domingo, marzo 20, 2005

Domingo de Ramos

Me desprendo (¿me desvisto?). No sé qué música escuchar, no sé cómo empezar a trabajar, no sé cómo leer lo que sé (eso sí) que tengo que leer, no sé cómo ni porqué terminé en esta página. No sé cómo estar aquí, no sé cómo dejar de sentir una sutil pero incómoda opresión a la altura del pecho, que parece provocar un ligero calor que sube por la garganta y llega hasta el paladar. Es una mano entre los senos, que empuja mis costillas y hace que mi mentón se arrugue, que mis labios se aprieten inclinándose ligeramente hacia abajo, que debajo de la nariz sude, que mis ojos se encojan, se nublen y quieran ver menos de lo que ven. Parece que alguien aquí quiere llorar. Parece que aquí alguien sin motivos -dicen, dices, nunca digo- quiere llorar. Parece que alguien aquí quiere un abrazo eterno de la madre tierra, que dure por lo menos hasta que aparezcan otros brazos que quieran arrullar un cuerpo lloroso.
[Ya solucioné el problema de la música. Recordé la del blog de Leticia Cortés, el que malamente descubrí en la oficina del trabajo y provocó las mismas sensaciones que me abordan ahora. Entonces tuve que salir del salón donde me encontraba; ahora no hay afuera, aquí todo es adentro.]
Mi mamá... El viernes hablamos un poco de ella. Ya antes se había construido una semblanza para armar un rompecabezas familiar. Pero esta vez salió a cuento porque recordé que debía mencionar lo que pasó cuando tenía ocho años y dejé de ir a la escuela. El punto no era que abandonara la primaria por dos meses sino que regresé, o más bien, regresamos, mamá y yo.
No recuerdo lo que yo pensaba en ese momento, no recuerdo cómo me sentía ni dónde dolía el miedo de quedarme sola para siempre; en la memoria que guardo de aquel episodio yo soy lo de menos. Ya la narración de los hechos está un poco aturdida, seguramente alteré más de un tiempo, pero las imágenes tienen esa rara contundencia.
El día que volví, mi madre me acompañó hasta el salón, platicamos un poco en una banca para confirmar que yo podía hacerlo, o que por lo menos estaba dispuesta a intentarlo. Me dijo que ella entraría primero. Lo hizo. Yo esperaba en el barandal del segundo piso. Mientras veía cómo mi pierna cabía entre los barrotes y jugaba con lanzar mi zapato desde ahí, mi madre hacía no sé qué. Se me ocurre mirar. Ella está de frente a toda la clase, los niños la miran con mucha atención, como pocas veces los he visto. La maestra está sentada sobre su escritorio, también absorta. Sólo veo que los labios de mi mamá bailan, a veces de prisa, otras más lento; por momentos se detienen, se muerden, se lamen. Sus manos se anudan y liberan, suben, vuelan, van al pecho, al vientre, se esconden detrás de su vestido, como yo. Está llorando, no entiendo. No quiero acercarme demasiado porque no quiero que los demás me vean todavía, aunque seguramente ya lo hicieron. Camino tomada del barandal hacia la puerta del salón y comienzo a escuchar "nos necesita; a lo mejor va a estar nerviosa y seria por un tiempo, a lo mejor llora, a lo mejor se quiere ir... no se vayan a burlar, no sé lo que le pasa". J. toma la palabra inusitadamente -sabe que mi mamá no va a censurarlo como todo el mundo lo hace- y le dice que no se preocupe, que todos me van a ayudar. No recuerdo cuándo ni cómo entro yo.
[Ya sé para qué llegué a esta página]
En el salón del segundo piso, desde mi asiento presidencial -el mejor de todos porque permite la visibilidad hacia la calle; me lo dio la maestra porque tenía miedo de que me diera un ataque de histeria y me dejaba hacer lo que quisiera, incluso dormir en el salón- observo las escaleras principales del plantel. Son las once y media de la mañana, todavía falta un hora con treinta para que yo pueda salir, pero mi mamá ya está ahí; me saluda con la mano, me manda un beso y pone el dedo sobre sus labios para indicarme que no debo devolver el saludo con mucho escándalo. Lleva una bolsa en la otra mano; la levanta para mostrármela sonriendo, siempre sonriendo. Sabe que tiene mi atención total; olvidamos por un momento a la maestra -quien ocasionalmente también duerme durante la clase; después, a su muerte, nos enteraríamos de que tenía un tumor cerebral- y nos entregamos a nuestro gozo y sorpresa particular. Nadie nos entiende, nadie nos conoce y eso nos gusta porque siempre hemos sido nuestras. Uno a uno va sacando libros y puedo ver los colores brillantes desde mi butaca; sonrío, ansío, la abrazo desde mi segundo piso. Hace una seña que me indica que vuelva a poner atención a lo que sea que suceda en mi salón. Lo hago, pero de vez en cuando volteo hacia ella para verla sentada en las escaleras, de espaldas a mí, a veces leyendo, otras sin hacerlo. No sé qué piensa, no sé qué siente; no me lo dice nunca y tampoco pregunto.
La escena se repitió por no recuerdo cuánto tiempo; podían ser libros, comida, los colores o las crayolas por las que tanto jodí. A veces era sólo el beso al vuelo que yo atrapaba feliz y desesperada, casi inconsciente de mí. Ya todo me parecía un mal sueño pasajero.
"¿Qué sientes?, ¿por qué lloras?", me preguntó Laura. Cuando recuperé el habla sólo dije palabras sueltas que no dicen nada pero fueron todo: me provocas una ternura insoportable, una agradecimiento impronunciable por no dejarme ir de ti ni de mí, inmovilidad ante tu devoción por mí. No conozco nada igual.
[Aquí también hay afuera]
Tú no, ya sé, pero los abandonos siguen; me dicen que los provoco, lo creo, y en más de una ocasión me he detenido cuando reconozco que puedo estar a punto de lograr el tuyo. Sólo a ti logro salvarte por no sé qué fuerza eterna que entiendo no es mía sino tuya. Yo veo alrededor y, la verdad, no me creo peor que ninguno o ninguna; no hago más daño que cualquiera. Tímidamente encuentro razones para quedarse conmigo pero no logro hacerlas crecer para que luchen en una batalla más justa contra los motivos para alejarse de mí. Tú y yo no creemos en la sangre, en la gratuidad del amor genéticamente manipulado. Tú y yo nos conocimos un día en que decidiste parirme y lo demás no te lo puedo contar.
Estoy emputadamente triste. Me tengo fatigada Soy un puño encabronado apretando pétalos de rosa; soy los pétalos de rosa que mi puño exprime.

martes, marzo 01, 2005

El del estribo

De éste, curiosamente, ni me acordaba. Lo releeo, lo encuentro igual de inútil, pero nunca lo leí en público y tampoco está como para no ver nunca la luz. La génesis: explorábamos los múltiples pretextos para detonar una reflexión que concluyera en un ensayo literario. Entre la duda y el enojo se encontraba el recuerdo.
Es el último, de veras. Gracias de nuevo a los interesados. Dada mi generosidad, casi apuesto a que no me vuelven a pedir nada....


Del recuerdo

El recuerdo. Cosa tan inútil como inevitable. Así como escribir, recordar conlleva un alto grado de fatalidad: nadie sabe dónde terminará. Ni hablar de cuando escribimos lo que recordamos.
El primer impulso para definir un recuerdo es diferenciarlo de lo que no es tal. Es necesario distinguirlo de un simple ejercicio de memoria, de una instrucción en una interminable lista de asuntos clasificados bajo la sentencia “no olvidar”, ya sea un ingrediente en una receta de cocina, un procedimiento técnico o una nota en la agenda (7:30am. despertar; 7:40am. salir de la cama; 8:00am. dejar de deambular por la casa; 8:01am. en adelante, imprescindible comenzar a respirar).
El recuerdo es pulsión, deseo de estar vivos o de saber que alguna vez lo estuvimos –aunque podemos terminar descubriendo que nunca lo hemos estado. Resistencia a creer que no somos más. Empero, recordar es una trampa. Por principio, todo recuerdo es falso porque ya no es y sólo lo que es, es. Además, toda remembranza depende de la memoria, de la memoria como vehículo o cuna del recuerdo, de la memoria humana y por tanto fallida. El recuerdo, entonces, es mito porque toma un poco de verdad y, obviando las lagunas, la distorsiona para que valga la pena recordarla. La historia y una pizca o kilo entero de fantasía crean el recuerdo y el recuerdo perdura independientemente de cómo y cuándo termine la historia. Así, estamos condenados a recordar y, mejor aún, a recordarnos. La única decisión que corre por nuestra cuenta es gozarlo o sufrirlo.
Dado que es inevitable, para qué recordar o por qué se recuerda es lo de menos. En todo caso, debemos tomar en cuenta que recordar es un medio y no un fin. El fin, para qué recordar, sólo lo conoce el que apela a ecos pasados y, para cuando está satisfecho, el propósito ha sido olvidado. Sin embargo, podría asegurarse que siempre, o casi siempre, se recuerda como se come, para llenar la vida-estómago vacía.
Sobre el cómo del recuerdo –cómo surge y cómo recordamos- podemos señalar que éste parece construirse a partir de un punto de ruptura de la cotidianidad, de un suceso que por desconcertante adquiere una luz que perdura e ilumina algún recóndito lugar de la memoria. La parte sistemática de la cotidianidad no se recuerda, únicamente se memoriza.
Aquí es necesario apuntar que para ser sujeto de recuerdos, se debe ser impresionable, tanto como una placa de metal o yeso en la que un suceso específico deja su marca; un trozo de piel sobre la cual un utensilio candente dibuja el contorno de la memoria a conservar. Los individuos sin asombro no logran recuperar nada de la realidad porque no saben sazonarla. Estos entes han sido condenados a consumir una dieta por demás insípida y a padecer memorias lúcidas, exactas, brillantes y, sin embargo, oscuras, pues adolecen de la luz que enciende lo perturbador. Son ellos quienes viven del culto a las imágenes, a la fotografía o los tatuajes. ¿A las letras?, ¿a las memorias ajenas? Quizá.
Ya como suceso, recordar es una invasión inesperada y traicionera, una emboscada que nos espera al entrar al cuarto solitario y cerrar la puerta tras de sí. Algunas veces nos deja apagar la luz, otras no. “Y entonces, recuerdo”. No es un acto consciente, no es un operación calculada, ni es un cuento para antes de dormir. Es un acto más parecido al secuestro de la voluntad por fuerzas violentas ante las cuales, nos han dicho, lo mejor es no oponer resistencia: abandonarse al recuerdo. Entonces hay que estar dispuestos a sufrir las consecuencias de un ejercicio de libre asociación de memorias que puede comenzar evocando una circunstancia feliz y concluir con las resonancias de la más triste de nuestras experiencias.
El recuerdo es desencadenado –así, literalmente, rompe las cadenas con las que lo manteníamos quieto- cuando la realidad reproduce de manera más o menos fiel las circunstancias en las que fue concebido, pero ahora es la memoria la que se encarga de reconstruir las especificidades del suceso. Así, cuando huelo caramelos con esencia a plátano, recuerdo la ocasión en que por poco muero asfixiada por un trozo imposible e impasable de lo que hasta entonces fue un placer. La impresión fue tal que incluso puedo volver a sentir el incómodo pedazo en la garganta y mis glándulas comienzan a producir cantidades considerables de saliva para que resbale el dulce fantasma. Así también, cuando aspiro fugazmente la mezcla de olores del cigarro y alguna loción seca y dulce, recuerdo a mi padre. Y de ahí el pudín de chocolate cada fin de semana que nos encontrábamos. Y de ahí la llegada de presencias extrañas. Y de ahí el silencio.
Hay que saber que el recuerdo nunca viene solo; se hace acompañar de un séquito de emociones y sensaciones tan frescas y coloridas como se anunciaron la primera vez. De ahí que para recordar haya que tomar previsiones, pues cuando el recuerdo se desvanezca nos dejará huérfanos ante un monstruo de mil cabezas: el sentimiento.
El recuerdo es niño: punzante, selectivo, voluntarioso, caprichoso y berrinchudo. Es como quiere ser y no como debe. Sobreviene cuando quiere y no cuando se le invoca desesperadamente. Se va cuando así lo decide y no cuando estamos listos para dejarle ir.
Finalmente, el recuerdo es libre; por lo menos hasta donde el miedo y el dolor lo permiten. En mi caso es tan soberano que recuerdo lo que no existe, lo que no ha ocurrido. Extraño a quien no conozco, me provoca nostalgia lo que nunca me ha sucedido.
Y sin embargo... recuerdo. Recuerdo dormir acompañada; recuerdo el baño ocupado por ruidos cotidianos, divertidos, entrañables; recuerdo los pasos en las escaleras, acompañados hacia el final del trayecto del tintineo de unas llaves anunciando la llegada. Y entonces, recuerdo. Recuerdo el vuelco del estómago, la emoción cotidiana de la presencia, tu presencia.
El recuerdo no es y, sin embargo, estamos condenados a recordar.

Agosto de 2004

Han creado un monstruo ¡¡¡

De éste se discutió su validez como ensayo, su cercanía y distancia con el género. De hecho, lo presenté como un texto más que debería agregarse a la reciente invención de un nuevo género cuyo padre encontrábamos en el célebremente contemporáneo Martín Mora, seguido por Rocco Palomera, quizá Cuauhtémoc Vite y un puñado de "inconformes de sillón" más, entre los que orgullosamente me cuento. Dicha aportación al universo de las letras sería conocida, de ahora en adelante como "epístola de protesta". Va.

De la vecindad o de cómo pasar inadvertido
Hasta hace relativamente poco tiempo no pensé que mi tibia indiferencia alcanzara a sentir tanto desprecio, encono e indignación. El estómago se repliega mientras la sangre hierve de manera inusitada y por fin me encuentro con hechos a los que no puedo atribuir explicación coherente alguna, situaciones que emanan de la más absoluta ausencia de razonamiento. El entorno me conmueve, el hábitat es mi desazón; la vecindad, mi delirio.
Residir en una cuadra en la que por lo menos hay ocho torres de departamentos, cada una a su vez con ocho viviendas, no parecería un reto evidente para el distraído inquilino potencial que sólo aspira a habitar y, por cuestiones de destino y asuntos menos azarosos como el presupuesto, termina con las llaves de uno de estos enormes cuartos con múltiples divisiones marcadas por muros falsos que pretenden provocar nociones de orden y correspondencia. Parece común que la fragmentación, la separación, la delimitación, provoquen nociones de orden, de limpieza y hasta, paradójicamente, de amplitud: “aquí la cocina, aquí el comedor, aquí la recámara; aquí el hambre, aquí los modales, aquí el sueño. Todo tiene un lugar, todo cabe, ¡cuánto espacio!”. Así de falsos son los muros de mi departamento, tanto como la intuición de seguridad e intimidad que creí encontrar.
Se nace siendo vecino, es cierto. No se elige la cercanía con los extraños. Sin embargo, el saludo, la conversación, la mirada condescendiente y reconocedora son prácticas aprendidas que se ejercitan de una manera más o menos fluida, más o menos obligada, más o menos fugaz. A pesar de su condición inevitable, la vecindad se construye de tantas formas diferentes como viviendas en una cuadra y, en mi caso, he decidido el silencio que sólo se romperá cuando sea estrictamente irremediable.
Creo firmemente en el reconocimiento del otro, pero si esta conciencia no se traduce en respeto, de nada sirve que concibamos al resto en el mundo. Y estoy convencida de que, en algunos casos, la manifestación ulterior de respeto es no existir. Parte del plan es no provocar sonidos estridentes, no pisar con fuerza el suelo – techo –impensable brincar o correr-, no tener animales aulladores, no sonar cazuelas, no obstruir más cochera que la mía, no tocar más puerta que la que abro yo. Que mi espacio sea uno que more el viento y que sea sólo trastornado por una mosca impertinente.
Quizá era previsible. No es la primera ni será la última vez que ocurra: aquí nadie es como yo. Y no me asombra la indiferencia para asistir al otro, sino la indiferencia al perturbarlo. Aquí he logrado el despropósito de no existir, y de tanto pretender que no soy ni estoy, me pasan por encima.
Ejemplos. Uno de los postes que delimitan mi estacionamiento ha gustado a todos para depositar las bolsas de basura –cuando, en el mejor de los casos, la basura llega en bolsas- que se apilan en pirámides desparramadas, escurridas y pestilentes detrás de mi automóvil, bloqueando la entrada o la salida, según sea el caso. Mis vecinos de piso –los únicos- han engendrado ostiones que berrean a la más mínima provocación y parece que se les incita todo el día.
Los proscritos del futuro, ahora niños entre seis y quince años, salen como ratas de sus agujeros por ahí de las cinco de la tarde a jugar fútbol en la calle. La portería, de nuevo, mi cochera, con o sin bolsas de basura, con o sin carro, con o sin mi presencia permanente en la venta de mi estudio, desde donde escucho estrellarse el balón en coches y rejas, maldigo en silencio, pincho mentalmente la pelota e imagino cuánto cobraré a sus madres por las abolladuras del carro. Desde ahí los veo y, lo juro, ellos me ven a mí, o me verían si tan sólo no fuese invisible.
Ya en alguna ocasión, al regresar de un viaje, encontré una piedra mediana y sonriente en medio de mi sala, rodeada de cristales que la adornaban como diamantes, estrellas o vetas de plata. Eligieron el vidrio más grande, la ausencia más prolongada y la vecina más borrosa. La piedra permaneció en el suelo varios días. No atinaba a limpiar el desastre o trazar su silueta en el piso por si alguna autoridad divina necesitaba pruebas para hacer justicia.
Son, además, un factor cancerígeno de contaminación auditiva. No pueden pronunciar tres palabras sin que cuatro sean vituperios, injurias que provocan imágenes de la más elaborada vulgaridad. Por si fuera poco, la mayoría está en pleno proceso de cambio en el timbre de voz, así que tal cual ratas, chillan a gritos sus escarnios. Presagio, coincidencia o broma del destino, uno de ellos se llama Herodes.
El vecino de atrás, a cuyo patio asoma la ventana de mi recámara, es el miserable dueño de un todavía más mísero perro que pasa las noches a la intemperie y resiste con llantos y gemidos su desventurado destino.
Es decir, muestras todas de la absoluta nulidad de la presencia de aquel que nos sigue del otro lado del muro de papel, del trágico desinterés que nos provoca, no ya el bienestar de los demás, sino mantener al otro en su lugar, lejos de nosotros. ¿Es que no es más fácil evitar al otro del todo que soportar sus reclamos?, ¿no resulta más sencillo ignorar mis cristales que romperlos?
Terriblemente simple creer que quien se queja de la cotidianidad es ocioso; que el que se siente incomodado es paranoico o que quien padece a otros vive en recalcitrante intolerancia. Pero no es ésta mi situación. Si bien a mí no se me permitía salir a jugar a la calle –más que por mi seguridad, por la de los hogares colindantes-, y mis perros dormían en la cama que mejor les pareciera, me doy prefecta cuenta de que la vida es una muy otra para cada cual. Yo sólo aspiro a habitar sin que ello signifique vivir rodeada, acorralada por delante, por detrás y por los flancos. No me importa pagar la cuota para el mantenimiento o para que la virgen pase; no me interesa conocer al de arriba o a la de la izquierda. Tampoco quiero que se me involucre en celebraciones ni en juntas de condóminos. No saluden, no inviten, no den, pero no jodan.



Septiembre de 2004

Otra, otra¡¡¡

Lo lograron, me piqué. Propongo ahora éste, que sacó a colación Israel aquella tarde en la que se hablaba de mí como si yo no estuviera en el cuarto. Una sensación muy curiosa, quizá semejante a la que pudo haber experimentado el de la foto. Si fue el caso, pido disculpas.

Objeto de pasión inanimada

Es probable que la elección del objeto haya sido equivocada, quizás desobediente. Pienso en por lo menos dos razones para suponerlo. La primera es que –he de confesarlo- no se trata de un objeto inanimado: el hecho de que sea una fotografía en un portarretratos no la exenta de tener una presencia sensible que no se presta a discusión. Es decir, tiene ánima.
La segunda razón que me obliga a discutir la pertinencia de mi elección es que no soy yo la que elige sino que fue ella la que decidió. No me ha permitido detenerme a meditar sobre la presencia de otros objetos circundantes, sino que, irreverente como es, se ha plantado arrogante frente al abanico de mi atención. En todo caso, no soy yo la única que observa, sino que con ella ejercito diariamente un acto compartido de mutua contemplación. Así, con reserva de las dudas anteriormente expuestas, no he podido más que dedicarle este espacio.
Se encuentra dentro de mi estudio, sobre el escritorio. Ha sido colocada en la esquina derecha, con la inclinación precisa para presenciar cotidianamente la constancia o la irregularidad de mi trabajo; el asombro, desencanto o indiferencia al revisar los periódicos; la intensidad o la abulia de la lectura; la tortura o fluidez de la escritura; el desayuno o la comida.
Escucha impasible de monólogos fantasiosos y desesperados, cómplice o rival de mis trances musicales, me obliga a dirigirle miradas constantes cuando presiento que soy observada en un departamento aparentemente vacío. Pero yo ya sé quién anda ahí.
Tengo que reconocer que el marco que la delimita no me gusta. Lo conservo porque me recuerda a una presencia querida; lo utilizo porque no tengo otro. Es un recuadro de clásica cerámica tlaquepaquense, brillosa, gruesa y ya resquebrajada aún siendo nueva. Ha sido adornado con grandes flores amarillas sobre un fondo azul y unas líneas y puntos de colores que seguramente tuvieron la intención de formar algún patrón estético, pero fracasaron. El hueco destinado a la exposición de la fotografía es demasiado angosto, así que el objeto de nuestra contemplación debió haber sido centrado con maestría al momento de capturarlo porque de otro modo no aparecerá a cuadro, por lo menos no completamente.
Con fortuna así sucedió con esta placa. No me caracterizo por la calidad de mis composiciones fotográficas, no por falta de sensibilidad ni creatividad, sino porque la lente se dedica a sabotear mis novedosos ángulos. Pero no fue éste el caso.
Ya sabrás que se trata de ti; quizás, incluso, ya has adivinado el escenario. Es posible que recuerdes el momento y la atmósfera alrededor del mismo. Con suerte, ya revives la sorpresa al descubrir el espacio iluminado por una luz blanca tenaz y pasajera. Yo recuerdo que entonces sonreíste. Es ése el valor de la fotografía: nadie la esperaba. Tú no esperabas ser retratado y yo no esperaba encontrar un momento ideal para retratarte.
La toma consta de seis planos más o menos generales. En el primero aparece sobre la mesa la jarra medio vacía de limonada natural que compartimos entonces, como lo hacíamos a diario. El segundo plano es la taza de café; no “una” sino “la-taza-de-café”, aquélla por cuya inclusión en la foto preguntaste inmediatamente después de que fue tomada, porque es importante, vital, que quien te conozca o recuerde a través de esta fotografía sepa que tomas café, que lo bebes en pleno verano y centro de Minatitlán, Veracruz, que lo tomas negro, sin azúcar y que lo disfrutas tanto. Todo esto yo ya lo sé, así que puedo dedicar más tiempo a recordar la luz de tu rostro al preguntar “¿salió el café?” y las risas que tu inquietud provocó.
Por fin, en el tercer plano, casi a media profundidad de la composición, apareces tú. Sentado, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y asomándose por encima del borde de la mesa que te corresponde. De playera azul y pantalones de mezclilla, apoyas sobre rodilla izquierda el objeto de tu propia observación y escrutinio: Los Cuatro Evangelios. Parece que se trata sólo de una inspección apresurada previa a la lectura atenta, pues te dispones a dar vuelta en un solo movimiento a un bloque de unas quince hojas. A tu lado una silla de madera, en cuyo respaldo descansa la toallita color guinda que adoptaste para secar tu sudor, muy a la usanza de la región donde nos encontrábamos.
Detrás de ti, en cuarto lugar, el ventanal de aquel café en Minatitlán. La cámara fue benévola y lo capturó impoluto, tanto que casi podría olvidar su existencia, si no fuese por la presencia de la columna de ladrillos rojos que me recuerda que lo sostiene. En el quinto plano, la calle con sendos camiones urbanos en alto total y, por último, detrás de estos, la acera de enfrente cuya sombra es resguardada por el toldo de la mercería “Krysti” donde, además, se venden regalos.
Así fuiste tú en algún momento; así eres ahora en papel fotográfico. Me parece curioso que en aras de la espontaneidad –para mí valor imprescindible de la fotografía- haya descubierto la sorpresa de un hecho cotidiano: tu ensimismamiento, tu despedida momentánea del mundo, de lo otro, los otros y el resto. Es decir, cómo al convertirme en espectadora abstracta y distante de un trozo de mi experiencia puedo gozarla como si no fuese mía, porque cuánto más hay de placer en el espectáculo ajeno.
Se podría refutar que, al encontrarme yo ahí, al ser testigo presencial de la coartada de la realidad, el retrato también constriñe y proyecta mi propia experiencia, como toda fotografía expone y delata la presencia del fotógrafo; como también todo lo que “es” nos remite a la existencia de quien lo observa.
Pero si sumamos el limbo en el que te miro con lo absorto que te encuentras en tu café y las letras –tanto que no te has dado cuenta de que me he deslizado hacia la mochila, corrido el ruidoso sierre, tomado la cámara, la cual ha pronunciado un estruendoso “clac” al abrir la lente y “clic” al disparar- entonces obtenemos una total abstracción en la que, tal vez, ninguno de los dos exista: quizás no hay nadie en el restaurante y nadie beberá la taza de café. Pero yo, que a diario te observo, sé que sigues ahí, esperando que se enfríe un poco para tomarlo.

Agosto 2004

Cántate una que se sepan todos


Se agradece la petición; algo así como pídala cantando...
Las diez menos
El primer riesgo que se corre al escribir sobre insignificancias o “cosas menos importantes que” es descubrir que no son tal; esto se vuelve un juego peligroso cuando los tiempos exigen restar importancia y no añadirla. Hay material de sobra, exceso de sin sentidos y aparentes nimiedades en derredor. Asuntos que, al prestarles mínima atención, al mirarlos apenas por el rabillo del ojo, ya se puede ver que crecen en cada parpadeo hasta convertirse en todo lo que nuestra atónita mirada reconoce.

Y es que, para que se acompañe esta lectura con menos extrañeza, se debe saber que mi relación con el mundo siempre ha sido un poco caótica, de una aprehensión un tanto neurótica. La vida vista así amenaza, acosa, agrede, seduce y, de cualquier manera, enloquece. He sido constantemente acusada –sin objeción por mi parte- de tomarlo todo demasiado en serio –sobre todo a mí misma-, de ser intensa y desbordada, de tener una extraña e incómoda virtud para alterar la dimensión de asuntos varios, casi tantos como todos.
Discernir y priorizar, entonces, son despropósitos. Yo lo sabía y sin embargo insistí. ¿Ya se entiende? Después de creer que pensar el tema era, precisamente, una de las cosas que menos me importaban y a la que menos tiempo debía dedicarle, me descubrí en cuestión de minutos enumerando temas de los que ahora ya no podré deshacerme. Elegir una insignificancia... ¿no resulta contradictorio? En el momento en que el ocio se decide por una, automáticamente el asunto deja de ser irrelevante, tal vez porque nunca lo fue. Si no ¿por qué ésa y no otra?, ¿por qué el olor de los colores, crayones y cuadernos nuevos y no el chillido de la silla?, ¿por qué la mirilla de mi puerta y no las líneas del piso?, ¿por qué el ruido y no el silencio?
Quise elegir entre alguna de estas opciones pero en cuanto me senté frente a la computadora, descubrí de nuevo que la “N” está desapareciendo del teclado. Me ha puesto triste y nadie lo creería; sentí melancolía y a nadie le importa. Entonces, quizá, califica como un hecho insignificante que acepta la paradoja anterior. Ya sólo queda un punto blanco de lo que alguna vez fue una suerte de torre descansando sobre su lado izquierdo. La “M” a su costado se muestra frondosa, soberbia, orgullosa de sus dos cimas. Será que me la acabé de tanto haber escrito que “no”, que “nadie”, que “nunca”; que la “nostalgia”, que la “nada”, que sin “novedad”; que tu “nombre” y tu “nariz”. Será que se la robaron para que ya no pudiera decir “negro” o “necesito”. Será que se perdió en un laberinto de huellas digitales.
Este hueco justo en medio del teclado provoca una sensación de incompetencia, como si el orgullo de mis tecnologías domésticas –seguido sólo por mi teléfono con identificador de llamadas- perdiera todo brillo y seriedad. Como si su ausencia me dejara en la más oscura de las obsolescencias.
Antes de que se comiencen a contar las palabras que no podré volver a escribir o a padecer el hecho de que tenga que rellenar a tinta y mano los huecos en cada vocablo a donde pertenezca un “N”, debo confesar que, en realidad, puedo pulsar la tecla gris -en apariencia y sentido-, y encontrarme de nuevo y siempre con la mentada “N”. Se puede reproducir tantas veces como lo desee y, gracias a la danza mecánica de mis dedos sobre el teclado, sé con exactitud dónde encontrarla sin tener que bajar la mirada para buscar el hueco. Este tipo de habilidades resultan muy gratas para alguien que nunca recibió ningún tipo de instrucción formal al respecto.
En efecto, el espíritu lego en estos menesteres del adiestramiento mecanográfico tendría que dedicar un largo rato a la búsqueda de la letra –si somos suficientemente crueles para no advertirle de su ausencia- y domesticar la relación entre el vacío y la letra que le permitirá decir que se llama Nicanor y que su mujer le recuerda a las ninfas.
La verdad es que el proceso es tan claro que confunde. Tanto como distinguir entre lo urgente y lo dispensable, entre lo trascendental y el esfuerzo vano, entre quien nos convoca y quien no nos necesita.
No he podido decidir, ya no uno, mucho menos diez asuntos que menos me importen. Lo que no tiene sentido ni sustancia simplemente no se piensa y mucho menos se nombra. Lo que realmente menos importa, ni siquiera existe. Mientras pueda imaginarse y ser transformado en idea o juicio de cualquier signo, ha consumido tiempo, que es, se dice, realmente importante.