jueves, septiembre 30, 2004

De que quieras querer, de querer que quieras

Esto va pasando de ser absurdo divertimento a llano sinsentido con pasos de gigante apresurado. ¿Cómo hacer para prometer lo que no se puede cumplir y ser siempre vigente, siempre sincero? No lo sé, pero de algún extraño modo, creo que lo estamos logrando. Tú no lo sabes porque, dicen, nadie puede oler su propio aliento ni detenerse en la luz de su propia presencia, porque uno solo la emana pero no puede ser deslumbrado por ella.
Anoche he puesto el oído en la pared para saberte del otro lado y he descubierto que no podía creerlo, así como hoy no puedo creer que regreso a dormir sola. Esto no me suena, no me sabe. Tiene la pinta y la textura de que puede ser mucho más si sólo volviera a ser como antes pero como nunca.
Se siente viejo escribirte, violar con tinta hojas que el tiempo ha vuelto delgadas, quebradizas, amarillas como mi piel, pero con un intenso y dulce olor a historia que sube por la naríz provocando pequeños orgasmos cotidianos. Se siente viejo y me provoca tantos nervios como lo insólito. Pasa que nunca obtengo respuesta, así que volver a buscar al mudo interlocutor siempre es una aventura que puede entrañar riesgos insospechados. De que quieras quererme se ha tratado siempre, de que no te estorbe ni incomode lo que inevitablemente te sucede.
¿Qué sabes de mi vida aquí? Te he contado de los ruidos y los golpes, pero no de las noches, que resultan ser las más difíciles porque se van sin que me dé cuenta y me angustia terriblemente que hayas pasado por aquí mientras yo dormía. Detrás de mi recámara hay alguien que no puede dormir con la luz apagada, así que comparto su sueño iluminado desde mi vigilia pasajera. Curiosamente su luz me adormece porque me siento acompañada por alguien en el temor. Es posible que sea un niño o una niña. O alguien que se quedó solo como yo por no saber pertenecer al único lugar que le está destinado en esta vida. No lo sé. Su ventana nunca se abre y nadie se asoma mientras espío.
La cama es cómoda, sí. Tengo que reconocer que mi espalda amanece con una disposición aceptable casi siempre. La ropa de la cama es cálidad y suave. Huele a mí, es decir, como tú lo pondrías, a demasiado jabón. [No es posible, ¿a qué mas huelo?] Anoche no dormí aquí porque estaba contigo. Habría querido saber que en lo que nos quedaba de madrugada y sueño entraste a tu recámara para mirarme despacio y fijo, descubriéndote desconcertado e inquieto por mi ausencia el resto de las noches. Pasando la mano alejada por diez centímetros de mi contorno cobijado, guardando mi presencia en la palma, para extenderla después donde quisieras proyectarme. Siempre te he imaginado mirándome dormir no sin cierto éxtasis, sin algún dejo de asombro y regocijo por ser parte protectora de mi sueño. Habría querido saberlo. De que quieras quererme siempre se ha tratado.
Tampoco te he contado de las mañanas, del momento donde empieza el instante nuevo, preciso y rancio de volver a empezar. Me despierto a sobresaltos, con la alarma del noticiario; es una manera un poco violenta de comenzar considerando que generalmente hay malas noticias locales, lo que las vuelve doblemente malas, pero sobre todo aburridas. Todavía no abro los ojos y ya debo hacer esfuerzos por disminuir la velocidad de mis palpitaciones; todavía no me muevo y ya hay agitación en mi aliento. En una fracción de segundos comprendo lo que pasa pero mi cuerpo se toma un poco de más tiempo; creo que es un truco para seguir recostado. Una trampa que, desdichadamente, no puede ser prolongada, como a ti te gusta. Es delicioso, estoy de acuerdo, despertar, encontrar, abrazar y dormir de nuevo. Aquí no tiene sentido; así como es no importa realmente.
Del resto sabes mucho si no todo. El ciclo se repite hasta que la tarde se apaga y el vecino la prolonga indefinidamente en su universo de cuatro por cuatro.

P.

jueves, septiembre 16, 2004

Descubrimiento

Es una de esas certezas que se resisten a ser verdad... Soy un error que no se vuelve a cometer.

P.

martes, septiembre 14, 2004

L'impossibilité de l'instant

Toute nostalgie est un dépassement du présent. Même sous la
forme du regret, elle prend un caractère dynamique: on veut forcer le passé.
agir rétroactivement, protester contre l'irréversible. La vie n'a de contenu que
dans la violation du temps. L'obsession de l'ailleurs, c'est l'impossibilité de
l'instant; et cette impossibilité est la nostalgie même.

E. M. Cioran
Précis de Décomposition

Hablando de nostalgias, te soñé. Nos soñé, los soñé. No sé qué haríamos ahí, sólo sé que ella allí vivía [¡estoy tan harta de las ellas!]. Yo esperaba que terminaran de despedirse sin imaginar el tono del adiós. Pasaba el tiempo, yo sentada en una mecedora parecida a la de mi abuela muerta. Consideré que ya era demasiado. Salí del cuarto donde esperaba y, en el momento en que me levanté y comencé a dirigir mis pasos hacia ustedes, no con poco temor, el teléfono sonó. Salió ella presurosa, sonriente, indiferente, desnuda. Curiosamente no reparé en su transparencia con demasiada importancia, es decir, no recuerdo su cuerpo. Pero sí el tuyo... pero sí el tuyo.
Estabas desnudo, recostado en un colchón, boca abajo, con la cabeza casi debajo de una almohada, como si estuvieras arrepentido de lo que todavía no terminabas de hacer. Esa maldita llamada...
Entré y sólo pude decir tu nombre en voz baja, mientras rodeaba la cama buscando tu rostro, como si explorara a distancia un animal enfermo y quisiera ver sus ojos para adivinar el estado del padecimiento. Es curioso. Siempre pensé que estallaría en gritos y ahora resulta que la voz escapa o, quizás, queda atrapada en el pecho.
Cuando por fin encontré tus ojos, parecías condenado a someterte a una fuerza inmensamente mayor que tu voluntad, atraído a un abismo inevitable por el que descenderías -lo sabías- en un estado de conciencia oscilante entre el placer y el dolor. Cuando decidiste encontrar mis ojos después de la segunda ocasión en que asfixié tu nombre, sólo dijiste: "vete de aquí, vete del mundo...".
Yo salí corriendo con una bolsa entre mis manos. Quizás cargaba mis afectos en una bolsa de basura. Caminaba por las calles y, al doblar una esquina, comenzó a acompañar mi recorrido la seguridad de que me perseguías. Mis pasos luchaban por regresar a ti y por avanzar más de prisa. Nunca sentí tantos deseos de que nunca me alcanzaras. Llegué a lo que parecía una estación del tren ligero. Se abrieron las puertas automáticas, se cerraron y yo desperté llorando.
Y pienso ahora, después de leer que "la obsesión del más allá es la imposibilidad del instante", que el espacio que yo he elegido para que corra paralelo a la realidad del limitadísimo presente, es tu pasado. Pero insistes en romper la íntima regla de la paralelidad: las líneas paralelas nunca deben tocarse. Y tú te empeñas en traer incómoda perpendicularidad a mi vida contigo. Mi nostalgia es por tu pasado, por ese tiempo en el que no existo y revoloteaban a tu alrededor las cosas, las ideas y las personas que te han hecho quien hoy eres. Y... ¿quién eres?

miércoles, septiembre 08, 2004

Las Palabras Ajenas

Las palabras ajenas nacen sin intención, casi sin voluntad, absolutamente sin poder. Surgen de la dolorosa conciencia de que las palabras propias no son suficientes, ¿para qué?, tampoco se sabe.
Las circunstancias de quien esto escribe han alcanzado grados imposibles de impronunciabilidad eliminando toda posibilidad de diálogo y desahogo. La elocuencia abandona el discurso, la coherencia huye permitiendo libres asociaciones malsanas. La conversación dejó de ser una oportunidad, un punto de encuentro. El silencio se ha convertido en el refugio de palabras necias, torpes y apasionadas, es decir, doblemente torpes, doblemente inútiles.
Mientras las palabras propias, absurdas y mortales, reculan, se ha ido gestando el fenómeno de las palabras ajenas, vocablos que bien pueden ser leídos, escuchados y hasta intuídos. Unidos de ciertas maneras construyen ideas que bien podrían pertenecer sólo a mí, cual si fuesen únicas e irrepetibles, como se supone que debo ser. El silencio se ha vuelto más fuerte, pero la lectura de los testimonios íntimos y extraños, lo ha librado de la soledad, dando paso a un diálogo entre muertos. Cuando el soliloquio se ha vuelto estéril, la insistente búsqueda de las palabras ajenas ha devuelto la única posibilidad de diálogo interno.
De ahí la obsesión por la correspondencia, por las notas aparentemente arbitrarias y de caligrafía perfecta y precisa en pequeños cuadernillos generalmente escondidos. De ahí el afán por los diarios, por las conversaciones que no me pertenecen. Son la única manera de conocer (te).
Y no sin riesgo. El contacto con las palabras de otros, con sus ritmos, sus alientos, sus tonos, conlleva un destino infame y letal que se impone en cuanto la sed de otredad ha sido saciada. El sino fatal se deja sentir cuando los testimonios en tinta, voz o mirada dan cuenta de mi presencia y su efecto en el mundo de los demás. O peor aún, cuando no lo hacen, cuando recuerdan que no existo.
Asumiendo el peligro intrínseco de una obsesión despositada en otros, las palabras ajenas se van volviendo mías porque yo las encontré y, mientras más férrea se vuelve mi clandestinidad, menos suyas son las voces que balbuceo.
Este espacio será, entonces, el que viene de los demás y se convierte en propio, el del plagio alevoso y premeditado, el que me devuelva a mí a través de los otros, quizás de ti.
Bienvenida
P.