miércoles, agosto 17, 2005

Mientras duermo

El cielo hoy es de un nublado indeciso. Estoy bien. Remilgona cojolita...
¡Cuántas azoteas! ¿Por qué esta nueva obsesión en el sueño con las azoteas de altas torres, de edificios desconocidos? El acento no está en la distancia hasta el suelo; pareciera que la verdadera intención al estar ahí es vivir la distancia hacia el cielo.
El humor parece definir la ubicación específica en la azotea. Cuando es un sueño "triste", melancólico, dolido, encabronado, siempre estoy en la orilla, al borde, a punto de. En cambio, cuando no hay un antecedente, una herida, la azotea es un espacio como cualquier otro: camino en ella, como en ella, me siento, platico, observo. Cuando duele, estoy sola. Cuando no es más que indiferencia, estoy acompañada, incluso sin estarlo; pueden estar ahí otras personas que ni me oyen ni me ven. Y no me importa.
Finalmente, la azotea no es más que suelo. Suelo de muros invisibles, de techos lejanísimos. La promesa del cobijo, del calor, de la acogida, de la protección. Pero también es expresión de "libertidad", esa débil frontera entre ser libre para volar o libre para embarrarme en el piso. Es no encontrar límites, no hallar más impedimento que la propia cobardía. Es esa apertura, esa amplitud, esa transparencia para la que no estoy preparada.
En el sueño vivo la azotea como única opción posible, ¿me entiendes?. No hay hacia arriba ni a los lados; hay hacia abajo, en el peor de los casos y, en los no tan malos, la azotea es todo.
¿Qué significa soñar el suicidio, la muerte que nunca se concreta, que aspira sólo a planearse a sí misma? Es como si estuviera muerta cuando me parapeto al borde del techo-suelo, y entonces, lanzarme, abandonar el control sobre el cuerpo y su peso, singnifica la vida. Y no me atrevo.
Nunca he soñado que vuelo. ¿Y tú? No me he detenido a soñar la caída. No me la imagino. La verdad, ahora que miro al cielo y me imagino el posible descenso, sólo puedo escuchar un vil costalazo. Me da risa; me hace sonreír el golpe seco, el ruido sordo.
Cuando tenía como tres años -y esto creo que ya te lo conté-, me subí a un edificio de departamentos que estaba a un costado de la casa de mi papá. No sé cuánto tiempo estuve ahí, no sé qué hice ni cómo le hice. Sólo recuerdo los gritos de mamá cuando me encontraron arriba. Jorge me llevaba a veces a ver lo que todavía se podía ver de la ciudad desde ahí.
Temo a las alturas. No es una fobia que desmboque en histeria, pero temo. Difícilmente me quiero asomar hacia abajo cuando estoy en un lugar que se encuentra a una altura considerable del suelo. En ningún sueño miro hacia abajo; nunca hay nadie más pendiendo de un preocupante borde.
Anoche también soñé con la perspectiva desde el suelo: el suelo desde donde todos miramos hacia arriba. Era insoportable. No podía. Desde ahí, desde abajo, al mirar los muros y sus azoteas, sentí que el mundo, los edificios, se me venían encima. Asfixia, miedo: vivía la caída de los demás. Alguna vez tuve un sueño, medio a la Indiana Jones, en el que, en medio de un escenario medio selvático, econtraba murallas infinitas a lo largo y alto. Había tótems de rostros grotescos -parecidos a gárgolas-, gigantescos, de una imponencia insoportable. Era imposible sostener la mirada para observarlos a plenitud. Y de repente todo se complicaba porque se abrían compuertas, como de represas desbordadas y el mundo, otra vez, caía sobre mí. La idea que predominaba era mi nimiedad, mi nulidad, mi nada. Todo era siempre más grande que yo.
Las distancias, las alturas, los desprendimientos, son mis propios distanciamientos, mis dolorosas disecciones. Esa necesidad de verlo todo de un golpe, para después entender que no puedo soportarlo. Es esa maldita sensación entre libertad y encarcelamiento. Estar en un espacio abierto, alejado de lo terrenal, y tener la posiblidad de volar, pero descubrirme enjaulada, como si frente a mis ojos tuviera pegada una malla de puntos muy cerrados. Y el inevitable paso atrás que, ineluctablemente, me lleva a la escena en la que las enormes y terribles estructuras(que a veces parecieran tener vida propia) caerán sobre mí si no despierto en ese momento.
Una vez, sólo una vez, me gustaría quedarme a ver qué ocurre después.

P.

domingo, agosto 14, 2005

Asintomática

Se supone que para estos momentos yo ya debería estar sintiendo algo; si está pasando, por ahora no soy capaz de reconocerlo. Comencé a tomar los medicamentos el viernes: uno cada dos horas, otro cada seis; uno debajo de la lengua, otro por encima, no importa cuál. La verdad todavía no lo hago con la disciplina necesaria; el que olvido más frecuentemente es el que sólo tomo tres veces al día. Hoy olvidé, además, hacer los ejercicios matinales; el sábado sí los hice pero con trampa porque preferí no desnudarme.
Estoy demasiado atenta a las mutaciones y quizás precisamente por eso no puedo notarlas. Es posible que el simple hecho de concentrarme en mí sea la transformación más importante y, por estar tan absorta, tengo la sensación de que no pasa nada. No pasa nada... y creo que ésa es la mejor señal.
El momento favorito hasta ahora han sido las dosis nocturnas, justo antes de acostarme. Entonces tengo la esperanza de que las gotas de aire que he bebido se diluyan en la sangre, se filtren en el corazón y lleguen al cerebro para darme un poco de lucidez mientras duermo, para encontrar las soluciones que me faltan en el sueño, para que aflore la parte de pitonisa que pueda haber en mí. Siempre he querido ver más allá, pero lo único que logro es adelantar lo que nunca iba a ocurrir.
Hablo sola más de lo normal -en realidad era esperable porque así estoy la mayor parte del tiempo, y cuando no, sólo escucho-; no llego a conclusiones, aunque parezco más rotunda de lo que nunca he sido. No sé todavía si cultivar o no estas ganas de llamarte a primera hora de la mañana. No lo haré de cualquier modo, pero encuentro gratificante vivir la ausencia con nostalgia, con cierta memoria de calidez. La espera me parece más excitante que angustiosa; creo que no tengo plena conciencia del riesgo que entraña: sigo pensando que todo estará bien. Necesito otra medicina para curar eso. ¿Cómo se llama?, ¿ingenuidad?, ¿estupidez?, ¿amor?
La primera vez que las tomé sentí algo parecido a lo que dicen que se siente cuando hay un episodio de taquicardia o de alta presión -o baja, la verdad no he encontrado la diferencia entre ambos en los relatos de los síntomas de una u otra que hasta ahora he escuchado. Y creo que no fue un efecto de "las agüitas", sino de mi emoción por estar provocando(me) "algo". No estoy familiarizada con la experiencia de la acción autorreferida, consciente y voluntaria, con desdoblarme para dejarme llevar por mí.
Duermo bastante bien -lo cual ha provocado que me levante muy tarde. Es lo que llaman un sueño reparador; no siento deseos de volverme a acostar durante el día y parece que tengo suficiente energía para soportar una jornada entera sin pensar que es eterna. No he vuelto a llorar y, en cambio, me he reído harto y sonoro de mis tonterías -es cierto, hago demasiadas. Parezco funcional. Por lo menos ya fui capaz de pagar los recibos vencidos, logro concentrarme en el trabajo y me emociona el próximo viaje. Por cierto, siempre no voy a Tepic sino a Zacatecas; lo encuentro un cambio de planes desorganizado y malhecho pero, finalmente, a mi favor. Quiero irme, vivir la ciudad el tiempo que se pueda -el cual será largo considerando el poco trabajo que me queda por hacer. Confieso que me gustaría tener a alguien conocido por allá para aprovechar las posibilidades del ocio -sobre todo las nocturnas-, aunque en general, me parece un lugar perfecto para experimentar una soledad muy placentera (¿por qué este adjetivo suena a "placenta"?) acompañada por la ciudad.
Estoy bien, pero quiero estar mejor. No me queda claro si ésta es una buena decisión, pero por lo menos he tomado una.
P.