lunes, agosto 28, 2006
lunes, agosto 21, 2006
Usted sigue aquí (¡carajo!)

Usted sigue aquí, en la sala de espera.
(¿Cuánto tiempo dura un impass? Alguna vez, en mi libreta, en San Cristóbal, mientras me desvestías el miedo, escribiste "¿cuánto tiempo dura cada cosa?". La respuesta parece haber llegado).
Usted sigue posponiendo las cosas, dizque en aras del pragmatismo.
Usted ha perdido en cuestión de un par de días la casa, el perro, el trabajo y el amor.
Usted ha dejado y ha sido dejada. Usted se ha orillado al desarraigo.
Usted pensaba que todo sería mejor y ahora no está tan segura. "Nada que valga la pena puede sentirse así de mal", se dice.
("Nada que quiera estar bien puede comenzar así de mal", se dijo, y llamó al día siguiente y dijo no y entonces se arrepintió pero supo que era lo mejor).
Aunque usted no lo crea, el tiempo pasa corto y pronto querrá menos de esto y más de lo otro. Si usted piensa que las cosas no pasan, mírese en el espejo, recuérdese hace seis años, extráñese y asómbrese. Si usted cree que no se puede olvidar, pregúntese cuánto recuerda.
Por ahora, lo único que quiere saber es si se puede perdonar, si él la podrá perdonar alguna vez y, de no olvidarla, recordarla con menos dolor y rencor.
Usted ha querido tanto que no hay camino de regreso.
P.
lunes, agosto 07, 2006
domingo, agosto 06, 2006
De certezas e incertidumbres
sábado, agosto 05, 2006
Apenas
"Palabras Ajenas" sería un espacio donde ésta que vengo siendo desde hace un tiempo terminaría de decir todo lo que habría de decirse mientras uno no es quien es. Y no termino. No termina nunca. La conclusión tendrá que ser, irremediabemente, que sí es ésta la que soy.
***

***
No entiendo.
Me mudo al D.F. en una semana. Y como siempre que me abruma la exigencia de la acción continua y congruente, estoy paralizada. El estómago no responde correctamente desde que regresé de aquel viaje. La inflamación duele al tacto y a la vista, alimento de mis obsesiones. Una leve punzada se esconde en el vientre, a veces arriba, otras de costado. La improductividad intestinal no es del todo nueva: no necesito una crisis para estreñirme, pero hacía un buen tiempo que no pasaba. La única diferencia que identifico entre entonces y ahora es una prolongada rutina en la que tenía por único desayuno tardío un americano doble y un bisquet. Durante el viaje agregué papaya y cambié el bisquet por un panqué extraño pero decente de La Blanca. Concluyo que lo único que el café despierta en mí es el estómago, lo cual es ya tanto.
Tengo el aliento y la lengua calientes, innegables síntomas de disonancia. La enfermedad me ronda, puedo sentirla oliéndome la nuca. Será que así manifiesto la tensión que no soy capaz de transformar en movimiento. Tengo sueño por las tardes; mis días están incompletos. Me muevo apenas. Disfruto apenas. Tengo miedo apenas.
***
¿Y por qué sueño así?, ¿por qué todavía, por qué todo el tiempo? Una prueba más de que soy quien niego ser. Pero a veces parezco tan otra, una que me gusta, una que entiendo, una que se me abre para quererla. Una que me atrae desde el espejo, una que retoco con más cariño. Una más amable, más divertida; que toma decisiones certeras y alertas. Parece capaz de comprender. Me gusta en lo que ésa se entretiene, por dónde van sus pensamientos, su soledad, su manera de arrastrar el presente hasta un futuro de azar domesticado, de cómoda y estimulante incertidumbre. Me gusta su porte, su autonomía, su sonrisa. Me gusta lo que provoca, cómo la miran; me gusta el reflejo que los otros le devuelven de sí misma.
Una que parece fácil de querer. ¿Será que soy?
P.
