El cielo hoy es de un nublado indeciso. Estoy bien. Remilgona cojolita...
¡Cuántas azoteas! ¿Por qué esta nueva obsesión en el sueño con las azoteas de altas torres, de edificios desconocidos? El acento no está en la distancia hasta el suelo; pareciera que la verdadera intención al estar ahí es vivir la distancia hacia el cielo.
El humor parece definir la ubicación específica en la azotea. Cuando es un sueño "triste", melancólico, dolido, encabronado, siempre estoy en la orilla, al borde, a punto de. En cambio, cuando no hay un antecedente, una herida, la azotea es un espacio como cualquier otro: camino en ella, como en ella, me siento, platico, observo. Cuando duele, estoy sola. Cuando no es más que indiferencia, estoy acompañada, incluso sin estarlo; pueden estar ahí otras personas que ni me oyen ni me ven. Y no me importa.
Finalmente, la azotea no es más que suelo. Suelo de muros invisibles, de techos lejanísimos. La promesa del cobijo, del calor, de la acogida, de la protección. Pero también es expresión de "libertidad", esa débil frontera entre ser libre para volar o libre para embarrarme en el piso. Es no encontrar límites, no hallar más impedimento que la propia cobardía. Es esa apertura, esa amplitud, esa transparencia para la que no estoy preparada.
En el sueño vivo la azotea como única opción posible, ¿me entiendes?. No hay hacia arriba ni a los lados; hay hacia abajo, en el peor de los casos y, en los no tan malos, la azotea es todo.
¿Qué significa soñar el suicidio, la muerte que nunca se concreta, que aspira sólo a planearse a sí misma? Es como si estuviera muerta cuando me parapeto al borde del techo-suelo, y entonces, lanzarme, abandonar el control sobre el cuerpo y su peso, singnifica la vida. Y no me atrevo.
Nunca he soñado que vuelo. ¿Y tú? No me he detenido a soñar la caída. No me la imagino. La verdad, ahora que miro al cielo y me imagino el posible descenso, sólo puedo escuchar un vil costalazo. Me da risa; me hace sonreír el golpe seco, el ruido sordo.
Cuando tenía como tres años -y esto creo que ya te lo conté-, me subí a un edificio de departamentos que estaba a un costado de la casa de mi papá. No sé cuánto tiempo estuve ahí, no sé qué hice ni cómo le hice. Sólo recuerdo los gritos de mamá cuando me encontraron arriba. Jorge me llevaba a veces a ver lo que todavía se podía ver de la ciudad desde ahí.
Temo a las alturas. No es una fobia que desmboque en histeria, pero temo. Difícilmente me quiero asomar hacia abajo cuando estoy en un lugar que se encuentra a una altura considerable del suelo. En ningún sueño miro hacia abajo; nunca hay nadie más pendiendo de un preocupante borde.
Anoche también soñé con la perspectiva desde el suelo: el suelo desde donde todos miramos hacia arriba. Era insoportable. No podía. Desde ahí, desde abajo, al mirar los muros y sus azoteas, sentí que el mundo, los edificios, se me venían encima. Asfixia, miedo: vivía la caída de los demás. Alguna vez tuve un sueño, medio a la Indiana Jones, en el que, en medio de un escenario medio selvático, econtraba murallas infinitas a lo largo y alto. Había tótems de rostros grotescos -parecidos a gárgolas-, gigantescos, de una imponencia insoportable. Era imposible sostener la mirada para observarlos a plenitud. Y de repente todo se complicaba porque se abrían compuertas, como de represas desbordadas y el mundo, otra vez, caía sobre mí. La idea que predominaba era mi nimiedad, mi nulidad, mi nada. Todo era siempre más grande que yo.
Las distancias, las alturas, los desprendimientos, son mis propios distanciamientos, mis dolorosas disecciones. Esa necesidad de verlo todo de un golpe, para después entender que no puedo soportarlo. Es esa maldita sensación entre libertad y encarcelamiento. Estar en un espacio abierto, alejado de lo terrenal, y tener la posiblidad de volar, pero descubrirme enjaulada, como si frente a mis ojos tuviera pegada una malla de puntos muy cerrados. Y el inevitable paso atrás que, ineluctablemente, me lleva a la escena en la que las enormes y terribles estructuras(que a veces parecieran tener vida propia) caerán sobre mí si no despierto en ese momento.
Una vez, sólo una vez, me gustaría quedarme a ver qué ocurre después.
P.