miércoles, junio 01, 2005

Sueños de una noche en Jungapeo


Sueño que llevo puesto el vestido negro -sí, el de bruja- y que camino por los pasillos de lo que parece una exhibición de mil cosas distintas. No busco nada, no encuentro nada. Hay mucha gente; parecen estudiantes y me queda perfectamente claro que ya no pertenezco a ellos.

Te veo. Vistes de negro también de pies a cabeza. Te acercas, tienes algo que decirme. Somos un par de amigos lejanos; mientras caminas hacia mí hago consciente que nos profesamos profunda y entrañable indiferencia.
Comienzas a hablar. De manera injustificada rodeas mi negra cintura con el brazo izquierdo. Sé que estás casado y me pregunto en silencio y divertida qué pensará ella.

Metes la mano izquierda en el bolso que el vestido muestra en ese costado y comienzas a acariciar suavemente mi cadera con la punta de los dedos. Buscas algo a tientas y parece que los has encontrado. Para ayudarte a completar el descubrimiento, mientras seguimos caminando, giro impercetiblemente el cuerpo hacia tu mano, adelanto la cadera y permito que roces apenas mi pubis desnudo, cuya maleza alcanzas a sentir a través de la tela en la bolsa del vestido. Lo tocas rápido y con asombro; yo sonrío desde muy adentro. Para corroborar el hallazgo -puro rigor científico- regresas las yemas a la cadera, donde deberías sentir los bordes de una pantaleta. Que no hay nada, querido. Vuelves al monte otra vez. Tu sigilo y discresión son adimrables.
Temerosa ante la irremediable arremetida de humedades me alejo obligándote con la distancia a sacar la mano del bolsillo. Si dijiste algo mientras caminábamos no lo recuerdo.

*****

Sueño que vivía en un departamente mucho más reducido que el que habito ahora. Sin embargo, tenía varios pasillos largos aunque angostos. Me gustaba la decoración, aunque destacaba el exceso de cosas que se contrapone a mi frugalidad real. Recuerdo rojos quemados, marrones, arenas terracotas en telas y pisos, las paredes blancas. A pesar de mis esfuerzos por crear calidez, el lugar era fresco, casi frío. Las texturas eran suaves; los olores maderosos. Me recuerda mucho al departamento de Elena, aquella novia canadiense de mi papá que tan bien me caía. En mi sueño el depa tenia hasta la hamaca en el patio quasi selvático.

Sueño que tocan a la puerta. Serán las seis de la tarde; la luz parda quiere entrar aunque yo no la deje. Me acerco desganada. Luzco aburrida, como si nada pudiese sorprenderme; parece que soy bastante sabia, por lo menos en la oniria. Me asomo por la mirilla y en el pasillo silencioso de hospital veo a un hombre joven que en realidad no conozco pero en el sueño es una presencia familiar y, por lo pronto, molesta. Abro la puerta de antemano arrepentida. El hombre sonríe demasiado; parece ansioso y excitado, hace esfuerzos enormes e inútiles por parecer tranquilo. Quiere algo de mí, pero me siento tan vacía y desposeída que lo único que puede anhelar soy yo, lo único que tengo.

Quiere entrar, como la luz. Yo no quiero. Con no pocos esfuerzos, se va. Cierro la puerta, suspiro satisfecha mi capacidad de liberarme, de sacudirme la incomodidad venga de donde venga. Regreso a dormir; me siento como condenada a vida.

*****

Sueño que tuve al bebé... y que soy muy feliz.

P.