jueves, septiembre 22, 2005

Pedazo de Paredón... Just in case you didn't know

Este es un pedazo de historia, de ésas que a veces -casi siempre- olvido, unas porque quiero, otras porque puedo. Después de "reportarlo" sentí que le debía algo al lugar, como seguramente se lo debo a tantos otros -hola Caori... A veces te sueño. La cosa es que Paredón para mí no existía, como tantos otros lugares que aún no conozco y no resuenan en el mapa. Más o menos, a esto me dedico.
"Desde hace tres años –tiempo que lleva viviendo con sus padres- Raquel trabaja en empleo bastante peculiar. Paredón es un lugar reconocido en la región no sólo por haber sido el punto de transborde de los ferrocarriles hace años, ni por las célebres batallas que Pancho Villa libró en la comunidad –donde todavía pueden encontrarse casquillos de diversos calibres que encajan con los orificios de algunos muros viejos-; también es famoso porque en él reside una niña de unos doce años que –dicen- tiene la habilidad de curar cualquier tipo de padecimiento –desde un dolor de cabeza hasta cáncer, pasando por uñas enterradas y mal de ojo- con el poder de los espíritus que la poseen cuando entra en trance curativo. De hecho, hay quien afirma que la niña es la reencarnación del Niño Fidencio, un santo de la región que curaba a la gente y, después de su muerte hace ya más de cien años, se sigue haciendo presente en otras personas.
Así, la niña es visitada cada lunes y viernes no sólo por gente de la comunidad, sino por personas que vienen de Saltillo, Monterrey, Mexicali, y otros estados de la república hasta donde su fama se ha extendido. Quienes la rodean aseguran que entre sus clientes se encuentran varios personajes de la farándula a quienes ha hecho el milagro de curarlos a través de oraciones e, incluso, cirugías espirituales. Como prueba de ello, la banda El Limón, en agradecimiento, ha prometido amenizar el baile de los quince años de la joven médico... o santa.
Cada lunes y viernes, entonces, Paredón se llena de gente extraña y con alguna dolencia. Llegan incluso camiones foráneos con pasajeros que se han organizado para “ir a ver a la niña que cura”.
[1] Los habitantes de la comunidad no dejan pasar la oportunidad y se desata un movimiento comercial importante, sobre todo de alimentos, bebidas, recuerdos, alquiler de fosas sépticas, etc. La niña no cobra, pero sí recibe los obsequios –monetarios o en especie- de quienes, agradecidos, desean retribuir con algo el milagro.
La casa donde la niña vive y trabaja –la de sus abuelos- luce repleta de personas en espera que deben ser organizadas por turnos y a quienes se les tiene que hacer preguntas básicas sobre el padecimiento que les aqueja. Aquí es donde Raquel se vuelve imprescindible. Es ella quien entrega las fichas, organiza a la gente, asiste a la niña durante las curaciones y además está atenta a surtir el material necesario para las mismas, ya sean ajos, pencas de maguey, pomadas, listones de colores, huevos, piedras, hierbas, mirras, lociones, velas, imágenes religiosas
..."
[1] Pocos saben que se llama Adriana, no va a la escuela desde que descubrió sus poderes y, cuando no trabaja, se dedica a ver tele y jugar con niñas y niños de su edad; le gustan los bailes y no recuerda nada de lo que hace mientras cura a la gente.

jueves, septiembre 15, 2005

Cuco


Éste es Don Refugio, Cuco para los compas. Por ahora no tengo ganas de hablar de él... porque prefiero quererlo.

lunes, septiembre 12, 2005

"Los limpiadores de estrellas"

Nausicaa es la única estrella que queda por limpiar. Cuando la labor está terminada, la humanidad se da cuenta de su error: Nausicaa es la opacidad necesaria para que la luz brille; es la penumbra que vuelve soportable la luminosidad. Es, casi, el mal que necesita el bien para existir. Es la suciedad que el mundo desdeña aunque le permita apreciar la claridad.
Cuando Nausicaa ha sido pulida, la blancura es tal que se ha vuelto intolerable y, para el ojo que observaba la magia, todo se ha vuelto negro para siempre. Así, Nausicaa es la carroña que vuelve apreciable, entrañable, al buitre.

Más de una vez, yo he sido Nausicaa. Casi siempre, todos lo han sido.

P.

viernes, septiembre 09, 2005

Sueño del 7 de septiembre: ¿colmo de la soledad o del amor propio?

Estoy en trabajo de campo, en una ciudad que me dicen que es Puebla; como no la conozco, no me queda más que asumir que es así. En el sueño la he aderezado, muy a la zacatecana, con enormes iglesias y conventos de cantera rosa -tomar una foto sepia de Zacatecas resulta redundante-, con calles adoquinadas, con áreas verdes añejas y olorosas, con callejones que suben y bajan y dan vuelta y te dejan en el mismo lugar. También he añadido lo que uno aprende de Puebla sin llegar a conocerla nunca: le pongo talavartería y hasta monjas por las calles, le pongo aires coloniales y ruinosos, le pongo gente blanca y -de veras, esto no sé porqué- un tanto antipática. Me gusta el lugar, digo a alguien que me escucha que me gusta Puebla, aunque la siento un tanto amenazante: todo es muy grande, desproporcionado con respecto a mí.
Pronto estamos, no sé cómo, en un evento que parece reunir a mucha gente en un salón para eventos. Los convidados se agrupan en las mesas como mejor les conviene y, no sé porqué, yo termino con un grupo de estudiantes de la maestría. Curiosamente, no son los pocos que en realidad conozco, sino que me los he sacado de no sé dónde y los he puesto a hablar de no sé qué. Son personas mayores que yo, más mujeres que hombres, todos degustando el postre y casi preparándose para partir. Parecen contentos y yo, para variar, fuera de lugar, incómoda, expectante, nerviosa.
Mientras los demás conversan, yo me dedico a observar a los otros, los (más) ajenos. Sé quién es el dueño del lugar y lo sigo con la mirada, tratando de leer sus labios mientras da órdenes neuróticas. Se muestra inquieto y me contagia; su excesivo sudor brillas bajo las luces y mi respiración se agita poco a poco. Siento una ligera asfixia cuando veo que entra su hijo -no tengo idea de porqué los conozco- casi corriendo, con una mano dentro del bolsillo del pantalón. Tiemblo. En voz baja e impercetible, digo "algo va a pasar"; mi intención es advertir a los demás, pero nadie escucha y no puedo hablar más alto, tengo un nudo en la garganta. En la siguiente imágen, estoy en el suelo, hecha un ovillo con mi vestido blanco, casi tratando de meterme debajo de la mesa -como Don Refugio aquí a mis pies- mientras insisto casi llorando en que algo va a pasar. Justo entonces, comienza el tiroteo. Alguien arriba de mí muere y su sangre resbala por la mesa, manchando el borde blanco del vestido que no alcancé a guarecer debajo de la mesa. En la pantorilla siento la humedad de la sangre y cómo después, al secarse, endurece mi piel y parece que la requebraja. No oigo nada, todo es silencio, pero entiendo que la gente se muere fuera de mi escondite.
De algún modo que no registré, salí debajo de la mesa y ahora estoy en un baño, frente al espejo, entendiendo que mi misión divina es parar la masacre, para lo cual ya he dejado mi vestido blanco y ahora visto un pantalón caqui y un suéter negro con cuello de tortuga. Así, disfrazada de comando mamarracho, me dispongo a ponerme un pasamontañas. En ese momento todo lo sé y todo lo entiendo; comprendo cabal y precisamente qué es lo que tengo que hacer y cómo, y me siento profundamente conmovida por mi responsabilidad casi cósmica. Sólo hay un pequeño problema: mi pasamontañas no tiene orificios, es sólo un pedazo de tela negra y ahora que me la he puesto, no encuentro la salida para respirar.
En un instante yo ya no soy, o por lo menos no soy sólo yo, sino que ahora yo soy yo y también soy yo. Soy la del espejo y soy otra que no tiene reflejo en el mismo, pero puede ver a la que en este momento se ha paralizado ante la falta de aire. La miro absorta, sin enteder cómo me desprendí para contemplarme; sin embargo, estoy tranquila, aunque inquieta por esta presencia absurdamente mía que me atrae así, muda, inmóvil. Me quiero tocar, quiero verme el rostro, quiero ver cómo reacciono ante mí. Saber si la otra se fascinará conmigo como ahora estoy yo.
Pongo mis manos sobre mi cabeza, o su cabeza. Comienzo a rasgar desde arriba el pasamontañas, lento, muy lento. Se va asomando mi cabello y la frente no dorada como la mía, sino blanca, como la tenía antes de tanto sol. Mis ojos... La otra no me ha visto extrañada; su mirada parece decirme que me ha estado esperando... y que me he tardado demasiado. La nariz, la boca, más húmeda de lo que normalmente se encuentra. Siento una ternura inaudita y puedo percibir un cosquilleo caliente en mí y en mí. Necesito tocarme; es demasiado, siento y pienso al cuadrado. La otra entreabre la boca pero no quiere hablar. Me acerco, la huelo, aspiro aliento fresco y... ganas. Nos besamos; mis dos lenguas, viejas conocidas, saben bailar juntas. Por fin es lento y largo...
Parece que soy yo quien ejerce la parte masculina como desde mi feminidad siempre la he querido: tomo mi cabeza suavemente desde la nuca, y con la otra acaricio una mejilla e introduzco los dedos en mi pelo, provocando que fluyan sus olores. Sé tocar mis senos en su redondez y no en su magnitud, sé detenerme en un pezón respetando, cuidando y cultivando su hipersensibilidad. Sé acercarme, sé juntar mi cadera con la mía, sé apretar mi espalda contra mí. Y la otra parte, la otra yo, ésta sí, sabe ser tomada, sabe dejarse guiar; no está nerviosa ni tiene miedo, no se protege ni evita que se le roce.
El pecho me va a reventar; todo adentro se expande y se contrae, me falta el aire y yo misma me lo doy y me lo devuelvo y siempre lo refresco para entregármelo. Tengo ganas de llorar, como si al fin hubiera encontrado algo perdido o inesperado. No me quiero separar y no me quiero ir nunca; me quiero derretir y me quiero mezclar. Me quiero confundir y siento unas ganas incomprensibles e irresistibles de fecundarme, vivir en mi útero, llenar el vacío y nunca salir de él.
Pero no todo podía ser tan fácil. Faltaba más. Para cuando abro los ojos y vuelvo a buscar mi mirada, la encuentro dentro del espejo. Estoy sola dentro del baño, con un reflejo imbécil y un pasamontañas desgarrado entre las manos.
P.