viernes, julio 29, 2005

Sueños desde un hotel (sí, hotel) de paso en Ramos Arizpe, Coahuila

Mamá, por alguna razón que no alcanzo a comprender ni a averiguar, quiere cambiar la reja metálica que protege su casa por una cerca de maderos, de ésas que me cansé de ver en Paredón. No entiendo la lógica del asunto, pero en el sueño tengo una profunda convicción de que mi misión es complacer sus deseos, no cuestionarlos.
Casi después de tronar los dedos, la cerca está lista. Casi después de mostrársela, hombres con telas cubriendo sus rostros la destruyen y me hieren en un costado con algún arma blanca que no alcanzo a identificar con claridad, justo del mismo lado donde la playera con la que duermo se ha levantado dejando un pedazo de piel al aire frío del ventilador. Me despierto. Todo en orden, la luminaria que me encandila sigue allí.

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Esto no es sueño, pero de cualquier manera me gustaría despertar pronto. Estoy en un Sanborn's, emblema de familiaridad -con todo y la incomodidad que en ocasiones la familiaridad implica- en cualquier rincón de la nación. Ahora tocó el turno a Saltillo, ciudad que, por lo demás, no me ha parecido taaaan terrible -perdón Flaca por negarme tantas veces a acompañar tus travesías navideñas; de haber sabido que la cosa no estaba tan tiesa, me habría animado a seguirte. Que me valga que ahora lo haría sin pensarlo.
De cualquier modo, éste no es mi destino, sino una comunidad del municipio de Ramos Arizpe -a media hora de aquí-, donde los encapuchados me mataban de frío en el perfil derecho. Se trata de Cañada Ancha, a donde acudiré después de haberme recargado en Paredón durante dos semanas -adiós Felipa, Chuy, Brenda, Chuyillo ("Chuiiio", así se pronuncia) y Gera, mi entrañado, enmarañado, abandonado, extrañado y poco afortunado Gera. Ahí que quede, pues, la bruja de varita mágica y el caballo capuchino, con corral, agua y pasto pero sin sombra. Ahí que quede también la letrina con cucarachas kamikazees, abrazavergas -jajaja, no puede ser posible-, el rodillo y el comal para las tortillas de harina -ésas se quedan en mi cadera-, el polvo fino, arenoso, que sortea las vellosidades de la nariz y provoca estornudos constantes y sonoros. Adiós al calor -adiós, adiós, no te voy a echar de menos nunca- y un adiós un poco más nostálgico a las lluvias mañaneras que nos sorprendieron por allá. Hubo, incluso, un día entero de lluvia cortesía de Emily. Muy agradecida.

De Cañada Ancha, hasta el momento, sólo sé que huele a mierda de vaca: muuuuchas vacas, muuuucha mierda.
Quiero volver ya, aunque sé que en cuanto vuelva querré huir de nuevo. ¡¿Por qué nadie me detiene, carajo?!