Me desprendo (¿me desvisto?). No sé qué música escuchar, no sé cómo empezar a trabajar, no sé cómo leer lo que sé (eso sí) que tengo que leer, no sé cómo ni porqué terminé en esta página. No sé cómo estar aquí, no sé cómo dejar de sentir una sutil pero incómoda opresión a la altura del pecho, que parece provocar un ligero calor que sube por la garganta y llega hasta el paladar. Es una mano entre los senos, que empuja mis costillas y hace que mi mentón se arrugue, que mis labios se aprieten inclinándose ligeramente hacia abajo, que debajo de la nariz sude, que mis ojos se encojan, se nublen y quieran ver menos de lo que ven. Parece que alguien aquí quiere llorar. Parece que aquí alguien sin motivos -dicen, dices, nunca digo- quiere llorar. Parece que alguien aquí quiere un abrazo eterno de la madre tierra, que dure por lo menos hasta que aparezcan otros brazos que quieran arrullar un cuerpo lloroso.
[Ya solucioné el problema de la música. Recordé la del blog de Leticia Cortés, el que malamente descubrí en la oficina del trabajo y provocó las mismas sensaciones que me abordan ahora. Entonces tuve que salir del salón donde me encontraba; ahora no hay afuera, aquí todo es adentro.]
Mi mamá... El viernes hablamos un poco de ella. Ya antes se había construido una semblanza para armar un rompecabezas familiar. Pero esta vez salió a cuento porque recordé que debía mencionar lo que pasó cuando tenía ocho años y dejé de ir a la escuela. El punto no era que abandonara la primaria por dos meses sino que regresé, o más bien, regresamos, mamá y yo.
No recuerdo lo que yo pensaba en ese momento, no recuerdo cómo me sentía ni dónde dolía el miedo de quedarme sola para siempre; en la memoria que guardo de aquel episodio yo soy lo de menos. Ya la narración de los hechos está un poco aturdida, seguramente alteré más de un tiempo, pero las imágenes tienen esa rara contundencia.
El día que volví, mi madre me acompañó hasta el salón, platicamos un poco en una banca para confirmar que yo podía hacerlo, o que por lo menos estaba dispuesta a intentarlo. Me dijo que ella entraría primero. Lo hizo. Yo esperaba en el barandal del segundo piso. Mientras veía cómo mi pierna cabía entre los barrotes y jugaba con lanzar mi zapato desde ahí, mi madre hacía no sé qué. Se me ocurre mirar. Ella está de frente a toda la clase, los niños la miran con mucha atención, como pocas veces los he visto. La maestra está sentada sobre su escritorio, también absorta. Sólo veo que los labios de mi mamá bailan, a veces de prisa, otras más lento; por momentos se detienen, se muerden, se lamen. Sus manos se anudan y liberan, suben, vuelan, van al pecho, al vientre, se esconden detrás de su vestido, como yo. Está llorando, no entiendo. No quiero acercarme demasiado porque no quiero que los demás me vean todavía, aunque seguramente ya lo hicieron. Camino tomada del barandal hacia la puerta del salón y comienzo a escuchar "nos necesita; a lo mejor va a estar nerviosa y seria por un tiempo, a lo mejor llora, a lo mejor se quiere ir... no se vayan a burlar, no sé lo que le pasa". J. toma la palabra inusitadamente -sabe que mi mamá no va a censurarlo como todo el mundo lo hace- y le dice que no se preocupe, que todos me van a ayudar. No recuerdo cuándo ni cómo entro yo.
[Ya sé para qué llegué a esta página]
En el salón del segundo piso, desde mi asiento presidencial -el mejor de todos porque permite la visibilidad hacia la calle; me lo dio la maestra porque tenía miedo de que me diera un ataque de histeria y me dejaba hacer lo que quisiera, incluso dormir en el salón- observo las escaleras principales del plantel. Son las once y media de la mañana, todavía falta un hora con treinta para que yo pueda salir, pero mi mamá ya está ahí; me saluda con la mano, me manda un beso y pone el dedo sobre sus labios para indicarme que no debo devolver el saludo con mucho escándalo. Lleva una bolsa en la otra mano; la levanta para mostrármela sonriendo, siempre sonriendo. Sabe que tiene mi atención total; olvidamos por un momento a la maestra -quien ocasionalmente también duerme durante la clase; después, a su muerte, nos enteraríamos de que tenía un tumor cerebral- y nos entregamos a nuestro gozo y sorpresa particular. Nadie nos entiende, nadie nos conoce y eso nos gusta porque siempre hemos sido nuestras. Uno a uno va sacando libros y puedo ver los colores brillantes desde mi butaca; sonrío, ansío, la abrazo desde mi segundo piso. Hace una seña que me indica que vuelva a poner atención a lo que sea que suceda en mi salón. Lo hago, pero de vez en cuando volteo hacia ella para verla sentada en las escaleras, de espaldas a mí, a veces leyendo, otras sin hacerlo. No sé qué piensa, no sé qué siente; no me lo dice nunca y tampoco pregunto.
La escena se repitió por no recuerdo cuánto tiempo; podían ser libros, comida, los colores o las crayolas por las que tanto jodí. A veces era sólo el beso al vuelo que yo atrapaba feliz y desesperada, casi inconsciente de mí. Ya todo me parecía un mal sueño pasajero.
"¿Qué sientes?, ¿por qué lloras?", me preguntó Laura. Cuando recuperé el habla sólo dije palabras sueltas que no dicen nada pero fueron todo: me provocas una ternura insoportable, una agradecimiento impronunciable por no dejarme ir de ti ni de mí, inmovilidad ante tu devoción por mí. No conozco nada igual.
[Aquí también hay afuera]
Tú no, ya sé, pero los abandonos siguen; me dicen que los provoco, lo creo, y en más de una ocasión me he detenido cuando reconozco que puedo estar a punto de lograr el tuyo. Sólo a ti logro salvarte por no sé qué fuerza eterna que entiendo no es mía sino tuya. Yo veo alrededor y, la verdad, no me creo peor que ninguno o ninguna; no hago más daño que cualquiera. Tímidamente encuentro razones para quedarse conmigo pero no logro hacerlas crecer para que luchen en una batalla más justa contra los motivos para alejarse de mí. Tú y yo no creemos en la sangre, en la gratuidad del amor genéticamente manipulado. Tú y yo nos conocimos un día en que decidiste parirme y lo demás no te lo puedo contar.
Estoy emputadamente triste. Me tengo fatigada Soy un puño encabronado apretando pétalos de rosa; soy los pétalos de rosa que mi puño exprime.