Desde que regresé de Zamora no sueño con otra cosa, a excepción de la noche que dormí contigo, en la cual fueron otros los demonios que me invadieron. El mentado coloquio del Colmich no me suelta y todavía no reparo en la moraleja de tan insistente mensaje. Son sueños cada vez más angustiosos, que me ofrecen situaciones a todas luces desfavorables. Curiosamente, los sueños post son más inquietantes y dolorosos que los pre. Ya no se trata del miedo a enmudecer en el escenario, ni a olvidar las líneas ni ser portadora de ideas pobres, tontas y fuera de lugar, o a yo misma ser pobre, tonta o fuera de lugar. Las cosas en realidad fueron mucho mejores, alentadoras, a decir verdad. La realidad no concuerda ni merece este tipo de recuerdo. Entonces no entiendo.
Sé que se trata de una asociación con el coloquio porque la atmósfera presenta elementos del mismo: asamblea -casi aquelarre- de personas que sé son importantes por y para algo. Todas son mayores que yo -todas me miran entre extrañadas y complacientes-, todas están de paso, no pertenecen al lugar donde nos encontramos. Están ahí por una causa que a veces me corresponde y asumo y otras no tanto. Los encuentros se dan en auditorios, salones o en alguna clara referencia a un hotel donde generalmente nos mirábamos -en la realidad- entre el desayuno y la cena.
Pero cada vez se mezclan de manera menos clara e impertinente nuevos elementos que me hacen sufrir sobremanera. El entorno es más turbio, el miedo mayor, mis ganas de correr superan a la posibilidad real de movimiento; me siento siempre a disgusto, aterrada. Hay quien me ataca y quien me defiende pero por razones cada vez más extrañas. Anoche, por ejemplo, aparecieron tú y Paloma -de ambos hablé ayer. La parte que te correspondió fue agradable, cogíamos (un paréntesis largo: comenzábamos como pocas veces lo hacemos, recostados cada quien recargado en uno de sus costados, mirándonos muy de cerca, besándonos, acariciándonos, hasta que levanté una pierna para que penetraras; después me monté en ti), aunque a la vista de todos, lo que provocó que el personal del hotel sede organizara un linchamiento en mi contra por puta. Tú desapareciste en cuanto los problemas comenzaron.
Algunas investigadoras me defendían sin saber qué pasaba; lo hacían discretamente y para sí pues todas son unas damas. Desde la sala donde me interrogaban, rodeada de ventanales, observaba a Paloma bailando divertida en un jardín parecido al del colmich. Nada en esto sería soprendente si no atentara contra su buen gusto llevando unos huaraches de plástico con calcetines. Se le veían unos pies enormes comparados con el resto de su cuerpo.
Ésta y una anterior son las únicas ocasiones en las que he encontrado rostros conocidos. La otra noche fue el de Jorge, a quien aparentemente le correspondió ser mi hermano, uno generoso y atento, que me abrazaba cuando las cosas empezaban a ir mal, con la promesa de que papá nunca lo sabría. ¿Mi papá?, ¿el de él de quien me habló tanto?, ¿tengo miedo de que papá sepa que me va mal?
Estoy agotada con la situación; si a esto se suma que termino despertándome en la madrugada y no puedo conciliar el sueño hasta que pasa mucho tiempo que transcurro pensando en por qué carajos no has llamado, dónde y con quién estás y por qué la indiferencia,el asunto resulta realmente extenuante. Para mi desgracia, cuando puedo volver a dormir recupero el maldito sueño, cosa que no puedo hacer cuando de verdad lo deseo.