miércoles, septiembre 20, 2006

Una tontería


Llevo clases de sociología en la maestría, y en dos sesiones me he enterado, aprehendido y aprendido, lo que se supone que debí haber sabido desde hace cuatro años. Lo digo no con poca vergüenza, pero con más tristeza por mi alma mater.

Me he convertido en la improvisada "profa" de sociología dentro del interdisciplinario grupo de amigos con los que comienzo a moverme. Ayer, mientras discutíamos la siguiente lectura, se me ocurrió contarles de la profunda emoción que me produjo -cuando lo leía por ahí de las dos de la madrugada- la reproducción de este fragmento de un texto de Norbert Elias. Dije una tontería así como que había encontrado, por segunda vez, poesía en la teoría. Por supuesto, se me quedaron viendo de un modo sumamente extraño, casi compasivo y, aunque creo que quisieron compartir mi éxtasis, es algo que simplemente no se puede entender en todos los casos. Hay cosas que definitivamente no están hechas para compartirse. A ver si aquí encuentra eco; no es nada complicado, es una imagen muy infantil, casi tonta en realidad -no porque lo infantil sea tonto ni mucho menos.

"Again and again... people stand before the outcome of their own actions like the apprentice magician before the spirits he has conjured up and which, once at large, are no longer in his power. They look with astonishment at the convultions and formations of the historical flow which they themselves constitute but do not control".
The Society of Individuals, Norbert Elias

No sé si siento consuelo. O más tristeza. Cuántas veces he sido la aprendiz de bruja (la magia a mí no se me da; la brujería tal vez. Ya tengo mi vestido) y cuántas veces el caldero se ha convertido en mi caja de Pandora. Creo mis demonios y mis demonios me crean. Creo en mis demonios pero mis demonios no creen en mí.

P.

lunes, septiembre 04, 2006

Una semana después

Hace un par de días tenía muchos deseos de escribir sobre lo que iba pasando durante mi primera semana en el D.F. Lo he hecho de manera especial para mis padres (qué curioso suena el plural…) y para uno que otro amigo que se tomó la molestia de preguntar qué tal iban las cosas. El relato de las anécdotas se repetía varias veces y fue perdiendo relevancia y actualidad para este espacio. Es un hecho que la tensión disminuyó y que día a día me sentía menos abrumada conforme las cosas iban marchando una a la vez.

La primera noche fue difícil. Nunca había tenido una igual. Y no es que haya sido particularmente terrible. Fue compleja. De no saber exactamente qué es lo que se siente ni lo que se piensa. Era una sensación en el estómago, la misma que me sobrecogía de pequeña y que con el tiempo fui asociando con quererme ir del lugar donde estuviera y volver con mi mamá. Fue un momento de estar ante una situación sobre la que no podía perder el más mínimo control y estar, a final de cuentas, descontrolada. De contar con ambas manos las separaciones que entonces no se creían tales. García Ponce dice en algún relato que, en la medida en que el futuro no existe, uno nunca se entera de cuándo está por concretar una última vez. Tampoco una primera. De verdad no supe que iba construyendo tantos finales. Me he ido enterando conforme pasan los días y lo de siempre no se repite.

No dormía pensando en eso y en todo lo que tenía que hacer para construirme una estabilidad mínima que me permitiera funcionar. Finalmente era un hecho que yo tenía –y aún tengo- un propósito muy particular en esta ciudad, y que todos mis esfuerzos deberían estar orientados en términos de dicho objetivo. Pero no me doy cuenta de mi disposición hacia los retos hasta que los he superado. Todo me parece difícil hasta que resulta que ya lo hice.

Me revolcaba en el reducido margen de la voluptuosa colchoneta. Resolví que lo primero que podía hacer para ayudar a que la desesperación disminuyera y la asfixia retrocediera era reconocer que tenía miedo. Negarlo era, además de inútil, más estresante aún. Tenía que aceptar, por lo menos esa noche, que a pesar de mis 26 (casi 27) estaba asustada y paralizada. No ser capaz de reconocer los espacios, las voces, los olores y los sonidos cotidianos me sobresaltaba. La ciudad me daba miedo. No entendía el barrio, me sentía solísima, triste por un indiferente silencio; el agobio por comenzar de cero con poco tiempo y dinero me oprimía el pecho. Lo peor de todo era que no sabía dónde quería estar, adónde sería bueno huir esta vez. Aquí ya no podía hacerlo. Donde fuese las mismas imperiosas obligaciones me perseguirían. Lo estimulante del asunto estaba cediendo terreno al miedo; pasé de una incertidumbre gozosa a mi familiar temor a lo incontrolable.

El segundo paso consistió en reconocer que todo lo anterior era más o menos normal. Lo ilógico habría sido lo contrario: no sentir ni el más mínimo espasmo al estar sola en un lugar desconocido, rodeada de gente extraña, para entonces a todas luces sospechosa de cualquier cosa, sin la menor idea de los dóndes y cómos. El tercer y último paso fue concluir “como siempre, de algún modo se hará”.

Y así ha sido. En realidad, pocas veces me he sentido tan en control de las cosas. Por supuesto existen variables fuera de mi alcance, pero voy caminando convencida de tomar las decisiones correctas sobre lo que, en efecto, puedo elegir. Más importante aún, tengo control sobre mis errores. Y me basta sólo con mi regaño para corregir el rumbo.

El departamento va tomando forma poco a poco; se va volviendo amable aunque aún no soluciono del todo el asunto de la iluminación y la ventilación. He ensayado algunas formas pero todavía no doy con la buena. Por lo pronto me he hecho de varios artefactos para disfrazar el olor a encerrado. Ya duermo en cama, aunque es evidente que me había desacostumbrado al tamaño individual; pienso que será mejor pegar un costado de la cama a la pared, para así sólo caerme de un lado. Dejé de comer en la calle, lo cual resulta bastante gratificante cuando uno radica en la capital mundial de la garnacha y desde las siete de la mañana lo único que se encuentra son sopes, pambazos, tlacoyos, barbacoa, menudo (pancita, perdón), flautas, tortas al por mayor en sendas teleras, tamales, etc.

El café de Juan Carlos es y será –hasta que consiga comprarme mi cafetera- eternamente agradecido, así como su conversación, las galletas de siete granos que me deja “robarme” y toda la ayuda que ha brindado para conocer el barrio, sus virtudes y sus mañas. Él me ha enseñado a no andar por las banquetas que han tomado los vendedores ambulantes cerca de la estación del metro, sino caminar por la calle para evitar asaltos. Me ha dicho por cuáles calles sí y por cuáles no, a qué hora sí y a qué hora no, en dónde sí y en dónde no.

Me he dado tiempo para probar varias rutas hacia la escuela; como sucede aquí con casi todo, hay más de una posibilidad. Camino y camino y camino, no sólo porque así me da menos miedo perderme –ya sé, no suena lógico-, sino porque creo que es la mejor manera de conocer y familiarizarse con los espacios. El recorrido hacia y en el parque de los venados se ha vuelto un paseo recurrente, muy agradable. La cantidad de espectáculos ex profeso e involuntarios que uno puede presenciar ahí cotidianamente son muy estimulantes. El jueves fue la primera ocasión en que lo visité, por ahí de las ocho de la noche. Una carpa inmensa resguardaba una veterana multitud que bailaba danzón bajo las órdenes de una danzonera espectacular. Los hombres de pachucos, las mujeres con flores en el pelo; los tacones dorados y de plata, las medias sobre las uñas rojas, igual que los labios. Vestidos ajustados sobre cuerpos maltratados, sombreros ladeados. Todo lento, lecciones de cadencia y de paciencia. Pasos de fantasía, besos, muchos besos en los labios rojos y desdibujados. Comenzó a caer una lluvia ligerísima que iba y volvía. Casi se sentía, casi mojaba, como el danzón. “El danzón, baile facilitador de noviazgos y matrimonios, testigo del paso de generaciones. El danzón, promotor de la bonita familia mexicana”, según el maestro de ceremonias, el pachuco mayor.

Así he paseado por varios lugares, siempre sola, redescubriendo que aún queda en mí algo de asombro que sólo espera la menor oportunidad para ser niña. Lo que sí me va hartando –mucho y muy pronto- es la vendimia de todo y en todas partes. No es que mi postura política al respecto me ponga en contra de ellos; es simplemente cansancio, cansancio visual, auditivo e incluso olfativo. Calles enteras huelen a fritanga y es imposible pasar por allí sin que el pelo o la piel queden levemente pringados. Todo a gritos, gritos al aire y gritos a uno. Por entre los puestos todo parece permitirse y lo mismo se puede encontrar a un hombre orinando, que a niños pequeños durmiendo sobre cobijas o parejitas fajando. No parece que dependa de la intensidad de la luz o del flujo de compradores: lo que rifa en la calle son las ganas, de lo que sea, en donde sea.

El viernes visité la escuela para concretar algunos trámites. La recorrí de nuevo –por tercera ocasión- y por ridículo que suene, la perspectiva era diferente. Recorría los espacios imaginándome al hacer uso extensivo y extenuante de ellos. Conocí a dos o tres personajes con los que parece que tendré contacto a lo largo de la maestría, supe mi horario, los nombres de mis profesores, me inscribí a la materia optativa, jugué con el cachorrón de beagle que tienen ahora por mascota y que me recuerda tanto a los Cucos (por cierto, parece que los parroquianos del parque de los venados tienen especial predilección por los basset; sólo hoy, en un recorrido de media hora, vi cinco. Cada que me topaba con uno cambiaba de dirección para ir hacia el lado contrario. [Por cierto II: sé que está muy bien, muy contento en un rancho donde se la pasa jugando con un montón de perros; come muy bien y todo indica que está pasando por un proceso de re-socialización que le ha amansado el carácter. Parece que le ha hecho bien estar lejos de su histérica mamá; seguro extraña la condescendencia de su papá. Tiene varias posibilidades de encontrar casa; hay más de un voluntario y están evaluando cuál es el mejor]).

Después de ir a FLACSO pasé al Colegio de México, donde habría un homenaje a Carmen Miró, demógrafa de la cual tenía sólo una vaguísima idea que el tributo terminó de redondear. Como suele suceder en los homenajes a la trayectoria de quienes siguen célebremente vivos, lo más interesante de estas sesiones no son los repasos de la obra, sino las anécdotas de vida, las más cotidianas, las más viscerales. La mujer lo sabía y fue generosa en testimonios que pasaban de lo jocoso a lo dramático ante un público pasmado en el mejor sentido del espasmo.

Este fin de semana me he propuesto dormir mucho, pero no lo logro; ya no estoy cansada realmente y asocio dormir de día con estar deprimida y no lo estoy. En cambio, temo estarlo si decido encamarme varias veces al día. La cama siempre da para pensar, pensar mucho en lo que se debe pensar poco, por lo menos mientras uno termina por dormirse. Mis sueños durante esta semana han sido prueba de ello. Son sumamente obvios, las referencias son clarísimas, tanto que debo despertar dentro del sueño para razonar sobre la veracidad de lo que sin duda no es. Hay una necesidad clara cuya satisfacción involucra a varios personajes. Uno de ellos es inamovible. Supongo –espero- que irá pasando.

Como todo. Como siempre.

P.