Hoy me siento fuera de foco, borrosa, difuminada. Como si al lado mío caminara otra parecida a mí que no sabe en dónde está. Una experiencia bastante barata de desdoblamiento. Estoy mareada, me duele la cabeza a pesar de -o gracias a- las pastillas, me muero de sueño. Las cosas no dejan de pasar y de exigir mi menguada presencia. Son tantas que no atino ni siquiera a escribirlas para tenerlas claras. Estoy cansada. El perro no dejó de ladrar hasta que, en la quinta ocasión que salí a pasearlo en un lapso de tiempo no mayor de diez horas, decidí fatigarlo hasta que se sentó y no quiso caminar más hacia otro rumbo distinto que no fuera el de la casa. En cuanto llegamos a ella los dos nos derrumbamos sobre las respectivas camas.
Me siento sucia. Mi propia limpieza corporal no alcanza para compensar la suciedad y el desorden en el que me parece que vivo y transfiero a mi piel y cuero cabelludo. Me deprime ver mi y nuestro espacio así. Por eso ahora, después de la caminata defecadora mañanera, quise hacer algo y limpié hasta donde cajas apiladas, papeles, libros, periódicos, muebles sobre muebles, me lo permitieron, lo cual no es mucho decir. Esto tiene que terminar pronto; la mudanza no puede durar para siempre. Comienza a incidir en mi ánimo y disposición.
Me siento sucia. Mi propia limpieza corporal no alcanza para compensar la suciedad y el desorden en el que me parece que vivo y transfiero a mi piel y cuero cabelludo. Me deprime ver mi y nuestro espacio así. Por eso ahora, después de la caminata defecadora mañanera, quise hacer algo y limpié hasta donde cajas apiladas, papeles, libros, periódicos, muebles sobre muebles, me lo permitieron, lo cual no es mucho decir. Esto tiene que terminar pronto; la mudanza no puede durar para siempre. Comienza a incidir en mi ánimo y disposición.
Entre limpieza y comida pasaron sólo treinta minutos que aproveché, precisamente, para bañarme. Me vestí con poco ánimo, reflejado en mi atuendo "para quedarse en casa". "Después de las tres, como si no estuviera aquí: me dedico a lo mío. ¿Estamos?", pensaba todo el tiempo, "la carta de motivos, la lectura de los textos para el curso, el llenado de los formatos, los correos por revisar y por mandar, los papeles que me pidió Mercedes -parece molesta conmigo, por lo menos distante; ¿habré hecho algo mal?" ...
Se dieron las cuatro y yo seguía lavando los trastes de una comida sobrada en pimienta que ahora me provoca gases, con el sonoro ladrido de la bestia persiguiéndome todo el tiempo. Confieso que estuve a punto de llorar, por la desesperación y por el testereón que le di a mi mentón recién cosido en un brusco intento por señalarle al perro el camino a la chingada.
Además, desde que ocurrió, todo el tiempo me ha rondado la preocupación de qué carajos ocurrió el domingo -cuando me partí el mentón arriba mencionado. ¿Qué me pasó? La gente no se desamaya nomás por nomás. La posibilidad de que halgo falle en mí, además de preocuparme, me hace repensar los planes futuros. Los viajes, la maestría, la maternidad. No ser apta para... y además morir en el intento. La pregunta insistente de aquel día "¿estás embarazada?", pues no. Nancy -con sus dos hijos y su amplia experiencia-, diciéndome aquella otra vez que "una puede embarazarse y seguir reglando". No mames, pinche flaca; cómo va a ser...
Se dieron las cuatro y yo seguía lavando los trastes de una comida sobrada en pimienta que ahora me provoca gases, con el sonoro ladrido de la bestia persiguiéndome todo el tiempo. Confieso que estuve a punto de llorar, por la desesperación y por el testereón que le di a mi mentón recién cosido en un brusco intento por señalarle al perro el camino a la chingada.
Además, desde que ocurrió, todo el tiempo me ha rondado la preocupación de qué carajos ocurrió el domingo -cuando me partí el mentón arriba mencionado. ¿Qué me pasó? La gente no se desamaya nomás por nomás. La posibilidad de que halgo falle en mí, además de preocuparme, me hace repensar los planes futuros. Los viajes, la maestría, la maternidad. No ser apta para... y además morir en el intento. La pregunta insistente de aquel día "¿estás embarazada?", pues no. Nancy -con sus dos hijos y su amplia experiencia-, diciéndome aquella otra vez que "una puede embarazarse y seguir reglando". No mames, pinche flaca; cómo va a ser...
En fin, que ya son las ocho de la noche y de lo mío nada. Ahora estoy en internet buscando y diciendo pendejadas, encontrándome sorpresas en el camino. Por cierto, yo pensaba que lo mío era descabellado, totalmente fuera de todo parámetro de normalidad, algo ya dentro de lo patológico. Pero ahora veo que no; que es una idea brillante que se les ocurre a varias mujeres y que, por lo menos cuando la experimentan conmigo, tienen éxito. Bien por ellas, yo nunca me atreví. Y aquí sigo, rodeada de fantasmas, bultos, fardos amorfos y pesados a los que ya me he acostumbrado a dar los buenos días cada mañana que me despierto.
Pero yo estaba en las pendejadas y las sorpresas, y en que a veces me sorprendo a lo pendejo. Ya me resigné a dejar ir un día lleno de cosas hechas que hice sin querer hacer porque de otro modo no se habrían hecho y mi molestia habría crecido al nivel del "tenemos que hablar". ¿Vivir?: ¿es lo que nos pasa mientras hacemos lo que no queremos, en espera de un momento para hacer lo que deseamos?
El perro duerme ahora a mis pies, sobre la almohada que para él he dispuesto bajo mi escritorio, donde deberían extenderse las piernas que ahora recojo sobre la silla. Ronca fuerte y profundo. Yo no sé porqué -quizá porque me conviene- traduzco este gesto en placer. Su placer me provoca satisfacción, seguridad porque protejo, confianza porque puedo hacerlo feliz, con no pocos corajes en el camino. Pinche Cuco, pareces la puritita verdad... cómo te quiero, cabrón.
P.