Esto va pasando de ser absurdo divertimento a llano sinsentido con pasos de gigante apresurado. ¿Cómo hacer para prometer lo que no se puede cumplir y ser siempre vigente, siempre sincero? No lo sé, pero de algún extraño modo, creo que lo estamos logrando. Tú no lo sabes porque, dicen, nadie puede oler su propio aliento ni detenerse en la luz de su propia presencia, porque uno solo la emana pero no puede ser deslumbrado por ella.
Anoche he puesto el oído en la pared para saberte del otro lado y he descubierto que no podía creerlo, así como hoy no puedo creer que regreso a dormir sola. Esto no me suena, no me sabe. Tiene la pinta y la textura de que puede ser mucho más si sólo volviera a ser como antes pero como nunca.
Se siente viejo escribirte, violar con tinta hojas que el tiempo ha vuelto delgadas, quebradizas, amarillas como mi piel, pero con un intenso y dulce olor a historia que sube por la naríz provocando pequeños orgasmos cotidianos. Se siente viejo y me provoca tantos nervios como lo insólito. Pasa que nunca obtengo respuesta, así que volver a buscar al mudo interlocutor siempre es una aventura que puede entrañar riesgos insospechados. De que quieras quererme se ha tratado siempre, de que no te estorbe ni incomode lo que inevitablemente te sucede.
¿Qué sabes de mi vida aquí? Te he contado de los ruidos y los golpes, pero no de las noches, que resultan ser las más difíciles porque se van sin que me dé cuenta y me angustia terriblemente que hayas pasado por aquí mientras yo dormía. Detrás de mi recámara hay alguien que no puede dormir con la luz apagada, así que comparto su sueño iluminado desde mi vigilia pasajera. Curiosamente su luz me adormece porque me siento acompañada por alguien en el temor. Es posible que sea un niño o una niña. O alguien que se quedó solo como yo por no saber pertenecer al único lugar que le está destinado en esta vida. No lo sé. Su ventana nunca se abre y nadie se asoma mientras espío.
La cama es cómoda, sí. Tengo que reconocer que mi espalda amanece con una disposición aceptable casi siempre. La ropa de la cama es cálidad y suave. Huele a mí, es decir, como tú lo pondrías, a demasiado jabón. [No es posible, ¿a qué mas huelo?] Anoche no dormí aquí porque estaba contigo. Habría querido saber que en lo que nos quedaba de madrugada y sueño entraste a tu recámara para mirarme despacio y fijo, descubriéndote desconcertado e inquieto por mi ausencia el resto de las noches. Pasando la mano alejada por diez centímetros de mi contorno cobijado, guardando mi presencia en la palma, para extenderla después donde quisieras proyectarme. Siempre te he imaginado mirándome dormir no sin cierto éxtasis, sin algún dejo de asombro y regocijo por ser parte protectora de mi sueño. Habría querido saberlo. De que quieras quererme siempre se ha tratado.
Tampoco te he contado de las mañanas, del momento donde empieza el instante nuevo, preciso y rancio de volver a empezar. Me despierto a sobresaltos, con la alarma del noticiario; es una manera un poco violenta de comenzar considerando que generalmente hay malas noticias locales, lo que las vuelve doblemente malas, pero sobre todo aburridas. Todavía no abro los ojos y ya debo hacer esfuerzos por disminuir la velocidad de mis palpitaciones; todavía no me muevo y ya hay agitación en mi aliento. En una fracción de segundos comprendo lo que pasa pero mi cuerpo se toma un poco de más tiempo; creo que es un truco para seguir recostado. Una trampa que, desdichadamente, no puede ser prolongada, como a ti te gusta. Es delicioso, estoy de acuerdo, despertar, encontrar, abrazar y dormir de nuevo. Aquí no tiene sentido; así como es no importa realmente.
Del resto sabes mucho si no todo. El ciclo se repite hasta que la tarde se apaga y el vecino la prolonga indefinidamente en su universo de cuatro por cuatro.
P.