miércoles, enero 25, 2006

25 de enero de 2006

Hoy me siento fuera de foco, borrosa, difuminada. Como si al lado mío caminara otra parecida a mí que no sabe en dónde está. Una experiencia bastante barata de desdoblamiento. Estoy mareada, me duele la cabeza a pesar de -o gracias a- las pastillas, me muero de sueño. Las cosas no dejan de pasar y de exigir mi menguada presencia. Son tantas que no atino ni siquiera a escribirlas para tenerlas claras. Estoy cansada. El perro no dejó de ladrar hasta que, en la quinta ocasión que salí a pasearlo en un lapso de tiempo no mayor de diez horas, decidí fatigarlo hasta que se sentó y no quiso caminar más hacia otro rumbo distinto que no fuera el de la casa. En cuanto llegamos a ella los dos nos derrumbamos sobre las respectivas camas.

Me siento sucia. Mi propia limpieza corporal no alcanza para compensar la suciedad y el desorden en el que me parece que vivo y transfiero a mi piel y cuero cabelludo. Me deprime ver mi y nuestro espacio así. Por eso ahora, después de la caminata defecadora mañanera, quise hacer algo y limpié hasta donde cajas apiladas, papeles, libros, periódicos, muebles sobre muebles, me lo permitieron, lo cual no es mucho decir. Esto tiene que terminar pronto; la mudanza no puede durar para siempre. Comienza a incidir en mi ánimo y disposición.
Entre limpieza y comida pasaron sólo treinta minutos que aproveché, precisamente, para bañarme. Me vestí con poco ánimo, reflejado en mi atuendo "para quedarse en casa". "Después de las tres, como si no estuviera aquí: me dedico a lo mío. ¿Estamos?", pensaba todo el tiempo, "la carta de motivos, la lectura de los textos para el curso, el llenado de los formatos, los correos por revisar y por mandar, los papeles que me pidió Mercedes -parece molesta conmigo, por lo menos distante; ¿habré hecho algo mal?" ...

Se dieron las cuatro y yo seguía lavando los trastes de una comida sobrada en pimienta que ahora me provoca gases, con el sonoro ladrido de la bestia persiguiéndome todo el tiempo. Confieso que estuve a punto de llorar, por la desesperación y por el testereón que le di a mi mentón recién cosido en un brusco intento por señalarle al perro el camino a la chingada.

Además, desde que ocurrió, todo el tiempo me ha rondado la preocupación de qué carajos ocurrió el domingo -cuando me partí el mentón arriba mencionado. ¿Qué me pasó? La gente no se desamaya nomás por nomás. La posibilidad de que halgo falle en mí, además de preocuparme, me hace repensar los planes futuros. Los viajes, la maestría, la maternidad. No ser apta para... y además morir en el intento. La pregunta insistente de aquel día "¿estás embarazada?", pues no. Nancy -con sus dos hijos y su amplia experiencia-, diciéndome aquella otra vez que "una puede embarazarse y seguir reglando". No mames, pinche flaca; cómo va a ser...
En fin, que ya son las ocho de la noche y de lo mío nada. Ahora estoy en internet buscando y diciendo pendejadas, encontrándome sorpresas en el camino. Por cierto, yo pensaba que lo mío era descabellado, totalmente fuera de todo parámetro de normalidad, algo ya dentro de lo patológico. Pero ahora veo que no; que es una idea brillante que se les ocurre a varias mujeres y que, por lo menos cuando la experimentan conmigo, tienen éxito. Bien por ellas, yo nunca me atreví. Y aquí sigo, rodeada de fantasmas, bultos, fardos amorfos y pesados a los que ya me he acostumbrado a dar los buenos días cada mañana que me despierto.
Pero yo estaba en las pendejadas y las sorpresas, y en que a veces me sorprendo a lo pendejo. Ya me resigné a dejar ir un día lleno de cosas hechas que hice sin querer hacer porque de otro modo no se habrían hecho y mi molestia habría crecido al nivel del "tenemos que hablar". ¿Vivir?: ¿es lo que nos pasa mientras hacemos lo que no queremos, en espera de un momento para hacer lo que deseamos?
El perro duerme ahora a mis pies, sobre la almohada que para él he dispuesto bajo mi escritorio, donde deberían extenderse las piernas que ahora recojo sobre la silla. Ronca fuerte y profundo. Yo no sé porqué -quizá porque me conviene- traduzco este gesto en placer. Su placer me provoca satisfacción, seguridad porque protejo, confianza porque puedo hacerlo feliz, con no pocos corajes en el camino. Pinche Cuco, pareces la puritita verdad... cómo te quiero, cabrón.
P.

martes, enero 17, 2006

Fenomenología amateur

Fue cuando estaba en segundo semestre de la carrera, hace casi ocho años (puta madre!!! ocho años ya!!!!) y comenzaba a cuestionar la pertinencia de mi decisión profesional. Un día antes había tenido una jornada académica nefasta, patrocinada por algunos de mis pseudo mentores y mis esperanzas y expectativas estaban por los suelos. Tenía, por si fuera poco, el corazón reseco, deshidratado y en franco proceso de resquebrajamiento. Todo iba mal. Entonces resonó una voz cálida que leía en voz alta en el centro de un aula helada y ahora silenciosa, estupefacta. Zeyda, mil gracias: me regalaste la poesía en la ciencia, el amor en el cerebro y no sólo en el estómago. Bueno, sí, gracias a Schutz también. Me quedó claro -después de un sobrelectura, probablemente- el proceso de conocer "íntimamente", amar y, por supuesto, despedirse. Siempre despedirse y empezar a desconocer. Ya lo dice Elizondo en El Hipogeo Secreto: en resumidas cuentas, aspiramos a desconocer el mundo. Va.


"Cuando tengo una evocación de ti, por ejemplo, te recuerdo como eras en la relación-nosotros, concreta, como alguien que interactuó conmigo (…). Te recuerdo como una persona vívidamente presente para mí con un máximo de síntomas de vida interior, como alguien cuyas vivencias he presenciado en el proceso real de su formación, a quien yo, durante un tiempo, iba conociendo cada vez mejor, cuya vida consciente fluía en una sola corriente junto con la mía y cuya conciencia estaba cambiando continuamente de contenido. Sin embargo, ahora que estás fuera de mi experiencia directa, no eres más que mi contemporáneo, alguien que meramente habita el mismo planeta que yo. Ya no estoy en contacto con el tú viviente, sino con el tú de ayer. Tú, en verdad, no has cesado de ser un yo viviente, pero tienes ahora un “nuevo yo”; y aunque soy contemporáneo de él, mi contacto vital con él se ha interrumpido. Desde el último momento en que estuvimos juntos, has tenido nuevas vivencias y las has enfocado desde nuevos puntos de vista. Con cada cambio de vivencia y enfoque te has transformado en una persona levemente distinta. Pero en cierto modo yo omito tener presente esto en la praxis de mi vida diaria. Llevo tu imagen conmigo, y sigue siendo la misma. Pero entonces oigo decir, quizá, que tú has cambiado. Y luego comienzo a mirarte como un contemporáneo; no cualquier contemporáneo, sin duda, sino alguien a quien yo conocí en un tiempo, íntimamente".

La fenomenología del mundo social. Introducción a la sociología comprensiva, Alfred Schutz.

viernes, enero 06, 2006

Posibilidades

En casa hay un objeto maldito. Me está esperando. Supone que finalmente me acerco, lo miro recelosa desde mi altura fingiendo que escudriño cuando en realidad nada alcanzo a ver a esa distancia. No es que sea muy alta, es que soy muy miope. Supone que finalmente me agacho: doblo un poco las rodillas y sigo mirando. Adivino. Tiemblo. "¿Por qué ahora?" pregunto, "¿por qué aún?, ¿por qué siempre?". Supone que finalmente lo toco... y luego no... y luego vuelven las puntas de los dedos a rozarlo, aunque sabe que más bien querría estrujarlo entre mis manos en un apretón ígneo que lo fulminara. Maldito hallazgo. Esto no es azar. Supone que finalmente lo tomo y vacío su contenido sobre el suelo, sobre el cual confirmo lo que sospechaba y sobre el cual, también, me sentaré a observarlo con la delicadeza de la catástrofe. "¿Por qué siempre lo sé?", me preguntaría ahora. No sé si supone alguna música de fondo para tal escena. Supone que finalmente lo desmenuzo, que pliego y despliego su fondo y forma, siempre distintos y al mismo tiempo siempre iguales, incrédula de mi propia incredulidad. "¿Por qué siempre lo sé y sigo aquí?", no me atrevería a preguntar. Maldito hallazgo. ¿A quién debo odiar por esto? Puñado de símbolos candentes que tatuaron otras pieles, que impregnaron otros aires con el hedor que produce la fricción de soledades confundidas en fluidos lentos y espesos. Palabras, palabras gemidas, palabras suspiradas, palabras lamidas, gritadas, desgarradas, palabras sangradas. ¡Las putas palabras ajenas! Miradas que reflejan pupilas que reflejan vacío lleno de éxtasis. Muérete... maldito hallazgo. Recuerdos de amor, ¿recuerdos de amor?... ¡¿recuerdos de amor?! ¡Imbécil!... recuerdos de amor. Amor que no es más que recuerdo, tanto como todo lo que ya no es y no tiene posibilidades de volver a ser jamás. Recuerdo de todo lo que no es más... contigo, que ahora no eres tú sino yo misma. ¿Dónde está mi propio objeto madlito? Lo necesito para hacerte pedazos ahora. ¡Quiero venganza! ¿Dónde lo puse?, ¿dónde lo dejé? Era grande, luminoso, intenso, de una presencia incuestionable. Ahora recuerdo: yo lo olvidé. Primero lo negué, después lo olvidé.
Supone que finalmente termino de explorar en un estado de húmedo desahucio exhausto. Sigo en el suelo: comencé en cuclillas, luego sentada, luego desparramada entre pared y helada cudrícula. Tendría fiebre, tendría espanto. Supone que finalmente me levanto después de masturbarme y así, entumecida de mí, amoratada en el sexo, mojada de un líquido corrosivo que me escurre por las piernas, balbuceo un nombre que no suena nunca, marco un número al azar y hago una cita.


P.

P.S. Yo supongo algo distinto. El objeto maldito encontraría en mí la muerte inmediata, la única posible: no lo vería jamás.

miércoles, enero 04, 2006

Un cortísimo espacio de tiempo a través de cortísimos espacios de tiempo

Terminé por fin de leer el Ulises de Joyce. No, no se debe a eso mi larga ausencia. Tengo serias dificultades para acceder a una computadora con internet y con tiempo suficiente para usarla y desusarla como me venga en gana. Hoy, por no sé qué obras de tecnología divina, desde mi casa se percibe una señal inalámbrica -débil, pero finalmente clara- de internet. Y hay que aprovecharla. No vaya a ser.
Decía que no se debe a la lectura del tenebroso volumen mi desaparición porque no he podido leerlo con la dedicación que me habría gustado hacerlo. Tengo que confesar que su lectura fue más bien tortuosa, intermitente ante la falta de tiempo y de capacidad para seguirle el paso a la delirante mente de un genio, como no tengo duda que el buen James lo era. A veces leía dos capítulos de un tirón -quienes ya lo hayan leído sabrán que dos capítulos no son poca cosa-, pero en otras ocasiones no podía pasar de dos hojas. Tuve que decir en voz alta varias veces "¡me estás encabronando!" mientras leía y leía sin jamás llegar "al punto", a un clímax que, oh ingenua, yo creía existiría en ciertos pasajes. No sé, quizá mi expectativa no venía al caso considerando que se trata de una obra que describe el transcurrir de un día como cualquier otro; hora tras hora de vidas anodinas, que no tenían más que ofrecer que la libre asociación de sus ideas, reproducidas en un discurso que respeta en varias ocasiones el desordenado fluir de los pensamientos, así, sin puntos ni comas, lo cual permitía cualquier cantidad de lecturas posibles, o bien, impedía la lectura del todo -dependiendo de mi humor y la hora del día que dispusiera para leer.
Lo leí porque supuse que tenía que leerlo, como se supone que se tiene que leer El Quijote y Las Mil y Una Noches, y La Ilíada y La Odisea. Hay por ahí gente que dice que no has leído si no tienes los antecedentes clásicos en su sitio. Bueno, pues yo, obediente y consciente de mi desordenado paso por las letras, quise poner un poco de orden y entrarle a una obra que anunciaba cierta peligrosidad. En efecto, Ulises perturba, como se puede imaginar que inquieta la escritura desaforada, que corre sin el freno de las comas, que se desboca sobre sí misma, hablando de excrecencias, de cogidas, de desnudeces -desde las más burdas hasta las más sublimes-, de flatos, de soledades (sobre todo de las peores: las acompañadas), de patrias inexistentes, de vómitos, eructos y esperma embarrado en los pantalones, de todas las miserias humanas avocadas a una causa perdida: vivir.
Es una literatura ebria, embriagada de sí, que lo ve todo, lo oye todo, lo siente todo y todo se lo queda; no quiere dejarle nada a la realidad, todo ocurre en ella. Y ya no podrá nunca ser transferida de nuevo a la verdad común de todos los días, porque Joyce se ha encargado de desfigurarla dándole en la madre al idioma de una manera impresionante y divertidísima. Es una historia impronunciable que requiere no sólo de un apéndice que explique las referencias homéricas, sino también de un pequeño resumen de cada capítulo que nos permita traducir lo que se ha leído a un código común a todos nosotros, pobres imbéciles. Así que puedo decir que lo he leído hasta dos veces: una para perderme en el estilo esquizofrénico y la otra para encontrar la trama y rescatarla, sólo para darme cuenta de que no valía tanto la pena como lo que la aderezaba.
"¿Qué especiales afinidades le parecía haber entre la luna y la mujer?
Su antigüedad en preceder y sobrevivir a sucesivas generaciones telúricas: su predominio nocturno: su dependencia satelítica: su reflexión luminar: su constancia bajo todas las fases, elevándose y poniéndose a sus horas fijadas, creciendo y menguando: la forzosa invariabilidad de su aspecto: su respuesta indeterminada a la interrogación inafirmativa: su poder sobre las aguas efluyantes y refluyentes: su capacidad de enamorar, de mortificar, de revestir de belleza, de enloquecer, de incitar y ayudar a la delincuencia: la tranquila inescrutabilidad de su rostro: la terribilidad de su proximidad aislada dominante implacable resplandeciente: sus presagios de tempestad y de calma: el estímulo de su luz, su movimiento y su presencia: la admonición de sus cráteres, sus áridos mares, su silencio: su esplendor, cuando visible: su atracción, cuando invisible".
Otra que me gusto porque me parece que me la aplican (habla de cómo Bloom, uno de los, si no él protagonista de la obra, reflexiona sobre la torpeza e incultura de su mujer. Vale decir que la acción inmediata posterior a esta reflexión fue besarle el trasero mientras ella dormía después de haberse regocijado con otro):
"¿Cómo había intentado él remediar ese estado de relativa ignorancia?
De diversos modos. Dejando en un lugar visible cierto libro abierto en cierta página: suponiendo en ella, en alusión explicatoria, un conocimiento latente {'por qué si sabes... ¿no?'}: ridiculizando abiertamente en su presencia el lapso ignorante de alguna persona ausente.
¿Con qué éxito había intentado la instrucción directa?
Ella no seguía el todo, sino una parte del todo, prestaba atención con interés, comprendía con sorpresa, con cuidado repetía, con mayor dificultad recordaba, olvidaba con facilidad, con sospecha recordaba, volvía a repetir con error.
¿Qué sistema se había demostrado más eficaz?
La sugestión indirecta que implicara interés personal
¿Ejemplo?
A ella le molestaba paraguas con lluvia, a él le gustaba mujer con paraguas, a ella le molestaba sombero nuevo con lluvia, a él le gustaba mujer con sombrero nuevo, él compró sombrero nuevo con lluvia, ella llevó paraguas con sombrero nuevo."
Otra con la que me identifico sobre todo ahora que no entendía porqué me iba quedando sola:
"Relfexionó que la progresiva extensión del campo de desarrollo y de experiencia del individuo iba regresivamente acompañada por una restricción en el recíproco terreno de las relaciones interindividuales.
¿Como en qué sentidos?
De la inexistencia a la existencia, él llegó a muchos y fue recibido como uno: existencia entre existencias, era con cada cual como cada cual con cada cual: de existencia a no existencia pasado, sería por todos percibido como ninguno".
Mis dos capítulos favoritos han sido los dos últimos. Al penúltimo corresponden los fragmentos que aquí presento. El úlitmo son cuarenta y seis páginas de monólogo interior de Molly, la mujer de Bloom, sin puntos ni comas ni espacios entre líneas. Dicen que el tal Joyce, además de briago, esquizofrénico, pobretón, colérico y ceguetas, era medio misógino y supongo que él entendía que así pensamos las mujeres, sin pausas para tomar aliento entre una banalidad y otra. Sin embargo, no deja de ser escalofriante cómo el enemigo logró descifrarnos -suponiendo que en más de un sentido me siento representada por Molly-, incluso, en nuesta siempre irresoluta e insatisfecha necesidad de amor y en la irremediable aspiración de, por lo menos, andar bien cogidas por la vida.
P.