comodidad que sentía en este nuevo espacio que habitamos, de cómo lo disfrutaba en cada una de sus partes y en toda su incompletitud (en demografía la palabra existe, no sé si en lengua banal también). Blogger colapsó poco antes de publicarlo, mientras aderezaba un poco la fotografía, y desistí.
Decía que me gusta lo que el departamento tiene, pero me gusta más lo que no tiene, sobre todo las cortinas que, aunque entiendo su función, la vista y cantidad de luz que entran por sendos ventanales me parece fascinante. Le hace falta la cama grande, pero ayer pensaba que no importaba, que prefería los roces constantes y la cercanía. Sólo me apena un poco tener que despertar a M. para pedirle que me haga un espacio cuando yo me acuesto hasta la madrugada. Necesita una sala, y mi opción acojinadora no parecía muy popular; pero en realidad no me importa no tener muebles. Prefiero el espacio libre, la sensación de amplitud que compensa otra estrechez. Contaba de mis ganas de decorar las alfombradas extensiones, de tener una tele sólo para que acompañe a un dvd, sucribirnos en el dvdromo y hacer nuestros propios ciclos de cine, con nuestros propios menús VIP. Decía que agradezco que sus cuatro pisos y sus 96 escalones me impongan una actividad física durante el día, a mí, que tengo por lema "de bajada la vida es más sabrosa". Que me encantaba el balcón, los cerros de día y las luces de noche. La cocina, con su monstruo de estufa y su monstruo de horno, la perspectiva de mi imperio desde la barra desayunadora, el espacio entre el fregadero y el refrigerador, el ropero de puertas corredizas que hay por alacena. El escritorio, la señal pirata de internet, la inusual (para mí, se entiende) cercanía con el periférico; haber aprendido a escuchar el flujo de automóviles cual "río que corre entre piedras" (T. 2006. Conversación personal). Prefiero los carros a los niños que entran y salen de las escuelas de enfrente y corren y gritan y escupen y ensucian y se acuestan sobre los coches y plagan las banquetas y hierven a la hora de entrada y salida. No me caen bien. Y tengo el tino de salir de casa cuando entran los del turno matutino y regresar cuando salen los del turno verspertino.
Decía que me sentía muy reconfortada de volver aquí, a un lugar así, con él, después de vivir las desilusiones cotidianas en la escuelita. El trimestre prácticamente se acaba; estoy a dos ensayos y un examen -el cual aplico, por cierto, en unas horas- de concluir esta primera etapa y comenzar a elaborar, sin piedad alguna, mi primer balance. A pesar de la rapidez asombrosa y desquiciante con la que corrieron los primeros dos meses y medio, las dos últimas semanas transcurrieron para mí lentas, pesadas, refunfuñonas. Creo que sé cuál es la causa y, si es lo que supongo, no hay nada que yo pueda hacer al respecto. No es algo que yo controle ni pueda cambiar; simplemente no depende de mí. Lo único que yo podría trabajar en ese sentido es mi reacción ante el asunto. Fortalecer la paciencia o la resignación, lo que llegue más rápido y dure más. Hay que ser inteligente, adaptar las expectativas en lugar de frustrarlas. La lección es clara y resuena hondo: tengo que parar de idealizar; la realidad termina derrumbando todo.
Seguro es por eso que este espacio me resulta tan reconfortante, porque no me lo esperaba, porque nunca lo pensé. No me di tiempo de exigirle nada y entonces no puede decepcionarme. Anoche quería decir que me parece que es un lugar que invita a repensar los planes, a quedarnos por aquí más tiempo del estrictamente necesario. Crear rutinas y rituales para un sedentarismo perdurable y apacible. Construir la calma chicha que acabará por desquiciarnos.
Pero ya no.
P.

lunes, noviembre 27, 2006

Hoy no


Hoy no. La verdad hoy no. No hubo clic, sino clunk. Hoy no encontré motivos. Más bien hoy los perdí, no sé por cuánto tiempo. ¿Por qué uno a veces, cual niña en tina con ojos tapados, se dedica a esconderse de la repulsión que le provocan ciertas presencias bajo ciertas condiciones, con ciertos tonos de voz y ciertos comentarios profundamente insensibles, pretenciosos, torpes y francamente imbéciles? De verdad, ¿qué nos proporciona ese alguien, que preferimos consentir su torpeza a escupírsela en la cara? ¿Desde cuándo yo, niña en tina con ojos tapados, debo lealtad a su majestad la frivolidad? ¿Desde cuándo y por qué me impuse soportarla? ¿Por qué me niego el placer de destrozarla si se lo merece? No es que yo sea decente, mucho menos que esté libre de culpa. Es sólo que podría hacerlo y no lo hago. Hoy dije "no hay forma más suprema de poder que no ejercerlo". Lo creo, de verdad lo creo. Y me jode ser superior.


P.


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(Dos horas después, a la una de la mañana...)

Las dudas fueron respondidas de manera magistral por quien sólo podían ser resueltas: si Einstein logró dar un salto cuántico con respecto a Newton, y Kant hizo lo propio con respecto a Hegel, ambos formulando teorías sumamente complejas y elaborando modelos altamente sofisiticados para explicar el funcionamiento físico y metafísico del universo... ¿qué chingados pasa que "¡pum!"... terminan hablando de Dios?!!!
Por favor, hoy sí. Hoy y siempre.
P.

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Sobre los comentarios
No es mi costumbre responderlos sobre el post (de hecho, no es mi costumbre responderlos at all) pero ahora, porque hay que dar crédito a quien se lo merece, lo voy a hacer.
Yo siempre he supuesto que este lugar es poco visitado, lo cual hasta cierto punto (he de reconocerlo) me reconforta. Pero resulta que de repente tengo visitas, las cuales agradezco sobre todo porque no son visitas cualquiera, sino de ésas medio eruditas, que me hacen el enorme favor de señalar mis desatinos, desde errores de dedo hasta yerros metafísicos. Son, diría yo, visitas correctivas.
Así, agradezco al anónimo dos señalarme el error en el sentido de la causalidad. Tiene toda la razón.
Al anónimo (¿o anónima?, no sé porqué pero...) uno. Temo disentir: se me ocurren otras maneras mucho más fáciles y mejores de hacerse tonta. Quizás deberíamos socializarlas. Parece que es una actividad bastante socorrida, ¿no? El asunto iba un poco más allá; supuse que se entendía. Tiene que ver con la autovictimización cuando suponemos que lo que nos ocurre no tiene que ver con nosotros y nuestras decisiones. Para bien y para mal, somos absolutamente culpables y conscientes de lo que nos pasa, desde el entorno y las acciones, hasta las presencias. Estamos más en control de nuestras propias circunstancias de lo que nos gustaría reconocer. Eso es poder: decidir. Lo otro es, simplemente, opinar sobre opiniones...
P.




domingo, noviembre 26, 2006

Los cuentos del espejo


Alguien se acuerda de una par de labios gordos, gordos y rojos, rojos, flotantes, bailarines, que preguntaban por un tal Timo?

A mí me gustaban mucho, los labios, los cuentos y el Timo ese. Desde entonces aprendí que los espejos cuentan cuentos. Veremos que historias termina por contar éste que nos mira ahora.

sábado, noviembre 25, 2006

Otro Día D

Sábado. Tres de la tarde. Día solitario, lleno de silencios interrumpidos por un crack y un crick. Algo se desgaja. Una grieta se abre y, en algún lugar del intramundo un cerro se desmorona. Quelque chose va pas... Un alud se cierne sobre algún asentamiento irregular de la memoria. Pero el reflejo está dormido. No hay reacción.

No he hecho más que asuntos domésticos. Día de tiendas departamentales y servicios a domicilios. Día de yerros culinarios. De contar con ambas manos y echada en la cama lo que queda pendiente para que el trimestre se acabe de un modo más o menos decoroso. Día de fijar la mirada en el techo, de buscar figuras en las nubes de mi cielo de ¿cemento?, ¿yeso? Nunca he sido buena para identificar materiales. Será la carencia de materia prima (¿quién pensó materia gris?; chistocitos... [¿a quién le hablo? Día de hablar sola, sin duda]).

Día de congestión nasal, pectoral, abdominal, ocular, dérmica, mental. Imágenes pasadas y venideras de jinetes apocalípticos que me recorren entera. La amenaza de lo cotidiano que se resiste a ser normal y se presenta siempre como una catástrofe novedosa. Pero si es lo de siempre... ¿por qué no recibirlo sin mayores aspavientos?, como se recibe a la tormenta que siempre termina por pasar, así la calma no la preceda ni la suceda. Casi nunca. Día de no saber. Sólo de querer. Y vaya que se quiere...

Mientras trataba de aliviar por lo menos una de mis congestiones en el baño, leía un cuento de autor, trama y estilo olvidables; peor: francamente malos. Una úlltima frase -por lo demás mal hecha, barata, gastada- logró quedarse: "Todavía no lo saben. Pero nunca más volverán a verse". Yo continué la historia y agregué que, de haberlo sabido, habrían hecho nada por cambiarlo. Hay finales que mercen serlo. Lo saben y por eso no oponen resistencia.


Pero hay otros que se saben imposibles y seguirán luchando a pesar de quienes los ejercen. Si es nuestro caso, quizás podamos recostarnos, tú con la cabeza sobre mis piernas para que te acaricie el rostro, y observar cómo nuestros finales se baten a duelo permanente, mientras nosotros nos decimos te amo y comemos y bebemos y besamos y reímos y dormimos trenzados. Hay que entenderlo: nuestros finales, el tuyo y el mío, se volvieron amantes.

Día de doparse de futuro. Día de salir a nuestro balcón -por donde para estas horas el sol y el frío caben juntos- y recibirte. Como siempre. Como no hay más.
P.

viernes, noviembre 24, 2006

Mirada I


Se siente bien que me vuelvas a mirar. Se está bien cuando me tienes. Uno casi siempre está rodeado de certezas sin quererlas reconocer.
¿Es éste el orden que deben guardar las cosas?
Si hay algo que pueda sentirse y llamarse natural es tu voz, tu piel
y la infinita certeza de tu mirada sobre mí.

P.

lunes, noviembre 13, 2006

Evidencia: tardía e incompleta

Y entonces...
Hace días quería pasar por aquí, decir algo de todo lo importante que uno supone que tiene por decir. Pero no. Llegaba y me iba sin dejar nada. No he sabido bien qué decir. Es indudable que han pasado cosas que han provocado más de una reflexión y que merecerían ser compartidas. Pero no sé, algo pasa. Tal vez sea la sensación de que hay algo que estoy haciendo mal.
El trimestre está a punto de terminar. Quiero dejar que en efecto concluya para hacer un balance de las cosas. Sospecho que no será del todo satisfactorio, no en función de mi desempeño en la maestría, sino del saldo que arroje la evaluación de expectativas no cumplidas. Entre que me gusta y no, entre que me hallo y no. Por lo pronto subrayo dos cosas: uno, mi capacidad para comprometerme y ser eficiente incluso con lo que no me convence del todo, incluso con lo que me molesta; y, dos, mi tendencia a idealizarlo todo, las situaciones, las cosas, las disciplinas, las formas y los fondos y, por supuesto, las personas. Dos asuntos que serán fundamentales para la hora del juicio no final sino parcial, porque lo que sí es un hecho es que esto no se acaba hasta que se acaba.
Por lo otro: he vuelto. Estoy muy contenta. Esto es un poco como empezar de nuevo con lo mejor de lo viejo y los mejor de las posibilidades futuras. El proceso, si bien corto, fue nutritivo, revelador, suficientemente claro para desentelarañar el amor por dar y por recibir. Estamos en un espacio lindo (caro, sí), en una ciudad que hemos recorrido poco por estar absortos en lo propio, pero que nos parece encabronadamente estimulante. Justo ayer, en La Selva, en el centro de Tlalpan, mientras llovía afuera y yo leía adentro, tuve la sensación de ser turista, tal vez de lo bien que me sentía, como aquella vez, también en La Selva pero de San Cristóbal de las Casas [sí, donde me preguntaron cuánto duraba cada cosa... Ja! No tengo ni puta idea...]. Pero ahora eso de andar de extraña, de ajena, me molestó un poco. Quiero que esto me pertenezca.
Y tuve que recordar que ésta es ahora mi ciudad, que después de ese café y de lo que nos dispusiéramos a hacer, volveríamos a una casa que podríamos llamar nuestra y despertaríamos al día siguiente a la rutina de cada quien que al mismo tiempo es nuestra también. Fue como el llamado de la conciencia que nos quiere hacer despertar de un breve sueño incómodo: estás despierta, estás aquí.
Me siento diferente con respecto a mi misma. Como dije hace poco, entre menos me pienso y más me vivo, me caigo mejor. Entre más me distingo de gente que me disguta me disfruto más, me acentúo más, me agudizo, me vuelvo crónica de mí, pero de un modo mucho más feliz. Esta que soy, ésta que veo y saludo todos los días, ésta que yo me preguntaba si podría ser, comienza a visitarme con mucha mayor frecuencia que antes. A veces le abre la puerta la otra, claro, sigue aquí, pero ya comienzan a conversar.
No sé exactamente qué sea lo que me va transformando en mí, sea el proyecto, el smog del df, el gusto que parece que despierto y me reivindica ante mí (triste quizás, pero profundamente necesario, creo); el regreso de lo que, afortundamente para mí, se resiste a perderme; mis 27 y sus posibilidades de futuro siempre en función de los antecedentes (me gustan mis antecedentes!!!). O todo. O nada y no tengo idea.
Pero, en efecto, hay algo que estoy haciendo mal. Y es grave. Mis papás no saben nada de nada de mí desde hace más de un mes. Las fechas, por supuesto, no son gratuitas. Segura de que mi madre lo sabe todo no me atrevo a llamarle y explicar lo que es evidente para la lógica del instinto maternal. No sé qué tan desarrollado tenga el instinto mi padre, pero haberlo aceptado de vuelta con todo y la ayuda que ahora deberá concluir implica darle explicaciones. Eso me frustra sobremanera, particularmente porque entiendo perfecto porqué debo hacerlo.
Me he alejado de gente con la que me propuse tener contacto, tanto en GDL como en el Df. Sí, es falta de tiempo a veces, otras de dinero y otras tantas de ganas. Pero no era lo que quería y, como siempre sucede en estos casos, el tiempo equivale a distancia: entre más pase uno, más se alarga el otro.
Y como siempre pasa (también) desde que estoy en esto, justo ahora debería estar haciendo otra cosa.
P.